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DE LA INDIGNACIÓN RAZONADA, A LA DESESPERANZA REALISTA
ALEJANDRO PÍRIZ MOTA, gerente de la empresa TECNYMAN SL Extremadura. alejandro.piriz@isf.es

ECLESALIA, 01/09/09.- Llevábamos tiempo en crisis. Lo dijeran los gobiernos o no. Lo que es cierto es que no siempre la hemos reconocido ampliamente, en todo su esplendor y profundidad, probablemente por encontrarnos en el cuarto de la población mundial desarrollada. Con nuestros problemas, claro, pero ajenos a la desesperación de los demás. Tan sólo ciegos a los otros tres cuartos subdesarrollados. Y cuando los telediarios nos lo han mostrado, ha sido suficiente la paulatina pero implacable naturalización de la necesaria coexistencia de ricos y pobres monetarios para silenciarla, pese a la multitud de voces y procesos críticos de diferentes procedencias a las reglas del juego desarrollistas. Ese cuarto mundial ha sobrecrecido gracias a una ávida avaricia que ha dejado en la cuneta a los otros tres. Y yo lo he disfrutado. Aunque los obviara. Aunque no fuera consciente de la desesperación silenciosa e impotente, a veces inmolada, ni siquiera de la indignación en su justa medida.

Esta crisis del desarrollismo humano ahora nos toca de cerca promovida y hasta espoleada por la dimensión económica. Hablamos, por fin, de crisis económica cuando, naturalizada y neutralizada la inequidad de los cuartos, el equilibro del bienestar y de sus pilares económicos que lo sustentaban, en acuerdo pacífico hasta el momento, no son tan fiables como pensábamos. Al menos ya no garantizan al conjunto del cuarto (antes tampoco a la mayoría) esa seguridad económica que posibilitaba el desarrollo creciente, la estabilidad, el pacto y el consenso social. En este camino, muchos otros quedaron en la cuneta, pero es fácil silenciarlos, ocultarlos, incluso menospreciarlos. Entretanto, tantas pateras, indigentes, maltratos, e historias desdibujadas, a la intemperie.

Sólo entonces suenan sirenas y alarmas. Y suenan porque las portan los que accedemos al sistema de bienestar, los que disfrutamos de los códigos, las herramientas y los medios que posibilitan que las primeras portadas se hagan eco, y entonces tengamos voz. Hasta hace poco, sonaban sirenas, claro, pero eran ruido que podíamos ecualizar. Ahora nos roza y empuja una situación que lograríamos compartir –salvando las distancias infinitas aún- con la mayoría de mujeres y hombres del planeta, los otros tres cuartos, los “sin-portadas”, pero eso no importa tanto ahora. Una situación en la que no sólo entra en crisis lo económico, porque es capaz de subrayarnos la fragilidad de lo basado en lo económico. Y esta oportunidad es escaparate de los valores que hasta ahora, en ávida avaricia, han promovido y son principio de nuestro sistema económico, desnudo de otros tan de moda como la solidaridad, la justicia, la igualdad y tantos del estilo, lejos de los modelos burbujas actuales.

Sonaban entonces conatos de indignación. Siempre han estado, pero en las páginas de sucesos. Ahora saltaban a las primeras páginas, a portada. De forma razonada, en protesta pública y en su mayor parte desorganizada contra un modelo que ahora también comienza a dejarnos leve y sutilmente fuera a los que lo disfrutábamos. El día a día en la empresa se hace duro. Los pagarés se amontonan, los primeros de mes son una mueca impotente ante la imposibilidad de las nóminas... vencimientos, devoluciones, morosidad, riesgo, eres y tantas históricas teorías en la universidad, y los libros, son ahora una realidad afilada y sangrante. Despidos, colas en los bancos y en las oficinas de desempleo, y de nuevo nuevos sin nombres del sistema, antes conocidos. Se encoge el cuarto. Y ahora portamos la indignación.

Corrillos en oficinas, en despachos, en pasillos protestando por unas amenazas que, como siempre, no han tenido una diana certera y única. ¿Bancos? ¿Gobiernos? ¿Sistema? ¿Ricos? ¿Pobres? ¿Contra quién o qué protestar? ¿Contra quién o qué indignarse, más allá de lo subjetivo? ¿A quién vapulear, y hacer culpable de la indignación? Esa falta de culpables ha sido una de las garantías del actual modelo, que ha sido capaz de amordazar responsables, y, en el fondo, cuando las soluciones no surgen por sí mismas, está siendo semilla de la desesperación. Del me cago en al no sé qué voy a hacer. De la indignación razonada, a la desesperanza realista. Del salgamos a la calle al para qué. Esta semana temblaba por la devolución de un pagaré negociado, cuando me enteré de lo que valía una paliza a un deudor solvente. Lo comentaba un buen amigo mío desesperado apurando hielos en un bar a media tarde, al lado de mi café, que sigue en pie junto al ariete de la persistencia, la indignación, y los fines de semana de trabajo incansable, los desvelos, y la tensión permanente. El paso a la desesperación lo sustenta la irracionalidad, las soluciones desvalidas y desnudas de cualquier apoyo, incluso de justificación legal. Pero la crisis económica es, en el fondo, causa y efecto de una crisis humana. De modelos de crecimiento deshumanizantes, que ahora compartimos los cuatro cuartos en la distancia y con las diferencias que imponen las prioridades en los salvavidas y medidas de rescate. Y que, desde luego, en nuestro cuarto permeabiliza las clases, los trasvases de éxito y fracaso. Es capaz, al límite, de llevar a personas de portada al lodo amortiguado, pasando por la prevaricación y el tráfico de influencias y la corrupción. De las primas millonarias, a la presunción de culpabilidad. De la falta de acceso a los derechos básicos, al olvido por la desatención, y entonces al drama y la muerte. De la indignación, a la desesperanza. Por sí solo, arropado por diferentes valores tan humanos como antagónicos. ¿Por qué siempre querremos más?

También hace poco, otro buen amigo me comentaba que, aunque desde la dirección de su empresa le plantearon sin alternativa despedir a un trabajador concreto, él decidió echar a otro por motivos que nada tenían que ver con la productividad, buceando en la realidad de ambos. Me sorprendió y gratificó su estancia en la indignación. ¿Cuánto será capaz de aguantar ahí? Velas para él. Podríamos anhelar actitudes heroicas, e incluso reprocharlas, pero en el contexto actual lo que es de barro, los pequeños detalles, son un pequeño tesoro que podemos disfrutar.

No estudié para asegurarme un buen sueldo. No pensé sólo qué ser, sino quién ser, y traté decidir (yo que podía) desde ese itinerario reflexivo en lo que supe y pude. Pero la productividad lo condiciona, y cuando los pagarés se amotinan, y el sistema no responde, los escalones racionales parecen agotarse y atascarse, y es difícil que las marchas no rasquen. Rezaré por un día en que los balances de empresas, estados y sociedades se vean condicionados por los cómos, por los modelos, y los para qué y para quién. Seguro que los diferentes cuartos entonces nos daremos la mano, nos reconoceremos, y garantizaremos el equilibrio futuro y la sostenibilidad humana de nuestro crecimiento y desarrollo.

Todo esto no es la reflexión de un colectivo, aunque pueda coincidir. Lo escribo desde mi experiencia como gerente de la empresa TECNYMAN SL, y apoyado en mi proceso vital como miembro de movimientos cristianos de acción católica y de oenegés de desarrollo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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