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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Biblia

convertíos

convertíos

3 Tiempo Ordinario (A) Mateo 4, 12 – 23
LA PRIMERA PALABRA DE JESÚS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 23/01/08.- El evangelista Mateo cuida mucho el escenario en el que va a hacer Jesús su aparición pública. Se apaga la voz del Bautista y se empieza a escuchar la voz nueva de Jesús. Desaparece el paisaje seco y sombrío del desierto y ocupa el centro el verdor y la belleza de Galilea. Jesús abandona Nazaret y se desplaza a Cafarnaún a la ribera del lago. Todo sugiere la aparición de una vida nueva.

Mateo recuerda que estamos en la «Galilea de los gentiles». Ya sabe que Jesús ha predicado en las sinagogas judías de aquellas aldeas y no se ha movido entre paganos. Pero Galilea es cruce de caminos, Cafarnaún una ciudad abierta al mar. Desde aquí llegará la salvación a todos los pueblos.

De momento, la situación es trágica. Inspirándose en un texto del profeta Isaías, Mateo ve que «el pueblo habita en tinieblas». Sobre la tierra «hay sombras de muerte». Reina el caos, la injusticia y el mal. La vida no puede crecer. Las cosas no son como las quiere Dios. Aquí no reina el Padre.

Sin embargo, en medio de las tinieblas, el pueblo va a empezar a ver «una luz grande». Entre las sombras de muerte, «empieza a brillar una luz». Eso es siempre Jesús: una luz grande que brilla en el mundo.

Según Mateo, Jesús comenzó su predicación con esta palabra: «Convertíos». Esta es su primera palabra. Es la hora de la conversión. Hay que abrirse al reino de Dios. No quedarse «sentados en las tinieblas», sino «caminar en la luz».

Dentro de la Iglesia hay una «gran luz». Es Jesús. En él se nos revela Dios. No lo hemos de ocultar con nuestro protagonismo. No lo hemos de suplantar con nada. No lo hemos de convertir en doctrina teórica, en teología fría o en palabra aburrida. Si la luz de Jesús se apaga, los cristianos nos convertiremos en lo que tanto temía Jesús: «unos ciegos tratando de guiar a otros ciegos».

Por eso, también hoy ésa es la primera palabra que tenemos que escuchar de Jesús en la Iglesia: «Convertíos». Recuperad vuestra identidad cristiana. Volved a vuestras raíces. Ayudad a la Iglesia a pasar a una nueva etapa de cristianismo más fiel a Jesús. Vivid con nueva conciencia de seguidores. Poneos al servicio del reino de Dios. Pedid para la Iglesia un «corazón nuevo». (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

dejarse

dejarse

2 Tiempo Ordinario (A) Juan 1, 29 – 34
DEJARNOS BAUTIZAR POR EL ESPÍRITU
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 16/01/08.- Los evangelistas se esfuerzan por diferenciar bien el bautismo de Jesús del bautismo de Juan. No hay que confundirlos. El bautismo de Jesús no consiste en sumergir a sus seguidores en las aguas de un río. Jesús sumerge a los suyos en el Espíritu Santo.

El evangelio de Juan lo dice de manera clara. Jesús posee la plenitud del Espíritu de Dios y, por eso, puede comunicar a los suyos de esa plenitud. La gran novedad de Jesús consiste en que Jesús es «el Hijo de Dios» que puede «bautizar con Espíritu Santo».

Este bautismo de Jesús no es un baño externo, parecido al que algunos han podido conocer tal vez en las aguas del Jordán. Es un «baño interior». La metáfora sugiere que Jesús comunica su Espíritu para penetrar, empapar y transformar el corazón de la persona.

El Espíritu Santo es considerado por los evangelistas como «Espíritu de vida». Por eso, dejarnos bautizar por Jesús significa acoger su Espíritu como fuente de vida nueva. Su Espíritu puede potenciar en nosotros una relación más vital con él. Nos puede llevar a un nuevo nivel de existencia cristiana, a una nueva etapa de cristianismo más fiel a Jesús.

El Espíritu de Jesús es «Espíritu de verdad». Dejarnos bautizar por él es poner verdad en nuestro cristianismo. No dejarnos engañar por falsas seguridades. Recuperar una y otra vez nuestra identidad irrenunciable de seguidores de Jesús. Abandonar caminos que nos desvían del evangelio.

El Espíritu de Jesús es «Espíritu de amor», capaz de liberarnos de la cobardía y del egoísmo de vivir pensando sólo en nuestros intereses y nuestro bienestar. Dejarnos bautizar por él es abrirnos al amor solidario, gratuito y compasivo.

El Espíritu de Jesús es «Espíritu de conversión» a Dios. Dejarnos bautizar por Jesús significa dejarnos transformar lentamente por él. Aprender a vivir con sus criterios, sus actitudes, su corazón y su sensibilidad hacia todo lo que deshumaniza a los hijos e hijas de Dios.

El Espíritu de Jesús es «Espíritu de renovación». Dejarnos bautizar por él es dejarnos atraer por su novedad creadora. Él puede despertar lo mejor que hay en la Iglesia y darle un «corazón nuevo», con mayor capacidad de ser fiel al evangelio. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

vivir curando

vivir curando

El Bautismo del Señor (A) Mateo 3, 13 - 17
EL ESPÍRITU BUENO DE DIOS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 08/01/08.- Jesús no es un hombre vacío ni disperso interiormente. No actúa por aquellas aldeas de Galilea de manera arbitraria ni movido por diferentes intereses. Los evangelios dejan claro desde el principio que Jesús vive y actúa movido por «el Espíritu de Dios».

No quieren que se le confunda con cualquier «maestro de la ley», preocupado por introducir más orden en el comportamiento de Israel. No quiere que se le identifique con un profeta falso, dispuesto a buscar un equilibrio entre la religión del templo y el poder de Roma.

El evangelista Mateo quiere, además, que nadie lo equipare con el Bautista. Que nadie lo vea como un simple discípulo y colaborador de aquel gran profeta del desierto. Jesús es «el Hijo amado» de Dios. Sobre él «desciende» el Espíritu de Dios. Sólo él puede «bautizar» con Espíritu Santo y con fuego.

Según toda la tradición bíblica, el «Espíritu de Dios» es el aliento de Dios que crea, envuelve y sostiene la vida entera. La fuerza que Dios posee para renovar y transformar a los vivientes. Su energía amorosa que busca siempre lo mejor para sus hijos e hijas.

Por eso, Jesús se siente enviado, no a condenar, destruir o maldecir, sino a curar, construir y bendecir. El Espíritu de Dios lo conduce a potenciar y mejorar la vida. Lleno de ese «Espíritu» bueno de Dios, se dedica a liberar de «espíritus malignos», que no hacen sino dañar, esclavizar y deshumanizar.

Las primeras generaciones cristianas tenían muy claro lo que había sido Jesús. Así resumían el recuerdo que dejó grabado en sus seguidores: «Ungido por Dios con el Espíritu Santo…, pasó la vida haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».

¿Qué «espíritu» nos anima hoy a los seguidores de Jesús? ¿Cuál es la «pasión» que mueve a la Iglesia? ¿Cuál es la «mística» que hace vivir y actuar a nuestras comunidades? ¿Qué estamos poniendo en el mundo? Si el Espíritu de Jesús está en nosotros, viviremos «curando» a tantos oprimidos, deprimidos, reprimidos y hasta suprimidos por el mal. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


adorar

adorar

Epifanía del Señor (A) Mateo 2, 1 – 12
¿A QUIÉN ADORAMOS?
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 02/01/08.- Los magos vienen del «Oriente», un lugar que evoca en los judíos la patria de la astrología y de otras ciencias extrañas. Son paganos. No conocen las Escrituras Sagradas de Israel, pero sí el lenguaje de las estrellas. Buscan la verdad y se ponen en marcha para descubrirla. Se dejan guiar por el misterio, sienten necesidad de «adorar».

Su presencia provoca un sobresalto en todo Jerusalén. Los magos han visto brillar una estrella nueva que les hace pensar que ya ha nacido «el rey de los judíos» y vienen a «adorarlo». Este rey no es Augusto. Tampoco Herodes. ¿Dónde está? Ésta es su pregunta

Herodes se «sobresalta». La noticia no le produce alegría alguna. Él es quien ha sido designado por Roma «rey de los judíos». Hay que acabar con el recién nacido: ¿dónde está ese rival extraño? Los «sumos sacerdotes y letrados» conocen las Escrituras y saben que ha de nacer en Belén, pero no se interesan por el niño ni se ponen en marcha para adorarlo.

Esto es lo que encontrará Jesús a lo largo de su vida: hostilidad y rechazo en los representantes del poder político; indiferencia y resistencia en los dirigentes religiosos. Sólo quienes buscan el reino de Dios y su justicia lo acogerán.

Los magos prosiguen su larga búsqueda. A veces, la estrella que los guía desaparece dejándolos en la incertidumbre. Otras veces, brilla de nuevo llenándolos de «inmensa alegría». Por fin se encuentran con el Niño, y «cayendo de rodillas, lo adoran». Después, ponen a su servicio las riquezas que tienen y los tesoros más valiosos que poseen. Este Niño puede contar con ellos pues lo reconocen como su Rey y Señor.

En su aparente ingenuidad, este relato nos plantea preguntas decisivas: ¿ante quién nos arrodillamos nosotros?, ¿cómo se llama el «dios» que adoramos en el fondo de nuestro ser? Nos decimos cristianos, pero ¿vivimos adorando al Niño de Belén?, ¿ponemos a sus pies nuestras riquezas y nuestro bienestar?, ¿estamos dispuestos a escuchar su llamada a entrar en el reino de Dios y su justicia? En nuestras vidas siempre hay alguna estrella que nos guía hacia Belén. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


los tres

los tres

La Sagrada Familia (A) Mateo 2, 13 – 15. 19 - 23
HIJO DE EMIGRANTES
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 26/12/07.- De ordinario los cristianos imaginamos a María y José disfrutando en su casita de Nazaret de su hijo Jesús en un clima de paz y felicidad envidiables. No es ésta la imagen que nos ofrece el evangelista Mateo de la «sagrada familia». Su sombrío relato de los primeros años de Jesús rompe toda la «poesía» que nosotros le ponemos a la Navidad.

Según Mateo, la familia de Jesús no ha podido vivir tranquila. Herodes quiere acabar con el niño para que no le arrebate un día su poder. José tiene que actuar con rapidez. El peligro es inminente. Coge al niño y a su madre «de noche», y, sin esperar un nuevo amanecer, «huye a Egipto».

La ruta es dura y peligrosa. María y José recuerdan las penalidades sufridas por su pueblo en aquel mismo desierto. Ahora las están reviviendo con su hijo Jesús. Los tres buscan asilo en un país extraño, lejos de su tierra y de los suyos. Todo es incertidumbre e inseguridad. No saben cuándo podrán volver. Ya se les avisará.

Muerto Herodes, la familia respira y emprende el viaje hacia su hogar. Pero en Judea «reina Arquelao» un hombre conocido, según Flavio Josefo, por su crueldad y tiranía. José «siente miedo». No es un lugar seguro para Jesús. Se desplazarán a Galilea y se establecerán en Nazaret, una aldea perdida entre montañas, que de momento parece un lugar menos peligroso.

Así vive la «sagrada familia»: defendiendo a su hijo para que pueda sobrevivir, emigrando de un lugar a otro en busca de pan y trabajo, sin hogar seguro en medio de una tierra dominada por «reyes» poderosos como Herodes o Arquelao.

Ésta es la gran noticia de la Navidad. Dios no ha nacido para que los privilegiados de la tierra lo celebremos con cenas abundantes y regalos superfluos. Ha nacido para compartir nuestra vida, poniendo esperanza en quienes no pueden esperar gran cosa de nadie si no es de Dios.

Según el evangelio de Mateo, Dios se ha hecho hijo de emigrantes. Desde niño ha vivido amenazado, como tantos niños y niñas, amenazados hoy por el hambre, la miseria, las guerras y los abusos. El Dios de Belén es de ellos, antes que de nadie. Que nadie pretenda apropiarse de este Dios olvidando a sus hijos e hijas más pequeños. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


el nombre

el nombre

4 Adviento (A) Mateo 1, 18 - 24
EL NOMBRE DE JESÚS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 19/12/07.- Entre los hebreos no se le ponía a las personas un nombre cualquiera de forma arbitraria, pues el «nombre», como en casi todas las culturas antiguas, indica el ser de la persona, su verdadera identidad, lo que se espera de ella.

Por eso el evangelista Mateo tiene tanto interés en explicar desde el comienzo a sus lectores el significado profundo del nombre de ese personaje del que va a hablar a lo largo de todo su evangelio. El «nombre» de ese niño que todavía no ha nacido es «Jesús», que significa «Dios salva». Se llamará así porque «salvará a su pueblo de los pecados».

En el año 70 Vespasiano, designado como nuevo emperador mientras estaba sofocando la rebelión judía, marcha hacia Roma donde es recibido y aclamado con dos nombres: «salvador» y «benefactor». El evangelista Mateo quiere dejar las cosas claras. El «salvador» que necesita el mundo no es Vespasiano sino Jesús.

La salvación no nos llegará de ningún emperador ni de ninguna victoria de un pueblo sobre otro. La humanidad necesita ser salvada del mal, de las injusticias y la violencia, necesita ser perdonada y reorientada hacia una vida más digna del ser humano. Esta es la salvación que se nos ofrece en Jesús.

Mateo le asigna además otro nombre: «Emmanuel». Sabe que Jesús no ha sido llamado así históricamente. Es un nombre chocante, absolutamente nuevo, que significa «Dios-con-nosotros». Un nombre que sólo le atribuimos a Jesús los que creemos que, en él y desde él, Dios nos acompaña, nos bendice y nos salva.

Las primeras generaciones cristianas llevaban el nombre de Jesús grabado en su corazón. Lo repiten una y otra vez. Se bautizan en su nombre, se reúnen a orar en su nombre. Para Mateo, es una síntesis afectiva de su fe. Para Pablo, nada hay más grande. Según uno de los primeros himnos cristianos, «ante el nombre de Jesús se ha de doblar toda rodilla».

Después de veinte siglos, hemos de aprender a pronunciar el nombre de Jesús de manera nueva. Con cariño y amor, con fe renovada, en actitud de conversión. Con su nombre en nuestros labios y en nuestro corazón podemos vivir y morir con esperanza. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

con ellas

con ellas

DANZANDO CON LAS MATRIARCAS
MAGDALENA BENNASAR, Espiritualidad Integradora
LOGROÑO (LA RIOJA).

ECLESALIA, 13/12/07.- Si dejas que las lecturas de Isaías de este tercer domingo de Adviento resuenen dentro de ti, como la música, tal vez sentirás que tu cuerpo y tu alma se mecen y empiezas una danza. La danza de la espera confiada y segura, a pesar de las espesuras del momento, la danza de nuestras matriarcas Noemí y Rut retornando a Belén después de hondas perdidas y en la mas absoluta de las indigencias: mujeres, viudas, una mayor, la otra extranjera, es decir, con otro dios... Danza en la que debieron inspirarse las gestantes Isabel y María.

Dios elige dos mujeres, una estéril, la otra casi niña, en una cultura patriarcal hasta la saciedad. Y Dios, con el ángel danza con ellas y llena su “rahúm”sus entrañas de la gracia de la vida de Dios, y los niños danzan en sus senos y empiezan así a preparar el reino, la gozada de Jesús, la fuerza de lo débil, la energía de Dios en las indigentes, estériles... dejando mudo al sacerdote y con él al templo.

Isabel, la estéril inicia el nuevo testamento y es fecundada con la plenitud de lo que esperamos también nosotras hoy, y María acoge y recibe porque su “rahúm” sus entrañas están abiertas al Dios de Sara, de Noemí, de Judit, de Rut, de Raquel...

¿Que tendrá el Adviento que nos gusta tanto a las mujeres? Pues creo que son las paginas mas integradoras de todo el ser de la mujer en la Escritura, y nos identificamos en casi todo.

Para mí empezó en Galilea, pueblo de la Rioja, el primer domingo de Adviento. Éramos un grupo de Mujeres y Teología de Logroño. Escuchamos los textos del día con el lado derecho (lo femenino) del cerebro, y algo empezó a gestarse en nosotras. El silencio, el compartir, el compromiso fue fecundo, arriesgado (indagar porque no se le paga un sueldo a una mujer que trabaja en la misma plaza que un varón, al, cura, le pagaban a ella no) proveniente de mujeres que estamos en la vida, en la Galilea real día a día desde nuestras profesiones: médicos, enfermeras, concejala, trabajadoras sociales, teólogas...

Terminábamos el día danzando la danza de las matriarcas, nuestras manos entrelazadas y la seguridad de que estamos gestando la vida.

Y siguió el segundo domingo de Adviento, tuvimos la suerte de ofrecer un retiro al que asistimos doce mujeres, y danzamos de la mano de las gestantes Isabel y María y Rut y Noemí dirigieron nuestras meditaciones, en el silencio de nuestros corazones indigentes, de nuestras bocas silenciadas en el templo, de nuestras manos llamadas a consagrar, por Bautismo, la vida, la historia, el presente.

La Buena Noticia es que Dios elige una mujer para tomar carne en la historia concreta de la humanidad. Dios sigue eligiendo la mujer para tomar carne, rostro en la historia hoy. Tenemos que validar nuestra intuición, nuestra inteligencia emocional y dejarnos “afianzar las rodillas vacilantes” (Is 35,3) para que no solo no temblemos ante tantas fuerzas devastadoras sino que fortalezcamos nuestras rodillas danzando con las matriarcas de antes y de ahora. Y que como dice Jesús en el evangelio de este domingo, vayamos a contar a Juan (bastante lado izquierdo del cerebro) lo que estáis viendo y oyendo: las ciegas ven, las cojas andan, las leprosas quedan limpias, las sordas oyen, las muertas resucitan, y a las pobres se les anuncia la buena noticia.

Esto es una gozada, con razón que a este tercer domingo de Adviento se le llama del gozo. Pero para que no se quede en el templo, tenemos que ir a nuestras amigas que cojean y a las que ven poco, y a las que prefieren no oír, y a las alejadas por impuras, y a las que prefieren no vivir esas experiencias, y a todas las que no cuentan, las “anawim”, tenemos que ir donde ellas están e invitarlas a la danza de las matriarcas.

¿Te sumas al corro o eres demasiado seria o serio para todo eso? Tal vez Navidad pase de largo si no relajamos el ceño y las manos y los pies, y sobre todo el corazón aunque no sepamos danzar y nos pisemos y nos riamos y nos abracemos en esa alegría de esperar al Amado danzando. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


las obras

las obras

3 Adviento (A) Mateo 11, 2 - 11
IDENTIDAD DE CRISTO
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 12/12/07.- Hasta la prisión de Maqueronte donde está encerrado por Antipas, le llegan al Bautista noticias de Jesús. Lo que oye lo deja desconcertado. No responde a sus expectativas. El espera un Mesías que se imponga con la fuerza terrible del juicio de Dios, salvando a quienes han acogido su bautismo y condenando a quienes lo han rechazado. ¿Quién es Jesús?

Para salir de dudas, el Bautista encarga a dos discípulos que pregunten a Jesús sobre su verdadera identidad: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». La pregunta era decisiva en los primeros momentos del cristianismo.

La respuesta de Jesús no es teórica, sino muy concreta y precisa: comunicarle a Juan «lo que estáis viendo y oyendo». Le preguntan por su identidad, y Jesús les responde con su actuación curadora al servicio de los enfermos, los pobres y desgraciados que encuentra por las aldeas de Galilea, sin recursos ni esperanza para una vida mejor: «los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia».

Para conocer a Jesús, lo mejor es ver a quiénes se acerca y a qué se dedica. Para captar bien su identidad, no basta confesar teóricamente que es el Mesías, Hijo de Dios. Es necesario sintonizar con su modo de ser Mesías, que no es otro sino aliviar el sufrimiento, curar la vida y abrir un horizonte de esperanza a los pobres.

Jesús sabe que su respuesta puede decepcionar a quienes sueñan con un Mesías poderoso, juez y condenador de los humanos. Por eso añade: «Dichoso el que no se sienta defraudado por mí». Que nadie espere otro Mesías que realice otro tipo de «obras»; que nadie invente otro Cristo más a su gusto, pues el Hijo ha sido enviado para hacer la vida más digna y dichosa para todos hasta alcanzar su plenitud en la fiesta final del Padre.

¿A qué Mesías seguimos hoy los cristianos? ¿Nos dedicamos a hacer «las obras» que hacía Jesús? Y si no las hacemos, ¿qué estamos haciendo en medio del mundo? ¿Qué está «viendo y oyendo» la gente en la Iglesia de Jesús? ¿Qué ve en nuestras vidas? ¿Qué oye en nuestras palabras? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).