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REACCIONES INDIGENAS A LA DIFUSIÓN DE LA CARTA DEL CARDENAL ARINZE*
ELEAZAR LÓPEZ HERNÁNDEZ, 13/03/06
TEHUANTEPEC (MÉXICO).

ECLESALIA, 15/03/06.- Acabo de conocer la carta que fue enviada por el Cardenal Arinze al Obispo de san Cristóbal de las Casas, Mons. Felipe Arizmendi, en octubre de 2005. En ella se le comunica la “suspensión de eventuales ordenaciones de diáconos permanentes hasta que se haya resuelto el problema ideológico de fondo”. Se trata de una cuestión puntual para la diócesis de San Cristóbal; y, por lo que en ella se expone, la suspensión se basa en la carga ideológica que Roma considera que existe en la formación de estos diáconos y se apoya también en la expectativa de un sacerdocio no celibatario que, según dicen, se ha suscitado indebidamente en los diáconos indígenas. Desde luego esas aseveraciones no han sido probadas fehacientemente, pero ha bastado la presunción y la palabra de los contrarios para actuar contra el proceso, indicando, además, que con ella se quiere “contribuir a sanear la vida eclesial... abrir la diócesis y... ayudarla a salir del aislamiento ideológico”. Ahí veo la gravedad de este proceder institucional, que no toma en cuenta la palabra indígena ni hace justicia al largo proceso de los hermanos de Chiapas. Por lo que sé, los Obispos y fieles de a diócesis de San Cristóbal han aceptado la decisión asumida en Roma y seguirán adelante, no sin dolor, en su acción pastoral y en su acompañamiento a las comunidades indígenas de la zona integrando las indicaciones superiores. Las consecuencias en las comunidades nativas las veremos más adelante. Seguramente ellas, con la ayuda de Dios, encontrarán formas nuevas y mejores de vivir inculturadamente su fe y compromiso cristiano, a pesar de las restricciones impuestas.

Como ya es del conocimiento público la carta del Cardenal Arinze no es reciente, pues se escribió inmediatamente después de la vísita ad limina de los Obispos mexicanos, que tuvo lugar en septiembre del año pasado. En esa visita ad limina algunos obispos de México no apoyaron la petición de Mons. Felipe Arizmendi para reabrir la ordenación de diáconos indígenas, después de tres años que fuera suspendida también por presión de quienes no están de acuerdo con el avance indígena. Lamentablemente tuvo más eco en los Dicasterios romanos la posición contraria a los diáconos indígenas y el resultado fue esa suspensión provisional, que ahora los enemigos de la causa indígena difunden profusamente queriendo extender las observaciones de Roma a todos los componentes de nuestra lucha indígena dentro de la Iglesia; cosa que no corresponde al tenor de la carta del Cardenal Arinze, quien por cierto, hace unos años, se manifestó favorablemente sobre el papel de las religiones tribales en la lógica de la salvación en Cristo, asunto bastante coincidente con los planteamientos de la teología india.

La carta del Cardenal Arinze a Mons. Felipe Arizmendi no tuvo hace seis meses ninguna difusión en los medios pues se consideró que era expresión coyuntural de una Curia romana que apenas estaba retomando funciones después de la elección del Papa Benedicto XVI; se tenía la esperanza de que estos asuntos indígenas fueran retomados posteriormente de una manera más sosegada y por lo tanto con otro veredicto. Por eso no se vio en la prensa ningún comentario a ella. Pero ahora la sacan a la luz, extrapolando su contenido, con intenciones evidentes de utilizarla para acallar definitivamente la voz indígena dentro de la Iglesia. No debemos dejar que eso suceda por las consecuencias que tendría no sólo para los indígenas sino para la misma Iglesia, que corre el riesgo de perder a los pocos aliados estratégicos que le quedan en el mundo, entre ellos los pueblos indígenas.

Hay en México un grupo no identificado de personas, que se dicen católicas y que tienen poder en los medios, que, desde hace tiempo, han estado instigando que se pare no sólo el asunto de los diáconos indígenas sino que se condene toda la obra de Mons. Samuel Ruíz, Obispo emérito de san Cristóbal de las Casas, a quien ellos consideran el culpable mayor de la problemática indígena.

Este grupo aprovecha todas las ocasiones que tiene a la mano para cuestionar la obra del nuevo Obispo de San Cristóbal, Mons. Felipe Arizmendi, exigiéndole que renuncie al acompañamiento pastoral que da a los indígenas y que fue iniciado por su predecesor. Dicho grupo estuvo de acuerdo con el silencio sobre la carta del Cardenal Arinze. Por eso ahora la relanzan al público con una furia que quisiera llevar a la hoguera no sólo a los Diáconos indígenas, sino la Iglesia autóctona y la teología india. Ellos están utilizando ahora la carta del Cardenal Arinze para dar por terminada la lucha de los indígenas dentro de la Iglesia católica, para que aceptemos que hemos sido rechazados y condenados y que ya no insistamos en nuestro empeño inculturizador de la fe cristiana. Ese es el efecto que quieren lograr en nosotros y en quienes nos apoyan desde dentro de la Iglesia.

Puede ser que el resultado inmediato de este agobio persistente contra los indígenas, dé por resultado que algunas hermanas y hermanos indígenas tiren la toalla para no seguir siendo golpeados por esa porción de la Iglesia católica que se está mostrando incapaz de entender la emergencia actual de nuestros pueblos, pues la confunde con los fantasmas surgidos de sus miedos de clase social y de etnia dominante. Puede ser que por este rechazo la lucha indígena se abstenga en adelante de seguir buscando en la Iglesia espacios de apoyo y de solidaridad que algunos eclesiásticos no quieren dar. Puede ser que algunos hermanos indígenas lleguen a la conclusión de que han perdido el tiempo con la Iglesia y que ya no vale la pena esperar que la institución eclesiástica cambie su relación asimétrica con los pueblos nativos pues ella está más dispuesta a ponerse de lado de quienes nos oprimen y nos niegan todos nuestros derechos. Puede ser que, con decisiones como la suspensión de la ordenación de diáconos indígenas, la Iglesia efectivamente aparezca ante muchos indígenas como cerrada al diálogo e intolerante, y ella misma se ponga en riesgo de perder la oportunidad histórica de estar con los grupos humanos que luchan ancestralmente por su dignidad e identidad cultural y religiosa apoyándose también en nuestro Señor Jesucristo. Quienes hemos asimilado en nuestro ser el amor a nuestro pueblo junto con el amor a la Iglesia, seguiremos clamando, a tiempo y a destiempo, por el lugar digno que nos corresponde en el mundo según el plan de Dios. Y sabemos que aquellos que, desde la Iglesia, -de la que también somos parte-, asumen la causa indígena como su propia causa, seguirán siendo nuestras hermanas y hermanos de camino en la búsqueda de un destino de vida que algunos sistemáticamente nos niegan. Tarde o temprano la historia nos dará la razón. Como San Pablo, decimos hoy: “Si Dios está a nuestro favor ¿quién estará en nuestra contra? Si Él sale en nuestra defensa ¿quién nos condenará?” (Rm. 8,315).

Para ampliar la información sobre la coyuntura eclesial en relación a los pueblos indígenas, hay que leer dos análisis que hicimos recientemente y que yo puse por escrito: “Nuevos ataques a la Teología india” (diciembre de 2005) y ‘Aportes indígenas a la V CELAM” (enero de 2006). No se olviden que las baterías también apuntan a mi persona; a mí me tienen en la mira los adversarios de la pastoral indígena en México y en América latina; a consecuencia de eso y por órdenes de mis superiores me encuentro ahora recluido en una parroquia de la Diócesis de Tehuantepec (México) en espera de un juicio sobre mi ortodoxia, precisamente porque me ubican como el principal promotor de la teología india. ¿Qué pasará si los enemigos de la causa india logran imponer en la Iglesia sus decisiones? No lo sé. Sólo Dios lo sabe. Aunque soy optimista no dejo de preocuparme por el avance de esas posiciones intolerantes. Parece ser que el miedo al terrorismo lleva a algunos a querer aplicar en la Iglesia la guerra preventiva contra los que somos y pensamos diferente. Ojalá podamos quitar de nuestra Iglesia el miedo a la diferencia para que la fe, la esperanza y el amor prevalezcan entre nosotros, ya que, como lo acaba de recordar el Papa Benedicto XVI, “Deus Chantas est”. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Confiado en Aquel que me sostiene,

Eleazar


*Nota de la redacción de Eclesalia

La noticia de la carta que fue enviada por el Cardenal Arinze al obispo de de San Cristóbal fue publicada por la agencia ACI (aciprensa.com) el 9 de marzo de 2006 con el titular “Santa Sede dice no a “iglesia indígena” y a sacerdocio casado en América Latina”. Dicha información se recogió en la sección de religión del periódico Periodista Digital (periodistadigital.com).

El texto de la carta de Francis Arinze, (prefecto de la Congregación para el Culto Divino) a Felipe Arizmendi (obispo de san Cristóbal de las Casas) aparece en el último número del boletín “Notitiae” del dicasterio:

“En la última Reunión Interdicasterial, celebrada el 1 de octubre pasado, como Ud. ha podido bien observar, se realizó un detallado y serio examen de la petición presentada por Vuestra Excelencia y de la situación actual de la Diócesis de San Cristóbal de las Casas y sus incidencias en la vida de la Iglesia Universal. Como resultado de la deliberación se ha convenido como sigue: No se puede ignorar que, aún después de pasados cinco años de la salida de S. E. Samuel Ruiz de San Cristóbal de las Casas, continua estando latente en la Diócesis la ideología que promueve la implementación del proyecto de una Iglesia Autóctona. En este sentido, la Reunión Interdicasterial se ha pronunciado por una suspensión de eventuales ordenaciones de diáconos permanentes hasta que se haya resuelto el problema ideológico de fondo. Asimismo, se pide que se fortalezca la pastoral vocacional, con vistas al sacerdocio célibe, como en el resto de la Iglesia en México y demás países de América Latina; y que se interrumpa la formación de más candidatos al diaconado permanente. Constituye, en efecto, una injusticia contra esos fieles cristianos alentar una esperanza sin perspectivas reales; además, el diaconado supone una vocación personal, no una designación comunitaria sino una llamada oficial de la Iglesia; requiere una formación intelectual sólida; orientada por la Sede Apostólica. Para contribuir a sanear la vida eclesial, desde el inicio se ha pedido y se continúa a indicar, abrir la diócesis a otras realidades propias de la universalidad de la Iglesia Católica, para ayudarla a salir del aislamiento ideológico mencionado. Por último, cabe subrayar que, alimentar en los fieles expectativas contrarias al Magisterio y a la Tradición, como en el caso de un diaconado permanente orientado hacia el sacerdocio uxorado (casado), coloca a la Santa Sede en la situación de tener que rechazar las distintas peticiones y presiones, y, de este modo, se le hace aparecer como intolerante”.

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