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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

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LA LIBERTAD Y LA PAZ SOCIAL A TRAVÉS DE LA MEMORIA Y EL RECUERDO
“… Los viejos amores que no están, la ilusión de los que perdieron, todas las promesas que se van, y los que en cualquier guerra se cayeron. Todo está guardado en la memoria, sueño de la vida y de la historia …” (León Gieco).
DANIEL E. BENADAVA
ARGENTINA.

ECLESALIA, 24/03/06.- En los países latinoamericanos, en general, existe una “curiosa” tendencia hacia el olvido, lo cual favorece que la memoria y los recuerdos queden vaciados de sentido y contenido. El discurso oficial de los medios de comunicación y de las instituciones educativas, en su gran mayoría, enseñan que las “cosas son así” desde los orígenes de la humanidad, y que de igual forma seguirán hasta la eternidad: siempre hubo, y habrá, ricos y pobres, contentos y amargados, hambrientos y desocupados.

Sin embargo, a lo largo del siglo pasado, en todo el continente, existieron varias experiencias en las que “… los hijos de nadies, los dueños de nada… que no son, aunque sean… que no tienen cara, sino brazos... que no tienen nombre, sino número… que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local… que cuestan menos que la bala que los mata…” (Eduardo Galeano, Los nadies), juntaron sus esperanzas y frustraciones, sus silencios y quejas, sus acuerdos y contradicciones, e intentaron alzarse contra los representantes de un sistema político que los condenaba a sobrevivir en una miseria espantosa.

En cada uno de estos momentos, las clases dominantes, siempre incapaces de crear sociedades justas y solidarias, con mayor distribución de las riquezas, temerosas de perder sus beneficios, y en desmedro del resto de la población, recurrían a los militares, quienes sedientos de poder, tomaban en sus manos la conducción de las naciones latinoamericanas, aniquilando a los que “osaban” levantar la voz para denunciar las atrocidades que se cometían por doquier; secuestrando y torturando, física y psíquicamente a los prisioneros y disidentes políticos; y suprimiendo el libre ejercicio de los derechos humanos.

Un claro ejemplo de estos acontecimientos, que regaron de sangre y dolor el suelo latinoamericano se conmemora en el presente año, ya que el 24 de marzo del 2006 se cumplen 30 años de la última dictadura militar que azotó la Argentina, y que tuvo la escalofriante desaparición de 30.000 personas.

Muchas fueron las voces que, en ese entonces, se alzaron contra los oscuros y siniestros gobernantes que integraron aquella Junta Militar desde los comienzos del año 1976. Una de ellas fue la de Rodolfo Walsh, escritor y periodista argentino, quién con una notable claridad, antes de ser secuestrado, publicó el 24 de marzo de 1977 una carta abierta a los militares, en la que les decía: “… han restaurado ustedes la corriente de ideas e intereses de minorías derrotadas que traban el desarrollo de las fuerzas productivas, explotan al pueblo y disgregan la Nación … han llegado ustedes a la tortura absoluta, intemporal, metafísica en la medida que el fin original de obtener información se extravía en las mentes perturbadas que la administran, para ceder al impulso de machacar la sustancia humana hasta quebrantarla, y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo, que ustedes mismos han perdido…”.

Así mismo, fueron muchos los integrantes de la Iglesia Argentina que se hicieron presentes en la defensa de la dignidad humana, entendiendo que su misión evangelizadora tenía como parte indispensable la acción por la justicia y las tareas de promoción del hombre.

De esta manera, siendo concientes de que todos somos uno en Cristo (cf. Gál. 3, 28), y que por ende, en la imagen de Jesucristo se sella la definitiva hermandad de la humanidad, y teniendo en claro que el régimen totalitario militar no actuaba contra “entes abstractos”, sino contra seres humanos concretos, de carne y hueso, que son Hijos de Dios y hermanos nuestros, fueron varias las ocasiones en que sacerdotes y laicos denunciaron y condenaron, a lo largo de la década del ´70, la represión sistemática o aislada, la violación de la privacidad, la tortura y el secuestro de seres humanos, que llevaron adelante aquellos que presidieron la última dictadura militar argentina.

En este sentido, es digno de ser recordado y admirado el espíritu de sacrificio, con el que actuaron muchos pastores que, en concordancia con lo que había sido planteado en el Concilio Vaticano II, ejercieron su ministerio en servicio del Evangelio, predicaron en defensa de la dignidad humana, afrontaron la soledad, el aislamiento, la incomprensión, la persecución y, a veces, la muerte.

Un claro ejemplo de esta conducta, fue el Padre argentino Carlos Múgica, quién fue asesinado el día 11 de mayo de 1974 -época en la que la población argentina se debatía entre la intención de construir una democracia real y pluralista, o continuar obedeciendo los “ mandatos foráneos”-, por sostener ideas como: “… El cristianismo es esencialmente comunitario. No decimos “ padre mío ”, sino “ padre nuestro ”. Para entender esto basta con acercarse al pueblo… Tener fe es amar al prójimo, y eso me moviliza a fondo, tanto como para dar la vida por mis hermanos, tanto como para brindarme íntegramente por ellos … Por eso, deberíamos escandalizarnos de que en las villas miserias o en el interior del país mueran niños famélicos porque sus padres ganan sueldos de archimiseria …” (Revista 7 Días, junio de 1972).

En resumen, y como síntesis de las cuestiones planteadas con anterioridad, entiendo que se pueden extraer cuanto menos dos conclusiones.

Por un lado, en Argentina en particular, y el Latinoamérica en general, las sucesivas democracias que sobrevinieron después de las dictaduras militares procuraron, bajo la promulgación de leyes de impunidad, olvido y perdón, crear un “estado de amnesia” en la población de la tragedia ocasionada por los militares, gracias a lo cual muchos de los verdugos de la libertad y la paz social de aquellas épocas oscuras y sangrientas latinoamericanas, no tuvieron juicio ni castigo por los crímenes por ellos cometidos. Ahora bien, según mi parecer, un pueblo que es “obligado” a sepultar su historia en las penumbras del silencio, esta condenado a repetirla. Por este motivo, creo que es indispensable, si se busca construir sociedades participativas y justas, nombrar y recordar con valentía los hechos ocurridos en las sangrientas décadas pasadas, no con el fin de obtener una “revancha” sobre los genocidas que, impunemente, secuestraron, torturaron y aniquilaron a quienes estaban en contra del horror de aquellos días; sino, por el contrario, para poder siempre estar atentos en no volver a transitar por viejos senderos siniestros sembrados de muertes y desapariciones.

Y, por otro lado, creyendo que la Iglesia tiene la obligación evangélica de anunciar la liberación de millones de seres humanos de toda aquella situación de pecado, como lo son las dictaduras militares, que oprimen y denigran la dignidad humana; y sabiendo que no recibimos del Señor un espíritu de esclavos para obrar con temor y miedo (cf. Rom. 8,15), entiendo que los cristianos tenemos el deber de denunciar las atrocidades que se cometieron en la última dictadura que sufrió Argentina a partir de marzo de 1976, para que éstas no vuelvan a repetirse, en ningún lugar del mundo, nunca mas. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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