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URNAS NUEVAS - TENTACIONES VIEJAS
JAIRO DEL AGUA, jairoagua@orange.es

ECLESALIA, 25/02/08.- Hay cosas difícilmente explicables. Que personas cristianas voten a partidos materialistas, enemigos declarados de su propia Iglesia. Que se alineen con gente agnóstica o atea que "ni teme a Dios ni respeta a los hombres" (Lc 18,2). Que aten su voto a unas siglas porque contiene tal palabra atractiva. Que prefieran políticas fracasadas en el pasado. A la vuelta de la esquina tenemos el estrepitoso fracaso mundial del comunismo. Y, un poco más allá, las aberraciones del nacional-socialismo fascista cuya erradicación necesitó una guerra mundial.

Uno no se explica que haya cristianos que voten por impulso, sin analizar los principios y programas del partido al que votan, sin ver si sus votos horadan su propio tejado. Que cierren los ojos a la historia y olviden lo que pasó cuando gobernaron esos en los que dicen confiar. Aún menos explicable que dejen de votar, que se sacudan su participación en la construcción del Reino en el que dicen creer. Caen de bruces en la tentación del talento enterrado (Mt 25,24) y desprecian su "poder de decidir" sobre el curso de nuestra historia.

Ningún partido representa los ideales cristianos. Ni siquiera aquéllos que incluyen nuestro nombre en su denominación política. Pero los hay que coinciden más con nuestros principios. Ese grado de coincidencia es lo que hay que analizar tanto en sus programas como en las experiencias que ya tenemos de ellos.

Por ejemplo: ¿Qué opinan sobre la familia, el matrimonio, la vida, la religión, la enseñanza? No se trata tanto de si ponen más o menos dinero sobre la mesa. Se trata, sobre todo, de si creen en estas realidades básicas, si colaboran en su construcción o en su descomposición. Hay realidades sociales cuyo deterioro arruina al propio ser humano.

Otro ejemplo: ¿Qué medios de comunicación promueven? ¿Los que difunden valores y promocionan al hombre o los que contaminan, manipulan, degradan y embrutecen? No podemos olvidar que los medios modernos son una parte importante del "ambiente humano" que respiramos.

Por desgracia, estamos acostumbrados a la sutil o descarada demagogia[1] de algunos partidos. Los sentimientos con que más juegan son la solidaridad, la justicia y la libertad. Utilizan las necesidades básicas del ser humano como anzuelo para erigirse en únicos salvadores. Conmigo "pan y circo" -vienen a decir- y después "haz lo que quieras".

Estas tentaciones son muy antiguas. Jugar con el hambre es diabólico. Prometer libertad sin límites también. Hace casi dos mil años "el tentador se acercó y le dijo: Si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Pero Él respondió: Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,3). Es la tentación del pan, es decir, la tentación del materialismo.

Hay quienes creen en la diosa Democracia o en el dios Estado resucitando un absolutismo de nuevo corte. No existen leyes previas, ni instituciones naturales, ni respeto a la naturaleza humana, ni nadie que la trascienda. Todo es circunstancial y mudable. El imperio absoluto de la mayoría lo rige todo. Es la tentación del laicismo deicida[2]: "Todo esto te daré si te pones de rodillas y me adoras. Jesús le dijo: Retírate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás y a él solo servirás" (Mt 4,9).

Y, por supuesto, no podía faltar la primera tentación de la humanidad, la tentación del autosuficiente libertinaje[3]: "Entonces la serpiente dijo a la mujer: ¡No, no moriréis! Antes bien, en el momento en que comáis se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses" (Gn 3,4).

Estos redivivos tentadores son los que afirman que la fe es del ámbito privado y para nada puede ni debe influir en la vida pública.

Estas tentaciones deberían ser conocidas y detectadas por los cristianos. No deberíamos ser ingenuas piezas de ávidos cazadores. Tendríamos que saber distinguir quién está con nosotros y quién contra nosotros: "El que no está conmigo está contra mí, y el que no recoge conmigo desparrama" (Mt 12,30). Por desgracia, los apasionamientos, los resentimientos del pasado, la ignorancia, la falta de interés por ver y analizar, oscurecen o paralizan a muchos.

Sigo defendiendo, como los griegos, que hay que elegir a "los mejores", a los más capaces, preparados y experimentados. "¿Puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?" (Lc 6,39). Y, como la perfección no existe, en realidad hay que votar a "los menos malos", los que menos contradigan mis principios cristianos, los que hayan demostrado su honradez y su capacidad para hacernos avanzar. Éstos, precisamente éstos, son los que mejor consiguen la solidaridad, aunque no la utilicen como señuelo, porque cuando la nación mejora mejoramos todos. Un político honesto que comparta nuestros valores apoyará a los más frágiles. Está en el corazón de nuestro ideario. Pero hay que distinguir entre los que sirven a los pobres y los que se sirven de ellos.

No merecen el voto de los cristianos quienes quieren recluirnos en las sacristías, silenciarnos o excluirnos de la vida pública. O quienes pretenden amordazar a nuestros Obispos y amedrentarlos con la eliminación de las ayudas estatales.

Si políticos de cualquier pelaje quieren darnos lecciones de justicia, estudien primero la "doctrina social de la Iglesia". Si prefieren realidades, hagan recuento: colegios, universidades, guarderías, orfanatos, hospitales, leproserías, asilos, centros de día, comedores, refugios, roperos, talleres, dispensarios, asesorías, voluntariados, etc. En nuestra nación y por todo el mundo. Después dígannos si no son ellos los deudores y si insisten en que mejor estábamos en la cuneta.

Desde luego yo no me dejaré engañar por buhoneros de feria que hacen negocio con los sentimientos de los más humildes para conseguir cómodas poltronas y pingües beneficios. Una vez más, “por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16). (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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[1] Demagogia: "Degeneración de la democracia, consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o mantener el poder" (DRAE).
[2] Laicismo deicida: Doctrina que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y más particularmente del Estado, respecto de cualquier organización o confesión religiosa, negando toda Trascendencia o leyes emanadas de ella.
[3] Libertinaje: Desenfreno en las obras o en las palabras. Falta de respeto a la religión.

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