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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

éxodo

éxodo

CARTA APASIONADA A ÉXODO 100
PEDRO CASALDÁLIGA, obispo, servicioskoinonia.org/Casaldaliga/contacto.php
SÃO FÉLIX DO ARAGUAIA (BRASIL).

ECLESALIA, 13/11/09.- Éxodo celebra su número 100 y tiene muchos motivos para celebrarlo; muchos tenemos motivos para celebrar este jubileo de comunicación libre, oportuna, solidaria. Yo me siento particularmente comprometido y en cierta medida responsable porque, desde la primera hora de la revista y desde su prehistoria con Misión Abierta, el equipo fundador ha sido y es gente muy mía, hasta el punto de estar encardinado a nuestra Prelatura de São Félix do Araguaia.

El título de la revista es una expresiva afirmación de su proceso y de la opción inclaudicable por una sociedad alternativa y por una Iglesia ‘otra’, Iglesia y Sociedad que son posibles, necesarias, urgentes. Siempre «en rebelde fidelidad». La revista es una historia de éxodos, de ‘salidas’ hacia tierra extraña, de terca esperanza al servicio de la utopía humanizadora que, a la luz de la fe cristiana, es la propia utopía de la vida y muerte y resurrección de Jesús de Nazaret: el Reino, ese Reino proyecto de Dios, pasión total de nuestras vidas. En éxodo estamos, hacia la tierra de la libertad, a la búsqueda de «la Tierra sin Males» que proclaman nuestros pueblos de Amerindia.

Éxodo está en la frontera del diálogo, es una revista puente a varios niveles, sin claudicaciones, sin ambigüedades, sin crispación, a la luz de la verdad buscada y de la convivencia ensayada diariamente en asambleas y congresos, en gestos y campañas de solidaridad.

La revista mantiene su testimonio cristiano siempre en un diálogo abierto ecuménicamente, macroecuménicamente. En sus páginas caben todas las ‘fes’, todas las dudas, los silencios agnósticos y la forja simultánea de una religión y de una laicidad adultas, corresponsables.

Cada número de Éxodo es una monografía de alguno de los temas más candentes de nuestra hora. Voces consagradas, contribuciones pioneras muchas veces, de un humanismo y de una religión humanizadores. Sin exhibicionismos Éxodo viene siendo una plataforma profética, una instancia revolucionaria.

No es un éxodo hacia dentro desentendiéndose de la responsabilidad que nos cabe a todos a la hora del pensamiento y de la acción. Los teólogos de la liberación nos recuerdan que incluso hay que «practicar a Dios». Éxodo propone en todos sus números un pensamiento práxico. Somos lo que hacemos y hacemos lo que pensamos. Es un éxodo hacia dentro urgiendo la radicalidad.

Los fundadores de la revista confiesan que «aunque nos ha costado algún trabajo, es nuestro trabajo». Es una misión, y venciendo censuras y estrecheces continúa siendo y ensanchando la «misión abierta» de aquellas primeras horas. Se ha merecido un reconocimiento plural, una muy buena imagen en el mundo intercultural e interreligioso.

Hay que seguir, en éxodo siempre. En utopía diaria. «Pueden quitárnoslo todo, menos la fiel esperanza». Me permito decir, en la síntesis de un soneto, lo que siento, lo que agradezco, lo que amo en el fondo y trasfondo de la revista, del personal que la escribe y de todos los lectores y lectoras que la agradecemos. Con el soneto va un abrazo entrañable, de ternura y de compromiso. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

EN ÉXODO

La vida sobre ruedas o a caballo,
yendo y viniendo de misión cumplida,
árbol entre los árboles me callo
y oigo cómo se acerca Tu venida.

Cuanto menos Te encuentro, más Te hallo,
libres los dos de nombre y de medida.
Dueño del miedo que Te doy vasallo,
vivo de la esperanza de Tu vida.

Al acecho del Reino diferente,
voy amando las cosas y la gente,
ciudadano de todo y extranjero.

Y me llama Tu paz como un abismo
mientras cruzo las sombras, guerrillero
del Mundo, de la Iglesia y de mí mismo.

incómoda

incómoda

LAS VERDADES DE ÁGORA
JUAN YZUEL SANZ, juan@ciberiglesia.net
ZARAGOZA.

ECLESALIA, 12/11/09.- Ágora es la última película de Alejandro Amenábar. Sobre el telón de fondo de la vida de Hipatia, filósofa neoplatónica que vivió en Alejandría entre 355 y 415 y murió a manos de una turba de cristianos, el director presenta el eterno duelo entre la razón y el fanatismo religioso, siendo los cristianos los que peor parados salen en esta película. No es de extrañar, por tanto, que en muchos medios católicos se haga una fuerte crítica de la cinta, bien por razones históricas, bien por la ideología subyacente del director-guionista.

Poco se sabe de Hipatia, lo justo para poder afirmar que fue la primera matemática de la historia y que reunió a discípulos cristianos y paganos en la búsqueda de la verdad científica. Con estos brochazos amplios, más los datos de otras fuentes históricas que muestran la extraordinaria violencia en la que vivió Alejandría por aquellos décadas y que llevó al asesinato, entre otros, de dos obispos, Amenábar monta una historia que no deja a nadie indiferente.

La película me resulta incómoda como cristiano. Pero no por sus errores históricos, por la licencia creativa que Amenábar utiliza o por su carga ideológica, sino por las verdades que contiene. Quienes amamos a la Iglesia y estamos comprometidos en que se parezca más a la comunidad que Jesús fundó, haremos bien en tomar nota de esas verdades que escuecen.

La primera de todas es que la película es de rabiosa actualidad, pues la intolerancia y violencia religiosas que denuncia siguen dándose en el presente. Es posible que esos extremistas, que en la película salen con una estética un tanto talibán, no se den hoy, en su versión más cruda, dentro de la Iglesia, pero no podemos mirar para otro lado como si no tuviéramos trapos sucios que lavar. Hay un extremismo más sutil que los católicos seguimos practicando cuando se excluye al hermano que piensa distinto, cuando no se toleran ciertas opciones morales, cuando se cierra el diálogo con la ciencia y la cultura modernas…

La segunda verdad afecta a la desmitificación de la historia de la Iglesia de los primeros siglos y, en especial, del siglo IV en adelante. ¿Alguien, en su sano juicio, puede pensar que la religión cristiana pasó de ser perseguida a ser la oficial del imperio romano sin violencia? Que se lo digan a todos los que sufrieron las persecuciones contra las herejías a partir del siglo V, a los largo de la Edad Media y en las guerras de religión del Renacimiento a esta parte.

La tercera, y que la película presenta con claridad, versa sobre el papel de la mujer en la comunidad cristiana. Jesús fue una persona inclusiva que colocó a la mujer en pie de igualdad dentro de la comunidad primitiva, como corresponde a una familia donde el modelo patriarcal queda abolido porque “sólo hay un Padre y todos vosotros sois hermanos y hermanas” (Mt 23,1-12). Pero los primeros siglos del cristianismo dieron al traste con este modelo al importar formas negativas de ver a la mujer basadas en filosofías dualistas.

Finalmente, la película presenta una estructura jerárquica de la Iglesia paralela a la autoridad imperial, enfrentada en ocasiones a ésta, colaborando con ella en otras. La declaración de religión oficial trajo consigo un enorme incremento del poder en los obispos y en el papado, la clericalización del ministerio cristiano y la mimetización de ciertas estructuras imperiales por parte de la Iglesia. La dogmatización de la fe, que comenzó a ser definida hasta la última tilde, generó a la larga una triste historia de persecuciones de herejes, el oscurantismo de la Inquisición y las guerras de religión que asolaron el mundo y cuyas consecuencias todavía arrastramos. Dicen muchas teólogas, y no sin razón, que toda esta violencia tiene también mucho que ver con la falta de lo “femenino” en los órganos de decisión de la comunidad cristiana.

Al término de la película, en el culmen de la violencia más brutal, hay una chispa de amor que nos da esperanza. La misma esperanza que tenemos tantos cristianos que creemos, desde el Concilio Vaticano II, que la Iglesia debe volver a las fuentes, al Evangelio, a la sencillez de un Jesús que es buena noticia para todos, sobre todo para los “extras” de esta gran película que es el mundo y que mueren por exigencia del guión sin merecer luego aparecer en los créditos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

el abrazo

el abrazo

33 Tiempo ordinario (B) Marcos 13, 24-32
CONVICCIONES CRISTIANAS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 11/11/09.- Poco a poco iban muriendo los discípulos que habían conocido a Jesús. Los que quedaban, creían en él sin haberlo visto. Celebraban su presencia invisible en las eucaristías, pero ¿cuándo verían su rostro lleno de vida? ¿cuándo se cumpliría su deseo de encontrarse con él para siempre?

Seguían recordando con amor y con fe las palabras de Jesús. Eran su alimento en aquellos tiempos difíciles de persecución. Pero, ¿cuándo podrían comprobar la verdad que encerraban? ¿No se irían olvidando poco a poco? Pasaban los años y no llegaba el Día Final tan esperado, ¿qué podían pensar?

El discurso apocalíptico que encontramos en Marcos quiere ofrecer algunas convicciones que han de alimentar su esperanza. No lo hemos de entender en sentido literal, sino tratando de descubrir la fe contenida en esas imágenes y símbolos que hoy nos resultan tan extraños.

Primera convicción. La historia apasionante de la Humanidad llegará un día a su fin. El «sol» que señala la sucesión de los años se apagará. La «luna» que marca el ritmo de los meses ya no brillará. No habrá días y noches, no habrá tiempo. Además, «las estrellas caerán del cielo», la distancia entre el cielo y la tierra se borrará, ya no habrá espacio. Esta vida no es para siempre. Un día llegará la Vida definitiva, sin espacio ni tiempo. Viviremos en el Misterio de Dios.

Segunda convicción. Jesús volverá y sus seguidores podrán ver por fin su rostro deseado: «verán venir al Hijo del Hombre». El sol, la luna y los astros se apagarán, pero el mundo no se quedará sin luz. Será Jesús quien lo iluminará para siempre poniendo verdad, justicia y paz en la historia humana tan esclava hoy de abusos, injusticias y mentiras.

Tercera convicción. Jesús traerá consigo la salvación de Dios. Llega con el poder grande y salvador del Padre. No se presenta con aspecto amenazador. El evangelista evita hablar aquí de juicios y condenas. Jesús viene a «reunir a sus elegidos», los que esperan con fe su salvación.

Cuarta convicción. Las palabras de Jesús «no pasarán». No perderán su fuerza salvadora. Han de de seguir alimentando la esperanza de sus seguidores y el aliento de los pobres. No caminamos hacia la nada y el vacío. Nos espera el abrazo con Dios. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

incomprensible

incomprensible

LAS BIENAVENTURANZAS DUELEN
El seguimiento incómodo
THELMA MARTÍNEZ, STJ, thelmastj@yahoo.com.mx
NICARAGUA.

ECLESALIA, 09/11/09.- “Felices los que son perseguidos por causa del Bien porque de ellos es el Reino de los Cielos…”

Mt. 5, 1-12

Y felices los que lloran… y los que son compasivos, y los que no necesitan de grandes cosas para ser felices… Y los que luchan por la paz y la justicia… y los que no hacen la guerra, y los que quieren creerle a la gente porque “son limpios de corazón”…

Felices los que RESISTE porque buscan y creen en el BIEN…

Van a ser perseguidos, procesados, silenciados…

Van a ser aplastados, pero no vencidos.

El bien, la justicia, la verdad, la libertad, tienen un costo: la muerte. No hay otra salida. Aún no sé por qué…

Pero ese fue el precio que pagó Jesús.

Resistió a un sistema opresor, lleno de mentiras. Resistió a una práctica religiosa cargada de hipocresía y de miedo. Resistió a un IMPERIO… Y creyó en la bondad intrínseca de cada ser humano.

Descubrió que Dios era Madre y Padre a la vez… femenino y masculino por igual. Y por eso no hizo distinciones. Tuvo discípulas también…

Fue “un pensador contra la ley”, como dice una canción.

Feliz porque fue libre y liberó. Y eso le costó la muerte.

Ante este Jesús tan difícil, yo me pregunto algunas cosas:

¿Será este el camino que de verdad queremos los cristianos?

¿De verdad creemos en el Reino? ¿Así, con estas consecuencias de revolución?

¿En serio queremos apuntarnos a un discipulado incómodo, que nos cuestione siempre y que nos empuje a decir lo que de verdad pensamos, creemos y sentimos?

¿De verdad queremos llorar con el dolor de la impotencia cuando vemos que el sistema no se mueve ni un ápice a pesar de tantos intentos?

¿Estamos dispuestas a arriesgar la propia vida porque queremos hacerle bien a la gente y a la sociedad a pesar de que los poderosos se encarguen de lo contrario?

¿En serio queremos formar una iglesia “contestataria”, “profética”, “liberadora”, asumiendo que para eso nos tengamos que poner frente a frente y decirnos con toda honestidad y RESPETO lo que no nos gusta y lo que creemos que va en contra del mismo Evangelio? E incluso… ¿arriesgándonos a que nos tilden de “heréticos” porque no pensamos como nos han enseñado a pensar?

No lo sé…

El Reino cuesta la misma vida… y todas las muertes juntas.

La de Jesús y la de sus verdaderos discípulos y discípulas.

Y tal vez mi tentación hoy sea la peor de todas: preguntarme para qué tanto esfuerzo…

Preguntármelo cuando veo que mi país se parte en dos y que los pobres son los más usados y los más engañados… Los pobres sólo servimos para que hagan discurso de nosotros, para que nos tengan lástima y para que nos manipulen y engañen con entregas de terrenos de miseria para que construyamos nuestras casas de cartón. Se burlan de nosotros y se les olvida que también somos GENTE. Y lo peor de todo… es que muchas veces ni siquiera nos damos cuenta de que los poderosos nos están usando para existir. Y así, a lo largo de la historia, nadie ha podido “vencer” el “fenómeno de la pobreza”.

Me pregunto si “otro mundo es posible” cuando veo que la libertad de expresión no sólo es perseguida por el gobierno, sino también por la misma Iglesia oficial cuando alguien “se pasa del límite” de lo permitido para opinar… o disentir.

Me pregunto si el Reino es de los compasivos y los pacíficos cuando los países del primer mundo invierten cada vez más en armamento y lujos incomprensibles para los que vivimos cada día con lo mínimo. Cuando siento que me hierve la sangre ante tanta mentira y corrupción de los que están en el poder en mi país y en todos los demás países del mundo… ellos están felices, y mi gente sigue buscando comida, trabajo , vivienda, salud y educación… pero “no hay presupuesto” para estos “gastos”.

Me pregunto si el Reino es de los pacientes cuando de verdad a veces no sé cómo aguantarme las ganas de gritar: BASTA! Ante tanta desigualdad, miedo, injusticia, opresión, complejos, manipulación, luchas de poder, egoísmo, envidias y falta de libertad.

Tengo que preguntarme estas cosas porque las bienaventuranzas hoy me duelen… Me duelen porque a pesar de cuestionármelas las quiero para mi… y para el mundo.

Porque le creo a Jesús me duele su mensaje liberador.

Porque creo en el bien y en el Reino me duele el discipulado.

Y porque aún no comprendo por qué el precio tiene que ser la muerte.

En el fondo… lo que no entiendo es que el mundo no quiera el BIEN. No entiendo por qué le tememos a la libertad, a la justicia, a la Verdad, a la paz y al respeto mutuo.

No sé por qué Jesús dice que son Bienaventurados los “perseguidos”… es que no entiendo por qué tienen que perseguir a alguien que quiera la justicia…

A no ser que…

El SISTEMA que hemos creado a lo largo de la historia sea todo lo contrario a lo que Dios siempre ha querido.

Y romper con este sistema… Sólo lo pueden lograr los valientes… o los locos… o los creyentes comprometidos que estén dispuestos a dar la vida por este Reino diferente.

Entonces… la pregunta me la hago más en silencio y en verdad, sólo para mí misma: ¿esta es la vida que quiero asumir? ¿De verdad quiero yo alistarme en esta fila en contra del sistema frente al cual Jesús mismo luchó?

Puedo elegir no seguir. Y unirme a la masa. Ser alguien más del montón y pasar la vida “medianamente feliz”. Acomodada y ciega para que la realidad que vea no me “afecte” ni me comprometa con el deseo de un cambio.

Pero si elijo un “sí quiero”, y me voy detrás de este hombre libre que se llama Jesús… tengo que saber que la vida no será nada fácil y que al final me quedaré bastante sola gritando en la lontananza mis gritos de BASTA ante todo lo contrario a la bondad, la verdad, el amor, la libertad y la justicia.

A no ser que…

En este seguimiento también me encuentre con algunos locos que, al igual que yo, le crean a Jesús: “Felices los que son perseguidos por causa del Bien porque de ellos es el Reino de los Cielos…”

Si los encuentro… seré más “medianamente feliz”, seré profundamente “BIENAVENTURADA” porque en este seguimiento encontré hermanas/os, amigos, pueblo… identidad y pertenencia. Gente de a pie que también apuesta por el Reino que no está en “los cielos”, sino que lo podemos construir ya, hoy, como una pequeña levadura, en la masa de esta tierra.

Tal vez, por esta posibilidad que de cierta forma puedo percibir incipiente, tímida, frágil y sólida a la vez, renuncio a la tentación de renunciar y me alisto en las filas del seguimiento incómodo, incomprensible y, verdaderamente, BIENAVENTURADO… (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

pequeñas

pequeñas

32 Tiempo ordinario (B) Marcos 12, 38-44
CONTRASTE
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 04/11/09.- El contraste entre las dos escenas es total. En la primera, Jesús pone a la gente en guardia frente a los escribas del templo. Su religión es falsa: la utilizan para buscar su propia gloria y explotar a los más débiles. No hay que admirarlos ni seguir su ejemplo. En la segunda, Jesús observa el gesto de una pobre viuda y llama a sus discípulos. De esta mujer pueden aprender algo que nunca les enseñarán los escribas: una fe total en Dios y una generosidad sin límites.

La crítica de Jesús a los escribas es dura. En vez de orientar al pueblo hacia Dios buscando su gloria, atraen la atención de la gente hacia sí mismos buscando su propio honor. Les gusta «pasearse con amplios ropajes» buscando saludos y reverencias de la gente. En la liturgia de las sinagogas y en los banquetes buscan «los asientos de honor» y «los primeros puestos ».

Pero hay algo que, sin duda, le duele a Jesús más que este comportamiento fatuo y pueril de ser contemplados, saludados y reverenciados. Mientras aparentan una piedad profunda en sus «largos rezos » en público, se aprovechan de su prestigio religioso para vivir a costa de las viudas, los seres más débiles e indefensos de Israel según la tradición bíblica.

Precisamente, una de estas viudas va a poner en evidencia la religión corrupta de estos dirigentes religiosos. Su gesto ha pasado desapercibido a todos, pero no a Jesús. La pobre mujer solo ha echado en el arca de las ofrendas dos pequeñas monedas, pero Jesús llama enseguida a sus discípulos pues difícilmente encontrarán en el ambiente del templo un corazón más religioso y más solidario con los necesitados.

Esta viuda no anda buscando honores ni prestigio alguno; actúa de manera callada y humilde. No piensa en explotar a nadie; al contrario, da todo lo que tiene porque otros lo pueden necesitar. Según Jesús, ha dado más que nadie, pues no da lo que le sobra, sino «todo lo que tiene para vivir».

No nos equivoquemos. Estas personas sencillas, pero de corazón grande y generoso, que saben amar sin reservas, son lo mejor que tenemos en la Iglesia. Ellas son las que hacen el mundo más humano, las que creen de verdad en Dios, las que mantienen vivo el Espíritu de Jesús en medio de otras actitudes religiosas falsas e interesadas. De estas personas hemos de aprender a seguir a Jesús. Son las que más se le parecen. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

perdices

perdices

LAS PRINCESAS QUE TAMBIÉN QUERÍAN CAZAR DRAGONES
A propósito de la acogida de anglicanos en la Iglesia católica
PEPE LAGUNA, pepe.laguna@yahoo.es
PARLA (MADRID).

ECLESALIA, 03/11/09.- Había una vez un cuento diferente. En él las niñas no estaban obligadas a repetir incansablemente el papel de princesas dormidas en espera de un príncipe azul. Un cuento en el que, si así lo deseaban, ellas también podían matar dragones, liberar príncipes o conquistar castillos.

No todos los personajes estaban cómodos en ese cuento diferente. El capitán garfio, el pirata malapata, el gato con botas o el duende de la botella no veían con buenos ojos la intromisión de las féminas en roles que, desde el principio de todos los cuentos, habían estado reservados a ellos. Así que se reunieron en el bosque y decidieron mudarse a un cuento tradicional. Un cuento donde las princesas bordan y duermen, mientras los príncipes batallan y gobiernan.

No tuvieron que buscar mucho, cerca de allí encontraron una senda que llevaba al cuento mil veces contado. Al final del trayecto encontraron una puerta entreabierta. La atravesaron y corrieron a abrazar al gigante de las botas de las siete leguas, al caballero de la armadura oxidada, a los siete enanitos y al lobo feroz. A lo lejos se escuchaba el rodar de una rueca, el traqueteo de un telar y el bullir de unas ollas, sin duda alguna hadas y princesas se ocupaban de las tareas propias de sus papeles. ¡Un cuento como Dios manda! Una fábula donde vivir felices y comer perdices. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Torrente y V

Torrente y V

EL DIOS QUE ME HABLA V (y último)
El santo temor
JAIRO DEL AGUA, http://blogs.periodistadigital.com/ jairodelagua.php
MADRID.

ECLESALIA, 02/11/09.- A este artículo le faltaba un peldaño. Al fin voy a intentar subirlo. Se me quedó en el tintero “el santo temor de Dios” que creo merece alguna reflexión.

El temor es un elemento de nuestro sistema de defensa. Sin él nos estrellaríamos constantemente contra cualquier peligro. No hay más que observar a los niños. Ellos no temen hasta que desarrollan la conciencia de peligro o les contagiamos nuestros fantasmas. Al hacerse conscientes de los peligros de la vida, aprenderán a no meter la mano en la hura del alacrán (a mí me picó uno y no se lo recomiendo a nadie), a evitar un precipicio o a vigilar la cartera en el autobús. Muchos, muchísimos peligros nos acechan y es muy bueno tener temor para protegernos y espabilar nuestro cuidado.

El temor, por tanto, es bueno. Es una alarma natural, el piloto rojo que se enciende ante peligros conocidos o desconocidos. Claro que, en ese afán por proteger a nuestros hijos, los padres o la sociedad nos inventamos “hombres del saco”, “saca sangres” o “demonios” que frenen la imprudencia o el libertinaje. Nos equivocamos, porque inducimos un miedo patológico (exagerado e irreal), que merma energía y frena la capacidad de avanzar. Lo acertado sería ayudar a formar una "conciencia recta" sobre bases reales y racionales.

Por desgracia, el mayor error que hemos podido cometer es involucrar al mismísimo Dios en esta patología del miedo. Le hemos convertido en “el mayor ogro”, “el mayor peligro”, a fin de frenar nuestros barbarismos y exageradas ansias de libertad. En vez de estimular nuestras capacidades humanas (reflexión, prudencia, solidaridad, etc.) hemos creado “un monstruo” que nos apalea airado (o nos apaleará después) cuando somos malos.

Los profesionales de la religión han justificado tal fantasma defendiendo que Dios es justo y, por tanto, ha de masacrar indefectiblemente al libertario injusto. En vez de explicar que toda acción tiene sus consecuencias y que el mal siempre acarrea males. La sabiduría popular lo abrevia: “El que siembra vientos recoge tempestades”. Si me tiro por el barranco -por ejemplo- me romperé enterito sin intervención alguna del “dios castigador”. El castigo nos lo imponemos nosotros mismos (nos auto castigamos) con nuestras decisiones erradas. Es un terrible engaño colgarle a Dios el castigo, como engaño es culpabilizar a la luz de la oscuridad.

A esto hemos llegado por un proceso histórico sobre el que debemos avanzar. El “dios aterrador” surge para nosotros en el AT. Es fácilmente explicable porque, en una sociedad teocrática y primitiva, el freno decisivo estaba en “el dios de la ira, de la venganza o del castigo”. Los dirigentes judíos supieron explotar y politizar el miedo como freno al “corazón de piedra” de un pueblo semibárbaro. Posiblemente no tuvieron otro remedio.

Lo utilizaron igualmente para impulsar la obediencia ciega y el coraje conquistador. Si las órdenes procedían del “dios de los ejércitos”, sin duda la motivación sería suprema; sobre todo, si al incumplimiento se asociaba el castigo divino. La inhumana aberración de la “ley del exterminio” -por ejemplo- no hubiera sido posible sin tales condicionamientos. Es decir, los dirigentes judíos convirtieron “lo políticamente correcto o útil” en voluntad expresa de Dios. Más claro: utilizaron a Dios. No sé si consciente o inconscientemente como consecuencia de su teocracia, pero sin duda lo utilizaron.

El NT rompe con los “falsos dioses” y Cristo nos revela el verdadero rostro del Padre: el Dios Amor. Pero me temo que nuestras autoridades religiosas, inmersas en la inercia del pasado y más celosas de hacerse obedecer que de descubrirnos el rostro de Dios, han seguido utilizando -más o menos según épocas- el “miedo al monstruo”.

Es comprensible, porque el rostro de Dios es difícil de escrutar y el miedo es una herramienta eficaz para reconducir conductas. Lo hemos hecho también las familias asustando a nuestros hijos con “el coco” o con “el castigo de dios” para hacernos obedecer. Lo comprendo pero no lo comparto. No se puede imponer la religión y mucho menos bajo amenaza.

La religión (de “religare” = unir) mana espontáneamente en el fondo del ser humano, aunque algunos obstruyan ese pozo. Sólo cabe buscar dentro para descubrir al único y verdadero Dios. De ahí nacerá la adhesión-unión (religión) y el estilo de vida (moral). Mal van a apoyar esa búsqueda quienes absolutizan los libros y las opiniones de otros, sin buscar dentro de sí. Se parecen a aquel huertano que, fascinado por el precioso manantial encontrado por su vecino, le pidió unas botellas del precioso líquido para plantarlas en su huerta. Ciertamente es imprescindible contar con instrumentos y personas que nos ayuden e iluminen. Pero el trabajo de búsqueda ha de ser personal para llegar al íntimo encuentro.

Hay católicos que piensan que el apostolado consiste en construir enormes y costosos canales para hacer llegar el agua del Evangelio a todas las creaturas. Sin embargo, el sistema hídrico del propio Evangelio enseña a cavar pozos: “el agua que yo le daré será en él manantial que salta hasta la vida eterna” (Jn 4,14). En lenguaje popular: “No le des peces, enséñale a pescar”. “No le des agua, enséñale a cavar”. Pero volvamos al temor.

El error de “utilizar a Dios” para mover conductas se volverá contra los mismos que lo practican. Se verán desenmascarados y abandonados. Si además se ha cultivado el “miedo reverencial” a la casta sacerdotal (especialmente a sus líderes) para forzar respeto y obediencia, la reacción contraria de liberación será todavía más fuerte. Esto es, en parte, lo que hoy nos ocurre.

La adhesión a los religiosos se produce espontáneamente cuando su testimonio resplandece por encima de sus consignas, cuando se constata que realmente siguen el Evangelio: “y todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8). Los cristianos de hoy tenemos un hambre infinita de ejemplos, de guías coherentes, de líderes convencidos de que “hacer es la mejor forma de decir”.

No es verdadera la “religión del miedo”, ni existe un “dios colérico” que nos acosa cuando desoímos a los clérigos, ni siquiera cuando nos portamos objetivamente mal. Las consecuencias negativas de nuestra mala conducta nos llegarán sin duda, pero no por la mano de Dios. El que se vuelve ciego, por empeñarse en vivir en la oscuridad, jamás podrá decir que la causa de su ceguera fue la luz.

Estoy convencido que el Espíritu está sembrando hoy en nuestro Pueblo un ansia inmensa del Dios verdadero: el Dios Amor, que “sufre” cuando nos hacemos daño o se lo hacemos a otro, cuando olvidamos nuestra condición humana y nos arrastramos como gusanos. Pero que respeta nuestra libertad porque es un don que Él nos regaló y no nos quitará. Aunque le duela el dolor que nos traerá nuestra decisión de alejarnos de Él, como el “hijo pródigo”.

¿Entonces el temor a Dios es malo? El descrito hasta ahora sí, porque parte de falsedades. Dios nunca es un peligro ante el que haya que alertar nuestro sistema de defensa. Todo lo contrario: Dios es nuestra defensa, que actúa normalmente tras las luces de nuestra inteligencia, tras la fuerza de nuestra voluntad y tras el discernimiento de nuestra libertad.

Hay dos clases de temor: el “temor al mal” (peligro, desgracia, castigo) y el “temor a perder un bien”. El primero es una blasfemia aplicárselo a Dios. El segundo es el “santo temor de Dios”. Un cristiano, con un mínimo de vida interior, ha debido descubrir y experimentar que el camino de Dios es el camino de la felicidad (no sólo de la felicidad de “después” sino de la actual). El “santo temor” es el dolor ante la sola posibilidad de alejarse de la Vida, de equivocar el Camino (aunque sea inconscientemente), de no acertar en el correcto uso de tus dones.

Es tremendamente chocante que tengamos que aprender tantos manuales de uso (ordenador, lavadora, móvil, y un larguísimo et cétera) mientras descuidamos totalmente nuestro manual de uso como personas. ¿Quién soy? ¿Cuáles son mis piezas esenciales y mis funcionamientos correctos? ¿Cuál es mi misión en la vida?... Con toda seguridad el “santo temor” nos llevará a profundizar en nosotros mismos para aprender a “manejarnos”, para caminar el camino de la plenitud humana, que es el trampolín para saltar a los brazos del Amado.

Una enamorada nunca tendrá temor de su enamorado. Su felicidad es estar con el amado. Lo que teme la enamorada es vivir alejada de su amado. Pienso, por ejemplo, en los novios o esposos que viven a distancia por razón de su trabajo.

Desde hace muchos años repito esta jaculatoria: “Que lo haga bien, Señor, que lo haga bien”. Cuanta más oscuridad, duda, fragilidad o tristeza han asaltado mi vida, más ha arreciado esa oración. Sé que la vida es una hilatura que se va tejiendo con cada decisión, con cada paso, con cada acto. Mi miedo es no discernir y no elegir bien, causando daño propio o ajeno. Sé que mi libertad es un bólido de mil caballos de potencia. Es un gran regalo, una máquina preciosa. Pero dependerá de cómo la conduzca para que me lleve a la deseada felicidad o al macabro accidente. Por eso temo, claro que temo, equivocarme de carretera, distraerme al volante. Lo que me fue dado para llevarme a la plenitud y al gozo, temo emplearlo para mi desgracia.

Por eso bendigo el “santo temor” que me pone en camino de la fidelidad, el orden, la perfección, el equilibrio y el amor. Sé que por esos escalones se llega a los brazos del Amado. Por eso sigo repitiendo con Oliva, mi viejita amiga de la Parroquia: “No permitas que me aparte de Ti”, para que Tú seas cada vez más en mí. Amén. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

compadecerse

compadecerse

EL AMOR NO SE TOMA VACACIONES
La mujer encorvada, Lc 13, 10-17
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@wanadoo.es
MADRID.

ECLESALIA, 29/10/09.- Mirando con perspectiva el texto del evangelio y antes de meterme en harina de ir descubriendo cuál es el mensaje que quiere transmitir, sin anclarme en ver el milagro del instante, lo primero que intuí es que habría problemas.

En la escena se vislumbra la formación de un caldo de cultivo con ingredientes concretos: un sábado, una sinagoga y una mujer (además encorvada, enferma), por un lado. Por otro, Jesús con su mirada de largo alcance y amor compasivo a la que nos tiene acostumbrados pero no deja de sorprendernos; el jefe de la sinagoga (autoridad y guardián de la ley), y la gente.

Sin acabar de leer el texto, confirmé mi intuición: habría problemas.

La mujer no pide nada, no habla. La visión de aquella pobre encorvada, medio escondida entre la gente que ocupaba la sinagoga, no pasó desapercibida a la mirada de Jesús que siempre va por delante de su palabra. Él la llamó, haciendo que fuera centro de todas las miradas; le impuso las manos -es decir la tocó- y le devolvió la libertad curándola de todo lo que la mantenía encorvada, se puso derecha para mirar y vivir la vida con dignidad de hija de Abrahán, que significa: hija del pueblo de Dios, heredera de su salvación.

Al instante empezaron los problemas.

El jefe de la sinagoga no es que actuara mal, hizo lo que se suponía que ha de hacer un buen jefe de sinagoga: cuidar la normativa, el protocolo… mirar por el cumplimiento de la ley. Lo que sí estuvo mal fue cómo lo hizo.

Como la autoridad que emanaba de Jesús debía tener a raya incluso al jefe de la sinagoga, éste se dirigió a la gente. Estaba muy indignado pero no se dirigió al que provocaba su indignación. ¡Pobre gente, siempre les llueven las reprimendas cuando se vive desde la hipocresía!

Hay una actitud humana que Jesús no aguanta, aún sabiendo que le traerá problemas el desenmascararla: es la hipocresía. Él sí hablo dirigiéndose a la persona correcta: al jefe de la sinagoga; pero, curiosamente, habló en plural. Sabía el terreno que pisaba. Les llevó a mirar sus propias acciones. Es triste pero una mujer valía menos que un buey o un burro, a los animales se les procuraba alimento aún en sábado.

Jesús me transmite el mensaje de que el amor compasivo no se toma vacaciones ni días de descanso festivo. Es una actitud de vida. No se improvisa. Es mirar al otro como hijo o hija de Dios, compadecerse de sus luchas y sus duelos. Es arrimar el hombro asumiendo incluso que habrá problemas porque hay muchos que no entienden de amor compasivo y les produce cierta alergia que desestabiliza. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Tomo nota del mensaje.