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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

el centro

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Festividad de San Pedro y San Pablo (A) Mt 10,26–33
EL SERVICIO DE PEDRO
ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA.- Jesús conversa con sus discípulos en la región de Cesarea de Filipo, no lejos de las fuentes del Jordán. El episodio ocupa un lugar destacado en el evangelio de Mateo. Probablemente, quiere que sus lectores no confundan las «iglesias» que van naciendo de Jesús con las «sinagogas» o comunidades judías donde hay toda clase de opiniones sobre él.

Lo primero que hay que aclarar es quién está en el centro de la Iglesia. Jesús se lo pregunta directamente a sus discípulos: «Vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro responde en nombre de todos: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Intuye que Jesús no es sólo el Mesías esperado. Es el «Hijo de Dios vivo». El Dios que es vida, fuente y origen de todo lo que vive. Pedro capta el misterio de Jesús en sus palabras y gestos que ponen salud, perdón y vida nueva en la gente.

Jesús le felicita: «Dichoso tú… porque eso sólo te lo ha podido revelar mi Padre del cielo». Ningún ser humano «de carne y hueso» puede despertar esa fe en Jesús. Esas cosas las revela el Padre a los sencillos, no a los sabios y entendidos. Pedro pertenece a esa categoría de seguidores sencillos de Jesús que viven con el corazón abierto al Padre. Esta es la grandeza de Pedro y de todo verdadero creyente.

Jesús hace a continuación una promesa solemne: «Tú eres Pedro y sobre testa piedra yo edificaré mi Iglesia». La Iglesia no la construye cualquiera. Es Jesús mismo quien la edifica. Es él quien convoca a sus seguidores y los reúne en torno a su persona. La Iglesia es suya. Nace de él.

Pero Jesús no es un insensato que construye sobre arena. Pedro será «roca» en esta Iglesia. No por la solidez y firmeza de su temperamento pues, aunque es honesto y apasionado, también es inconstante y contradictorio. Su fuerza proviene de su fe sencilla en Jesús. Pedro es prototipo de los creyentes e impulsor de la verdadera fe en Jesús.

Este es el gran servicio de Pedro y sus sucesores a la Iglesia de Jesús. Pedro no es el «Hijo del Dios vivo», sino «hijo de Jonás». La Iglesia no es suya sino de Jesús. Sólo Jesús ocupa el centro. Sólo el la edifica con su Espíritu. Pero Pedro invita a vivir abiertos a la revelación del Padre, a no olvidar a Jesús y a centrar su Iglesia en la verdadera fe. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

encubar

encubar

CAMINO ROMA
Los procedimientos rastreros dañan la credibilidad de la Iglesia
DOLORES LÓPEZ

ECLESALIA, 23/06/08.- Decía el evangelio de ayer, domingo 12 del año, que “nada hay oculto que no acabe sabiéndose”. Y parece que algo de eso se ha cumplido en la dolorosa historia que sigue.

En la pasada reunión plenaria de la conferencia episcopal, la comisión permanente presida por J. A. Martínez Camino, se enfrentó indirectamente al obispo de san Sebastián que acaba de conceder el “nihil obstat” al libro sobre Jesús de José. A. Pagola, tras un diálogo con dos teólogos, elegidos por los mismos obispos, en los que el autor aceptó todas las observaciones que se le hicieron.

Camino argumentó que hay “una orden de Roma” de que se condene al libro de Pagola, al menos para reparar todo el daño que ya ha hecho, y orientar a los que lo hayan leído. Esa orden de Roma que dice poseer Martínez Camino, no la ha visto ningún obispo. Amparado en este argumento, Camino presentó un texto de condena de Pagola que alguien ha calificado de “duro, extemporáneo, inmisericorde y cruel”. Su pretensión era darlo a conocer al acabar la reunión del episcopado. Algún obispo objetó que se condenaba más a la persona que a los errores y, por eso, aunque se aprobó sacar un texto (vista la supuesta orden de Roma) se quedó en revisarlo y aprobarlo en la reunión de la ejecutiva del mes que viene.

Este procedimiento era contrario al deseo expreso de Rouco, Cañizares, García Gasco y Blázquez que habían preferido la vía de un diálogo y evitar un nuevo desprestigio tras lo ocurrido con la COPE. Pero resulta que las “nuevas generaciones” de obispos más jóvenes, que ocupan casi todos los cargos de la comisión permanente, son mucho más radicales en su integrismo que las viejas que ya conocemos. El texto que la Permanente presentó al Plenario había sido aprobado por 17 votos a favor, sólo uno en contra y tres abstenciones...

Hay dos detalles graves en esta historia:

a.- Ninguno de los miembros de la permanente que redactó esa condena, ha leído el libro de Pagola. Hace ya unas semanas, cuando estalló el conflicto, tuvo lugar el siguiente diálogo entre Martínez Camino y otro obispo español: ¿Usted ha leído el libro de Pagola? A lo que Martínez Camino respondió: yo no lo he leído pero teólogos solventes que me merecen todo crédito me han asegurado que es contrario a la fe de la Iglesia. A lo que el obispo anónimo replicó: pues la verdad, yo acabo de leerlo y no encuentro nada contrario a la fe.

b.- Nadie sabe a qué se refiere Martínez Camino cuando habla de una orden de Roma de que se condene a Pagola. Como máximo se sospecha que podría ser una carta de Msr. Amato (secretario de la romana congregación de la fe) pidiendo esa condena. Pero Amato, como secretario, no puede dar ninguna orden. Esa carta podría expresar un deseo, pero nunca una orden.

Ante esas incongruencias, gente del mundo editorial piensa que lo que se está buscando es impedir la traducción al italiano de la obra de Pagola, que está ya concertada. Y la razón es porque algún miembro de la curia romana, está empeñado en que ese libro se publicó para hacer sombra al del papa. En Roma son suficientemente inteligentes para comprender que, en el éxito de ventas y traducciones del libro de Ratzinger, ha influido muchísimo el lanzamiento cuidadosamente preparado (¡nadie había oído nunca en El Corte Inglés anunciar cada cuarto de hora que en la sección de libros podía encontrarse el libro del papa sobre Jesús!) más la presión de muchos movimientos para que sus miembros lo adquirieran. Pero este lanzamiento sólo garantiza la venta, no la lectura. En cambio, el libro de Pagola, sin ninguna promoción de este género, vende 50000 ejemplares en pocos meses, y cabe sospechar que en este caso los compradores son además lectores. Que Pagola explique que lleva siete años dedicados exclusivamente a preparar su texto no parece razón suficiente para desechar esa sospecha que han encubado en Roma. Y no lo parece porque en el fondo, lo que se está buscando con su condena es una promoción personal de quienes la promueven, como la que pretendía aquel criado de Caifás que abofeteó a Jesús diciéndole: “¿así respondes al Pontífice?”. Precisamente hace muy poco, el cardenal Martini denunció que uno de los males de la iglesia actual es que muchos buscan su propia carrera a base de denunciar, acusar o condenar a otros hermanos: o conseguir una mitra, o pasar de secretario a prefecto de una congregación, o salir de una diócesis pequeña a otra más grande, o llegar a la cumbre de una conferencia episcopal. Huelga añadir que de todas estas intrigas palaciegas, el buen papa no sabe nada, porque vive totalmente al margen de ellas estudiando y preparando la continuación de su libro.

Pero hay que añadir también que procedimientos tan rastreros, y objetivamente pecaminosos, dañan enormemente la credibilidad de la Iglesia, y merecen que se les apliquen las palabras de Santo Tomás de Aquino: “cuando hay un escándalo público, los prelados deben ser reprendidos públicamente”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


volverá

volverá

Y CRISTO VOLVIÓ A LLORAR EN LOS JARDINES VATICANOS
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 20/06/08.- Va a cumplirse un año que Leonardo Boff nos sorprendía con la impresionante parábola del jardinero vaticano “Y Cristo lloró en los jardines del Vaticano”. Hace una semana, en los mismos jardines, tuvo lugar otro encuentro inédito, “sin precedentes”, pero real, entre el presidente George Bush y su anfitrión el papa Benedicto XVI. Aquella lúcida visión, profética, de la parábola del jardinero de Boff se cumplía.

Un encuentro “inédito”, “un protocolo particular para expresar su gratitud por el recibimiento que tuvo en su reciente visita a la nación norteamericana”, destacaban los medios. El mandamás de la política mundial y el mandamás de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, paseando embelesadamente, por los bucólicos jardines vaticanos, tras un encuentro privado de 31 minutos, en la medieval Torre de San Juan, charlando sobre "los principales temas de la política internacional".

Curiosamente, nadie contaba que allí, en el estudio de la Torre, fue donde Juan XXIII solía ir a meditar. Tal vez allí, con las ventanas abiertas, fue donde le sorprendió el mítico soplo de aire fresco, “como inesperada primavera” de convocar un Concilio, (el Concilio que, según palabras del teólogo José María Gonzáles Ruiz, derribó la Iglesia medieval de cristiandad) “para devolver al rostro de la Iglesia de Cristo todo su esplendor, revelando los rasgos más simples y más puros de su origen” (Juan XXIII, Discurso preparatorio del Concilio, 13 de noviembre, 1960).

Era la séptima vez que el emperador del momento se reunía con el Pontífice. Tres encuentros con Juan Pablo II (2001, 2002 y 2004) y éste ya era el cuarto -un récord, en tres años de pontificado- con Benedicto XVI (9 de junio de 2007, 15 y 16 de abril de 2008 el 13 de junio de 2008). Mientras duró el reencuentro, en medio de imponentes medidas de seguridad, la basílica de san Pedro se cerró a los turistas, y su imponente cúpula fue tomada por francotiradores.

El presidente Bush se dirigió al Romano Pontífice con los brazos abiertos y diciendo "gracias, qué honor, qué honor". Un recibimiento inédito con el que el papa Benedicto XVI ha querido agradecer a George W. Bush su férrea defensa de los “valores morales y fundamentales”. Muchos prelados del Vaticano lamentaron (aunque bajo un “férreo” anonimato) que el papa diera tan excepcional y familiar recibimiento –“rompiendo el protocolo tradicional para corresponder a la fastuosa ceremonia de bienvenida que recibió el pasado 16 de abril pasado en la Casa Blanca, al inicio de su viaje apostólico a Estados Unidos”-, a un líder que desoyó las exhortaciones papales contra la guerra y a favor de la paz. Otros, en la Iglesia, han dado la cara, denunciando que semejante agasajo y reconocimiento es un diploma inmoral (“Diploma Inmoral”, Jesús López Sáez).

En los jardines del Vaticano se escenificó una nueva edición de la antiquísima alianza entre el poder y el altar, que hace de Roma la nueva Babilonia, la prostituta de la historia. “Y nadie se acordó nunca más de las palabras que el Señor había dicho”: así termina la parábola del jardinero vaticano de L. Boff. El Papa también se olvidó, o pasó por alto, que las decisiones de Bush, declarando y manteniendo una guerra injusta, como hoy todo el mundo reconoce, han causado más de medio millón de víctimas, muchísimas de ellas inocentes. Joseph E. Stiglitz, premio Nóbel de Economía, declaró en su día que la Guerra de Irak es “Una guerra que no ha tenido más que dos vencedores: las compañías petrolíferas y los contratistas de defensa".

Cuando el cardenal Ratzinger fue elegido papa, y eligió llamarse Benedicto XVI, alguien atisbó en ese gesto una posibilidad de renovación. El último papa Benedicto -Giacomo della Chiesa, (1914-1922)- fue un papa muy crítico con la guerra y con el integrismo. Recién estrenado pontificado, Benedicto XV se encontró en su escritorio una denuncia secreta contra él, dirigida a Pío X, su antecesor, en la que se le acusaba de modernismo. “El último papa Benedicto se había opuesto a la primera guerra mundial, considerándola una “matanza inútil”, y a la exaltación nacionalista que le llegaba de los diversos frentes, adoptando medidas para mejorar la situación de los prisioneros, de los refugiados y de los deportados. Entonces el Vaticano funcionó como una segunda Cruz Roja. Ante las guerras actuales, habrá que ver qué actitud adopta el nuevo papa”. Lo recogía el sacerdote Jesús López Sáez, en una nota de la Comunidad de Ayala donde también recogía que Hans Küng, o el cardenal Martini, entre otros, daban al papa Ratzinger un voto de confianza. Ya hace un año, aquella remota posibilidad de renovación se daba definitivamente por desvanecida (VV.AA. “Claves de la restauración de la Iglesia Católica", ECLESALIA, 23/07/07).

El encuentro entre Benedicto XVI y el presidente Bush ha sido percibido como la consumación de la vuelta a la Iglesia de Cristiandad. La Iglesia del prestigio entre los poderosos de la tierra. En su último viaje a Estados Unidos, el Papa Benedicto XVI aterrizó en una base militar, y fue agasajado con salvas de 21 cañonazos. “Los cumpleaños se celebran entre amigos”, le dijo al papa Ratzinger el presidente Bush, un señor de la guerra que alardea de cristiano, y con una misión divina, disfrazando de fe religiosa la invasión y Guerra de Irak. “La invasión americana de Irak creará nuevas y excitantes posibilidades de convertir a los musulmanes”, dijo impertérrito Marvin Olasky uno de sus consejeros de Bush (Emilio Menéndez del Valle, embajador, “Casi todos hablan con Dios en Estados Unidos”, El País, 26/05/08).

Ahora el Papa le ha correspondido. Como colofón a su visita, se acercaron a la Gruta de Lourdes, una réplica exacta a la que existe en Francia, próxima a la Torre de San Juan. Allí, “rompiendo completamente con el protocolo, el Papa y Bush, junto a su esposa, se sentaron en grandes sillas de jardín de madera estilo italiano, y dio un estilo ’familiar’ al momento. Allí el coro de la Capilla Musical Pontificia ’Sixtina’, dirigida por el maestro Giuseppe Liberto, ejecutó las melodías ’Exultate Deo’ y ’Alma Redemptoris Mater’ y, en ese mismo lugar, oyendo música religiosa, se despidieron para concluir el encuentro.”

En la última circular del obispo Casaldáliga “Parar la rueda bloqueando sus radios” (expresión del teólogo protestante Bonhoeffer, pronunciada en vísperas de su martirio por el nazismo), Casaldáliga nos refrescaba esta frase del teólogo y mártir alemán: “Nadie que no haya gritado contra el nazismo puede cantar gregoriano”. Pues que se la apliquen aquellos que conceden “diplomas” de “valores morales y fundamentales” a los emperadores que decretan y mantienen guerras injustas, con sus secuelas; o aplican torturas diseñadas para destruir a la persona, en sus inexpugnables Guantánamos, violando impunemente los derechos fundamentales de la persona y saltándose a la torera la legalidad internacional (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

pretender

pretender

12 Tiempo Ordinario (A), Mateo 10, 26 – 33
SIN MIEDO
ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 18/06/08.- El recuerdo de la ejecución de Jesús estaba todavía muy reciente. Por las comunidades cristianas circulaban diversas versiones de su Pasión. Todos sabían que era peligroso seguir a alguien que había terminado tan mal. Se recordaba una frase de Jesús: «El discípulo no está por encima de su maestro». Si a él le han llamado Belcebú, ¿qué no dirán de sus seguidores?

Jesús no quería que sus discípulos se hicieran falsas ilusiones. Nadie puede pretender seguirle de verdad, sin compartir de alguna manera su suerte. En algún momento, alguien lo rechazará, maltratará, insultará o condenará. ¿Qué hay que hacer?

La respuesta le sale a Jesús desde dentro: «No les tengáis miedo». El miedo es malo. No ha de paralizar nunca a sus discípulos. No han de callarse. No han de cesar de propagar el mensaje de Jesús por ningún motivo.

Jesús les va a explicar cómo han de situarse ante la persecución. Con él ha comenzado ya la revelación de la Buena Noticia de Dios. Deben confiar. Lo que todavía está «encubierto» y «escondido» a muchos, un día quedará patente: se conocerá el Misterio de Dios, su amor al ser humano y su proyecto de una vida más feliz para todos.

Los seguidores de Jesús están llamados a tomar parte activa desde ahora en ese proceso de revelación: «Lo que yo os digo de noche, decidlo en pleno día». Lo que les explica al anochecer, antes de retirarse a descansar, lo tienen que comunicar sin miedo «en pleno día». «Lo que yo os digo al oído, pregonadlo desde los tejados». Lo que les susurra al oído para que penetre bien en su corazón, lo tienen que hacer público.

Jesús insiste en que no tengan miedo. «Quien se pone de mi parte», nada ha de temer. El último juicio será para él una sorpresa gozosa. El juez será «mi Padre del cielo», el que os ama sin fin. El defensor seré yo mismo, que «me pondré de su parte». ¿Quién puede infundirnos más esperanza en medio de las pruebas?

Jesús imaginaba a sus seguidores como un grupo de creyentes que saben «ponerse de su parte» sin miedo. ¿Por qué somos tan poco libres para abrir nuevos caminos más fieles a Jesús? ¿Por qué no nos atrevemos a plantear de manera sencilla, clara y concreta lo esencial del evangelio? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

del lugar

del lugar

CONTEMPLAR… ¿DESDE DÓNDE?
ANA BOU
GETAFE (MADRID).

ECLESALIA,17/06/08.- Depende mucho del lugar en el cual nos queramos situar, en el plano desde el que decidamos mirar nos sitúa de un lado u otro. A veces, alejándonos o incluso ocultándonos la realidad. No es lo mismo obtener una perspectiva desde una choza que desde una mansión.

El lugar privilegiado para poder contemplar la historia de la salvación es sin duda, el lugar de los pobres, ya que el situarnos desde cualquier otro ángulo niega la liberación.

Llegar a ser contemplativos en la liberación supone una opción por los pobres, opción tomada desde dentro, desde el epicentro, desde el codo a codo…

Jesús luchó por una sociedad justa, por la construcción del Reino, pero para llegar a entender esto, debemos saber escoger el lugar en el cual nos queremos situar. Es de sentido común que los bien instalados, los grandes, nunca podrán entender estas cosas y no pueden, porque ni siquiera se dan la oportunidad de intentarlo. Se vive mejor en esa “burbuja”, por lo tanto ¡para qué mirar a otro lado…! “Qué difícil es a un rico entrar en el Reino de los Cielos (Lc 18,24)!

En algún momento nos hemos detenido para preguntarnos ¿cómo es nuestra contemplación ante las situaciones que estamos viviendo, ante el mundo que nos rodea? Quizá sea más fácil situarnos desde el otro ángulo para no llegar a tener cargo de conciencia asumiendo que son los demás los que tienen que actuar y no yo… ¿qué estamos haciendo con nuestro mundo, nuestra tierra, nuestra agua, nuestra agricultura, qué herencia queremos dejar a nuestros pequeños? Hoy nos peleamos por el agua en este primer mundo y no carecemos de ella. ¿Nos hemos preguntado cómo están nuestros hermanos que dependen de este nuestro primer mundo del cual presumimos?

No asumimos la realidad porque no somos capaces de ponernos en su piel, porque aún seguimos pensando que no es nuestro problema. Hoy por hoy podemos abrir el grifo y beber, podemos acercarnos al supermercado y comprar, con más o menos dificultad, pero podemos. ¿Sabemos realmente lo que es ponerse en el lugar del otro?

Contemplar la realidad es hacerlo desde la perspectiva de la Liberación, del Reino. Esa realidad sobre la que asentamos nuestra mirada de la fe y desde la opción por los más “pequeños”.

Nuestra contemplación tiene que darse en un proceso de liberación, con todo lo que ello supone, sus riesgos y dificultades de los que, por supuesto, no estamos exentos. Cuando verdaderamente consigamos ser contemplativos en la liberación, es cuando seremos capaces de experimentar a Dios en la realidad, descubrir la historia de la salvación en esta historia única.

Recordemos, una vez más, que somos voz de los que no tienen y que nuestras luchas y esfuerzos hacen posible que el Reino siga avanzando sin conformarnos con que cada día suben más las cifras de esos que no les permitimos tener voz, sino que pensemos que estamos gestando un mundo nuevo, un mundo que puede ser posible dependiendo del ángulo de contemplación de cada uno de nosotros. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


cuatro órdenes

cuatro órdenes

11 Tiempo Ordinario (A) Mateo 9, 36 – 10, 8
AUTORIDAD PARA HACER EL BIEN
ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 11/06/08.- Jesús vivía muy atento a las personas necesitadas que encontraba en su camino. Mira al paralítico de Cafarnaún, a los dos ciegos de Jericó o a la anciana encorvada por la enfermedad, y se le conmueven las entrañas. No es capaz de pasar de largo, sin hacer algo por aliviar su sufrimiento.

Pero los evangelios nos lo presentan, además, fijando con frecuencia su mirada sobre las «muchedumbres». Veía a las gentes con hambre o con toda clase de enfermedades y dolencias, y le sucedía siempre lo mismo: sentía compasión.

Había algo que le dolía de manera especial. Nos lo recuerda Mateo: «al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor». Ni los representantes de Roma ni los dirigentes religiosos de Jerusalén se preocupan de aquella gente de pueblo.

Esta compasión de Jesús no es un sentimiento pasajero. Es su manera de mirar a la gente y de vivir buscando el bien. Su forma de encarnar la misericordia de Dios. De esta compasión nace su decisión de llamar a los «doce apóstoles» para enviarlos a las «ovejas perdidas de Israel».

Para ello, él mismo les da «autoridad», pero lo que les regala no es un poder sagrado para que lo utilicen según su propia voluntad. No es un poder de gobernar al pueblo como los romanos que «gobiernan a las naciones con su poder». Es un poder orientado a hacer el bien «expulsando espíritus malignos» y «curando toda enfermedad y dolencia».

Toda la autoridad que hay en la Iglesia arranca y se basa en esta compasión de Jesús por el pueblo. Está orientada a curar, aliviar el sufrimiento y hacer el bien. Es un regalo de Jesús. Los que lo ejercen lo han de hacer «gratis», pues la Iglesia es un regalo de Jesús a las gentes.

Por eso los discípulos han de predicar lo que predicaba él, no otra cosa: «predicad que el reino de Dios está cerca»; que la gente pueda escuchar esa noticia y entrar en el proyecto de Dios. Pero lo han de hacer poniendo salud, vida, convivencia y liberación de lo demoníaco. Así lo indican las cuatro órdenes de Jesús: «curad enfermos», «resucitad muertos», «limpiad leprosos», «arrojad demonios». (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

amante II

amante II

EL DIOS QUE ME HABLA II
JAIRO DEL AGUA, jairoagua@orange.es

ECLESALIA, 09/06/08.- Me dices que te ha hecho mucho bien el artículo "El Dios que me habla" (ECLESALIA, 11/10/07), que coincide con tus intuiciones. ¡Gracias por decírmelo! Eso alimenta mi búsqueda y mi deseo de ayudar. Me envías además un documento oficial que ratifica mis afirmaciones: el infierno no es castigo sino autoexclusión. Pero... sigue considerando que esa actitud del hombre lleva consigo el rechazo definitivo de Dios.

Me parece una afirmación exagerada con la que no puedo estar de acuerdo. Me explico: Usamos irremediablemente un "lenguaje humano" (castigo definitivo, infinito, eterno). Son expresiones pedagógicas que advierten de la gravedad y desdicha de abandonar el camino de la felicidad (Dios mismo). Puede que esa humana pedagogía del horror y pavor haya dado frutos positivos. Pero también ha servido y está sirviendo al falseamiento del rostro de Dios y a su rechazo por quienes no pueden vivir amedrentados. El Dios que a mí me habla utiliza la divina pedagogía del amor: siempre llama y espera con infinita paciencia, aquí y en la otra vida. Mamá seguirá clamando "con gritos inenarrables" (Rom 8,26) hasta que recoja a todos sus polluelos bajo su alas. Lo cuenta la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11), lo afirma Pablo: "Si nosotros no le somos fieles, Él seguirá siendo fiel, pues no puede negarse a sí mismo" (2Tim 2,13).

La interpretación del infierno no puede quedar al margen del rostro de Dios revelado por Cristo. La Escritura tiene que ser coherente o no es Palabra de Dios y no nos sirve (lo explico brevemente en los tres apartados de mi artículo "El río de la Palabra" de ECLESALIA, 12-20-26/11/07). La condenación "eterna" es incompatible con un Dios-Amor-Padre. Es expresamente contraria a la parábola de la oveja perdida: "De la misma manera vuestro Padre celestial no quiere que se pierda ni uno solo de esos pequeñuelos" (Mt 18,14). ¿Cómo imaginar siquiera que quien nos enseñó el amor a los enemigos pueda sentenciar a "sus enemigos" al rechazo eterno?

El otro día, en una charla, le rogué a una madre de familia numerosa que eligiera cuál de sus hijos habría de condenarse. Estadísticamente -le dije- y tal como está el mundo alguno será "infiel". Por mucho que la fui acorralando no hubo manera de moverla del "todos mis hijos se salvarán". La conclusión está escrita: "Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuanto más vuestro Padre celestial..." (Mt 7,11).

Es totalmente incongruente que a un Padre Todopoderoso se le escape alguna de sus criaturas, creadas por amor para la felicidad eterna. Seguimos pensando, con nuestra limitadísima inteligencia humana, que Dios es un alfarero al que le pueden salir chamuscados o rotos sus cacharros. Dios todo lo hace bien (lo expreso más ampliamente en el artículo "Todo lo hizo bien" de ECLESALIA, 21/03/05). Respeta nuestra libertad, cierto, pero ¿quién crees que ganará el pulso, su llamada o nuestra ceguera?

La imperfecta, condicionada y voluble libertad del ser humano nunca podrá merecer un rechazo eterno. Sería una respuesta desproporcionada, es decir, injusta. ¿Cómo hemos podido imaginar siquiera que a un ser finito, por sus errores finitos, se le pueda sentenciar a un castigo infinito, sin retorno?

La eternidad del infierno es simbólica. Se refiere a la distancia entre el mal (ausencia de Dios o infierno) y el bien (Dios mismo). Esa distancia es insalvable, eterna, definitiva, porque se trata de conceptos opuestos. Otra cosa muy distinta es que a un hombre, criatura de Dios, se le pueda encasillar en la categoría de "absolutamente opuesto a Dios". Es imposible. Dios y hombre pertenecen a categorías distintas, a planos distintos. Los hombres podemos perdernos, alejarnos, equivocarnos, pero nunca oponernos esencialmente a un Dios al que apenas intuimos. Por eso Él siempre seguirá llamando y, con toda seguridad, le encontraremos.

En las religiones orientales se cree en las sucesivas reencarnaciones hasta conseguir la rectificación e iluminación. Así, el rico Epulón se reencarnaría en otro Lázaro para adquirir misericordia o el juez injusto se reencarnaría en viuda necesitada para crecer en justicia. En el fondo, es la misma intuición que la de nuestro purgatorio e infierno: Si no consigues tu humanización plena en esta vida, tendrás que trabajártela en la otra; cuanto más bajo caigas, más "tiempo y esfuerzo" tendrás que sufrir en la otra para humanizarte.

No creo en la reencarnación circular, por supuesto. Pero tampoco creo en los castigos, Dios no castiga. Creo en el camino de humanización presente (resumido en el Evangelio) y en la rectificación o progreso futuros. Sin volver al Padre es imposible aposentarse en su Casa. O caminamos ligeritos ahora o tendremos que caminar después, tal vez con más esfuerzo y dolor al darnos cuenta de la oportunidad perdida y de la felicidad retrasada por nuestra estupidez. Cuando los que neciamente llamamos "condenados" (¡qué floja tenemos la mano de juzgar y condenar!) descubran -libres de esta cegante materialidad- el camino de regreso, gritarán con gran desgarro, dolor y llanto como Agustín: ¡Tarde te amé Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Desde luego, yo prefiero gritar ya y dejarme cautivar por la Hermosura cuanto antes.

Respecto al Magisterio hay que empezar diciendo que no todo tiene el mismo rango. No es lo mismo, por ejemplo, una definición dogmática que una interpretación bíblica o una orientación pedagógica. Agustín escribió: "Unidad en lo esencial; en lo opinable libertad; y en todo caridad”. Y Pablo nos dejó esta perla: “Nuestra capacidad nos viene de Dios, que nos ha capacitado para ser servidores de una alianza nueva: no basada en pura letra, porque la pura letra mata y, en cambio, el Espíritu da vida” (2Cor 3,4).

Por eso intento en todo momento comprender la llamada "doctrina oficial" pero no puedo evitar que en mi interior nazcan certezas o evidencias que la sobrevuelan. Además, la última instancia de la persona es su conciencia (bien formada, añaden los clérigos, pero lo definitorio es que sea "conciencia profunda" -donde mana el Espíritu- aunque la formación intelectual no la alcance). Este principio es confesado también por el Magisterio, luego forma parte de él. No podría ser de otra forma: "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres" (He 5,29).

Por otro lado el Magisterio es dinámico. Su finalidad es facilitar la vida, nunca mermarla: "He venido para que tengan vida y la tengan abundante" (Jn 10,10). De tu fidelidad a la conciencia profunda -es decir, al Espíritu- junto con la mía y la de otros dependerá el progreso de esos textos oficiales que se alimentan del "sensus fidelium" (el sentir de los fieles), de todos los fieles: jerarquía, clérigos y laicos. Sigo pensando que los consagrados al cuidado del Pueblo de Dios tienen que escuchar sus necesidades, sus oscuridades y sus inspiraciones (véase mi artículo "Es tiempo de escucha" de ECLESALIA, 05/10/04). Si no, es que se están apropiando de lo que no es suyo.

Todos, absolutamente todos, venimos urgidos por el Evangelio a "poner la luz en el candelero para que alumbre a cuantos hay en la casa" (Mt 5,15). Mi casa es mi Iglesia y humildemente la siembro con mis diminutas lamparillas en forma de artículos. Me lo exige mi conciencia, mi fidelidad al Evangelio y mi amor a este Pueblo de Dios que llamamos Iglesia Católica.

No me resisto a plasmar aquí unos párrafos de alguien con mucha más sabiduría que yo: “La verdadera obediencia no es la obediencia de los aduladores, que evitan todo choque y ponen su intangible comodidad por encima de todas las cosas. Lo que necesita la Iglesia de hoy y de todos los tiempos no son panegiristas de lo existente, sino hombres en quienes la humildad y la obediencia no sean menores que la pasión por la verdad; hombres que den testimonio a despecho de todo ataque y distorsión de sus palabras” (Joseph Ratzinger: El verdadero pueblo de Dios, Herder, Barcelona 1972, p. 293).

A los inmovilistas rígidos e intransigentes podemos responderles: “No creemos ya por lo que tú nos has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y estamos convencidos de que éste es ciertamente el Salvador del mundo” (Jn 4,42).

Y sí, Oliva existe. Es una viejita de 92 años y paso quedo, que habla con Dios y a la que Dios habla. Ella me estimula constantemente a escucharle y revelarle. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

su morada

su morada

CASA INTERIOR
Mateo 9, 9-13
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@wanadoo.es

ECLESALIA, 06/06/08.- “Al pasar vio a Mateo y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió. Y estando en casa de Mateo…” Jesús al pasar vio a Mateo sentado al mostrador de los impuestos. Jesús estaba en movimiento y Mateo, por el contrario, parado, tanto, que estaba sentado. Directo, sin preámbulos, le dice: “Sígueme”. El otro, va, se levanta y le sigue.

Es tan incomprensible en sus movimiento de acercamiento; tan resuelto, tan disparatado que ambientando la escena hoy, no puedo menos que sonreír, imaginando que se acerca al funcionario que me atendió el otro día en una oficina de la Seguridad Social; o a la doctora que tenía una larga lista de pacientes para consulta, o al abogado que está a punto de coger su carpeta de papeles para ir a los juzgados; o a la mamá que prepara a toda prisa los desayunos para sus tres pequeños, a toda prisa, para llegar a tiempo a la oficina y dejarlos previamente en el colegio; o al obrero que acaba de subirse al andamio para iniciar su jornada de trabajo; o al sacerdote que tiene la agenda llena de reuniones; o a mí misma en cualquiera de los quehaceres del día. Un sin fin de escenas se me ocurren para seguir sonriendo ante la posibilidad de escuchar ese “Sígueme” personal e intransferible de Jesús a cada uno. Pero nos cuentan que Mateo se levantó y lo siguió.

Cuando alguien nos invita a seguirle, normalmente nos quiere llevar a algún sitio que conoce, que nos quiere mostrar, que puede ser interesante para nosotros… Pero Jesús es de lo más imprevisible y, en la escena siguiente, nos encontramos con la sorpresa de que Jesús lleva a Mateo a su propia casa, se sienta a su mesa con publicanos y pecadores, es decir los conocidos de Mateo, la gente con la que se relacionaba. Mateo debía estar atónito, sin decir palabra.

Dios nos busca y nos dice: “¡Sígueme!”. Poniéndonos en marcha en la dirección que nos indica, al poco, nos damos cuenta de que nos lleva justo al centro de uno mismo: la casa interior. Ahí se realiza el encuentro, porque es su propia morada. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).