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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

magnos y menores

PAPAS MAGNOS Y PROFETAS MENORES
BRAULIO HERNÁNDEZ
TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 27/06/05.- “Por eso os herí por medio de profetas, porque quiero misericordia y no sacrificios, conocimiento de Dios, más que holocaustos” (Os 6,3-6). Se leía el primer sábado-domingo de Junio.

El papa Wojtyla ha sido el centro absoluto de todo en esta primera mitad del 2005. En enero comenzó su declive definitivo, siendo hospitalizado el 1 de febrero en el policlínico Gemelli (donde disponía de “una ‘suite’ de 200 metros preparada siempre “a su disposición”). Y el 28 de junio inician su proceso de beatificación. En medio, dos meses de agonía, su muerte y funerales de Estado; y el conclave donde salió elegido su delfín. El Vaticano alentó convertirlo en un espectáculo mediático: un tsumani de papolatría se decía.. Y fue una casualidad, misteriosa, que todas las catequesis programadas para ese mismo período estuvieran dedicadas a los profetas menores. Excepto la primera, sobre la libertad cristiana de la Carta a los Gálatas, Llamados a la libertad, justo cuando moría J.M. González Ruiz, un teólogo baluarte del Concilio Vaticano II y de esa libertad. De paso, recordar que quienes atacan el pluralismo de los hijos de Dios son los que crean la división en la Iglesia. También coincidía el relevo angustioso de Casaldáliga, “el obispo de los pobres”, un obispo profético como Romero. Estas catequesis eran un buen contrapunto contra tantos excesos.

¡Recontruid la casa!, de Ageo, ha sido la última, de cierre. Sorprende saber que el mensaje de este profeta menor, del que nadie se acuerda, fue el que inspiró a Juan XXIII la renovación del Concilio. Le precedieron otras como: “Conocerás al Señor” (Oseas), “Derramaré mi espíritu” (Joel), “Levantaré la tienda” (Amós), “Y tu, Belén” (Miqueas). “Es un milagro poder contactar con la experiencia de Miqueas ¡veintiocho siglos después!”, se maravilla el ponente. (Están en www.comayala.es).

Juan XXIII convocó el Concilio (una “locura papal” dijeron) siendo un papa que ya no estaba como para escalar montañas. Pero él confesó: “El primer sorprendido de esta propuesta mía fui yo mismo (...) Después de tres años de preparación laboriosa, aquí estoy yo a los pies de la santa montaña”. En cambio, Juan Pablo II llegó al papado pletórico, con fama de escalador: un papa moderno. Pero aquel “aire fresco” serrano que el papa bueno reclamaba, se fue transmutando de nuevo, con Wojtyla, en el viejo “ polvo imperial que se ha acumulado en el trono de Pedro desde Constantino” como lo describía JUAN XXIII.

A Juan Pablo II lo han descrito como “El gran restaurador” (Leonardo Boff); se ha dicho que convirtió el Vaticano en “una factoría de santos”: 1.338 beatos (“10 veces más que sus antecesores”) y 482 santos. Un record absoluto. Pero, entre tantos, ni uno solo de los muchos crucificados en América latina como Jesús de Nazaret, se sorprendía Jon Sobrino. “¿Qué hubiese ocurrido si en un país del Este hubiesen asesinado a 17 sacerdotes como ocurrió con El Salvador?”, se preguntaba Jon. O, lo que es lo mismo: ¿Cómo habrían valorado a Oscar Romero en Roma si, en vez de nacer en el Salvador, hubiera nacido en la Polonia de Wojtyla? Tuvo que acercarse el 25 aniversario de su asesinato para que la Congregación para la Doctrina de la Fe (ex-Santo Oficio) declarara, tras casi una década de investigaciones, que "no existen obstáculos de naturaleza teológica que puedan impedir el normal desarrollo del proceso". La Congregación para la Causa de los Santos, asustada, le había pasado los papeles. Wojtyla no planteará dudas. Le pondrán una autopista.

Sí las tuvieron con Oscar Romero que, como Jesús, hizo el viaje a Jerusalén y tuvo visitas apostólicas, idénticas a las que Anás, Caifás y Alejandro hicieron a Pedro y a Juan (Hch 4,1-12). Asumió ser “un pobre de espíritu” como en el Sermón de la montaña; y fue cuestionado, como los profetas, por anteponer la justicia del pueblo al culto formalista de la “Sinagoga bien montada”. Incluso, como Jesús, lloró sobre Jerusalén, al sentir desolación en Roma tras aquella fría audiencia con Juan Pablo II, su papa y colega, que le despidió con este consejo: “procure ir de acuerdo con su gobierno”. Como remate final, también murió crucificado, en pleno tajo, en una modesta capilla de un modesto hospital de cancerosos. Jon Sobrino fue testigo de su calvario: “Conocí a Casaldáliga en el mes de febrero del 80 y le dije: 'Escribe a Romero y anímale a que siga'. Porque monseñor Romero sufría mucho en El Salvador con los obispos. A los pocos días lo mataron. Cuando volví a ver a Casaldáliga, me dijo: 'Nunca le escribí aquella carta, pero te mando esta poesía'. Es el famoso poema sobre San Romero de América. Claro que es santo, Romero, porque ha cumplido todos los cánones y las normas de Dios. Aunque, al parecer, todavía no ha cumplido las normas de la Iglesia”.

Juan Pablo II tuvo “el funeral más grande de la historia”. Los grandes del mundo pasaron por la sede de Pedro. Los titulares decían: “2.500 personalidades”, “200 Jefes de Estado y de Gobierno”, “3.500 periodistas acreditados...”. (Tres presidentes del país más poderoso de la tierra lo acompañaron). Hubo miles de banderas; y pancartas que decían: ¡Santo subito!, Giovanni Paolo II il Grande. La homilía, hecha por su delfín y sucesor, fue interrumpida (“en 13 ocasiones”) con aplausos y una exigencia: “Santo, santo, santo”. El mismo día después de su muerte, su Secretario de Estado ya lo había postulado: “Juan Pablo II El Grande” (un calificativo reservado a los papas ya canonizados). Uno de los más prestigiosos historiadores de la Iglesia, Juan María Laboa, autor de “La historia de los Papas“, nos recuerda que los poquísimos Papas Magnos que hubo los hizo la historia. Declararlo Magno al día después de su muerte, me parece una insensatez”. Su jefe prensa, el Sr. J. Navarro-Valls, el apóstol de un nuevo carisma, el de la imagen de la Sede de Pedro, y miembro de la “Obra de Dios” (en latín Opus Dei), declaró, seguro de sí mismo, 15 días después de su muerte: “Yo veré a Juan Pablo II en los altares” (ABC domingo 17 de abril). Ni Jesús ni ningún profeta tuvieron tan rápido reconocimiento. El discípulo Wojtyla se mostraba como más grande que el Maestro; lo contrario que Juan el Bautista: “Es preciso que él crezca para que yo disminuya” (Jn 3,30).

Amós, un pastor y recolector de higos, no un profesional del culto, denunció, como Oseas y compañía, la idolatría del pueblo que se dice creyente pero que, en el fondo, es un mero consumidor de ritos vacíos, sin experiencias de fe. También la corrupción religiosa, social y política, con sus guiños y extrañas alianzas. Los grandes santuarios pueden estar llenos, pero la religión puede estar paganizada, denuncian. Un culto esplendoroso que encubre la injusticia social y que la tienda de David está en ruinas. De Miqueas salió el trillado “Y tu, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre las aldeas de Judá, pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo”. Todo lo opuesto a un monarca absoluto; un pastor laico de vestir normal para no marcar diferencias, no un profesional de lo religioso; y que exclamó ante la gran Jerusalén: “Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son enviados” (Mt 23,37-38).

Anda y repara mi casa que amenaza ruinas, escuchó Francisco de Asís. Oscar Romero escuchó la voz de la conciencia antes que ciertos consejos de la santa alianza, “la mayor alianza secreta de los tiempos modernos” (como diría Richard Allen, presidente del Consejo de Seguridad Nacional de Reagan). Alguien lo recordaba hace unos días, y con otras palabras así lo resumía: yo te ayudo a desmantelar el régimen de Polonia y tu me ayudas a desmantelar la teología de la liberación en América latina. Mientras monseñor Romero defendía con hechos que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 4,19) –esto, precisamente, se leía en las Iglesias cuando expiraba Juan Pablo II- otros compañeros de báculo y nuncios vaticanos miraban “con tortícolis” a Roma; y algunos quizá alternaban en cócteles sociales con dictadores que firmaban sin escrúpulos, incluso en nombre de Dios, encarcelamientos, torturas, incluso asesinatos de Estado. No olvidemos que ha sido posible conceder el Nobel de la Paz a quien alentó tantas guerras. Hablando de libertad de conciencia, el joven Ratzinger, en el 68, así se explicaba: "Aún por encima del Papa como expresión de lo vinculante de la autoridad eclesiástica, se halla la 'propia conciencia', a la que hay que obedecer la primera, si fuera necesario incluso en contra de lo que diga la autoridad eclesiástica" (El País, Cartas al Director, 27/05/05).

Frente a las 650 audiencias o encuentros privados del papa Wojtyla con Jefes de Estado, y 212 con primeros ministros, (así como con presidentes de multinacionales, con los más famosos de la tierra, o con parejas principescas para darles una bendición apostólica a su nuevo matrimonio canónico..., monseñor Romero, por ejemplo, recibiría a campesinos, clérigos o catequistas comprometidos, amenazados por unos gobernantes y familias pudientes que se declaraban católicos fervientes.

Una de las sorpresas de Benedicto XVI fue anunciar la primicia, ante un círculo de selectos, y en latín, del proceso de beatificación de Juan Pablo II “cuanto antes”. No lo hizo un día cualquiera, sino un día 13, festividad de la virgen de Fátima, el día del atentado del pistolero Alí Agca contra Juan Pablo II, quien visitó y perdonó públicamente a Agca. Juan Pablo II convirtió este atentado en la piedra angular de su pontificado: “fue la intercesión de la virgen de Fátima quien desvió la bala”. Él mismo discernió que el “hombre vestido de blanco que cae muerto” (tercer secreto de Fátima) era él; y no, por ejemplo, su predecesor, Albino Luciani, el papa revolucionario que se negó a ser coronado, el monarca que cedió el sitio al pastor.

Juan Pablo II se declaraba en deuda con el Concilio Vaticano II a la par que impulsaba un modelo de Iglesia que contradecía aquel deseo de aire fresco de Juan XXIII, el ¡reconstruir la casa! volviendo a las fuentes de la experiencia comunitaria de los Hechos de los Apóstoles, a “los rasgos más sencillos y puros” de la Iglesia naciente. Y asentó como modelo de Iglesia a los movimientos preconciliares, que la controlan, y basan su prestigio, y su supervivencia de casta, en el sentimiento de culpa del pueblo, menor de edad: No tengas más que dos años de edad, tres a lo sumo. Porque los niños mayores son unos pícaros que ya quieren engañar a sus padres con inverosímiles mentiras’ (Escrivá de Balaguer n. 868). “Roma propuso la pastoral de tipo espiritualista para frenar la garra de las comunidades de base y de la Teología de la Liberación” (Jon Sobrino). Esto mismo, anticipándose a Jesús, lo denunció Miqueas, hace 28 siglos.

Tras la elección de Benedicto XVI, Casaldáliga reivindicaba la dimensión profética de la Iglesia; y que “El Papa no debería ser Jefe de Estado de ningún modo (“su único estado es el de gracia, que es el que le corresponde”, suele decir). El Papa no puede ser un monarca absoluto, la Iglesia no puede ser una comisión de aristócratas espirituales...” (Declaraciones a la Cadena SER).

Y, puestos a imaginar, imaginemos que un día los medios nos sorprendieran con este titular: El Papa promulga una encíclica renunciando a todo status, títulos, honores y riturgias de Jefe de Estado; y a ser venerado y adulado como “Su Santidad”, o “Sumo Pontífice”. Para legitimar su decisión no tendría que indagar mucho, buscando textos de apoyo, en los fondos de la gran Biblioteca Vaticana: los evangelios y los escuetos textos de los profetas menores tienen todos los ingredientes a flor de piel.

El día que Benedicto XVI anunciaba la primicia de la apertura del proceso de beatificación de Juan Pablo II, el evangelio propio del día decía: “Simón, ¿me amas más que éstos? (por tres veces...). Jesús lo dijo para que Pedro comprendiera en qué forma iba a morir y dar gloria a Dios. Y añadió: «Sígueme»”.
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