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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Biblia

se carga

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Domingo de Ramos (A) Mateo 26,14 ― 27,66
CARGAR CON LA CRUZ
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 12/03/08.- Lo que nos hace cristianos es seguir a Jesús. Nada más. Este seguimiento a Jesús no es algo teórico o abstracto. Significa seguir sus pasos, comprometernos como él a «humanizar la vida», y vivir así contribuyendo a que, poco a poco, se vaya haciendo realidad su proyecto de un mundo donde reine Dios y su justicia.

Esto quiere decir que los seguidores de Jesús estamos llamados a poner verdad donde hay mentira, a introducir justicia donde hay abusos y crueldad con los más débiles, a reclamar compasión donde hay indiferencia y pasividad ante los que sufren. Y esto exige construir comunidades donde se viva con el proyecto de Jesús, con su espíritu y sus actitudes.

Seguir así a Jesús trae consigo, más tarde o más temprano, conflictos, problemas y sufrimiento. Hay que estar dispuesto a cargar con las reacciones y resistencias de quienes, por una razón u otra, no buscan un mundo más humano, tal como lo quiere ese Dios revelado en Jesús. Quieren otra cosa.

Los evangelios han conservado una llamada realista de Jesús a sus seguidores. Lo escandaloso de la imagen sólo puede provenir de él: «Si alguno quiere venir detrás de mí… cargue sobre las espaldas su cruz y sígame». Jesús no los engaña. Si le siguen de verdad, tendrán que compartir su destino. Terminarán como él. Esa será la mejor prueba de que su seguimiento es fiel.

Seguir a Jesús es una tarea apasionante: es difícil imaginar una vida más digna y noble. Pero tiene un precio. Para seguir a Jesús, es importante «hacer»: hacer un mundo más justo y más humano; hacer una Iglesia más fiel a Jesús y más coherente con el evangelio. Sin embargo, es tan importante o más «padecer»: padecer por un mundo más digno; padecer por una Iglesia más evangélica.

Al final de su vida, el teólogo K. Rahner escribió así: «Creo que ser cristiano es la tarea más sencilla, la más simple y, a la vez, aquella pesada «carga ligera» de que habla el evangelio. Cuando uno carga con ella, ella carga con uno, y cuanto más tiempo viva uno, tanto más pesada y más ligera llegará a ser. Al final sólo queda el misterio. Pero es el misterio de Jesús». (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

no congelar

no congelar

DONES CONGELADOS
Lc 19, 11-28
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@wanadoo.es
MADRID.

ECLESALIA, 07/03/08.- Onzas, monedas de plata, talentos... en la parábola se nos cuenta que aquel hombre noble puso en manos de diez empleados suyos algo que le pertenecía, en la confianza de que le sería devuelto con ganancia a su vuelta.

El día que Dios nos pensó... depositó en cada ser humano dones que le harían único sin que eso le diferenciara de sus hermanos. La especialidad del don habría de ser demostrada en la entrega del mismo y el beneficio se obtendría poniéndolo al servicio de los demás.

Aquel mismo día en que Dios siguió pensándonos... vio que podría haber un riesgo que echaría a perder los dones que pensaba distribuir: el miedo. Pero confió en que la inteligencia y la libertad nos harían ver claro el camino en la utilización de los dones.

Cada época tiene su propia epidemia y la que vivimos no iba a ser menos. Cuando nuestra sociedad sea objeto de estudio por historiadores y sociólogos de tiempos futuros concretarán cual fue la pandemia que asoló en nuestros días. Hablarán del SIDA y del cáncer, por supuesto. Pero, a mi modesto entender, ya que como ser humano de este tiempo vivo en el epicentro y es posible que me falte perspectiva, creo que habrán de concretar que el miedo fue la principal lacra para una feliz evolución y crecimiento individual y social. Y es triste porque con el potencial humano de los dones recibidos, esto debería ser el jardín del Edén.

¿Qué nos está sucediendo? Creo que hemos congelados los dones... Sí, los hemos congelado porque como son bienes perecederos y, si no se cultivan y se ponen al servicio de los demás se echan a perder, los hemos metido en el congelador, no vaya a ser que cuando nos pida cuentas el que nos los regaló, no podamos presentarle nada.

¡Ánimo!... Descubramos los dones de forma individual y comunitaria. No nos dejemos atorar por el miedo que incapacita y destruye. Si te sabes sanador, sana. Si lo tuyo es la escucha, hazlo. Si sabes hacer ricos bizcochos, invita a merendar. Si el deporte es lo tuyo, juega... no compitas a muerte. Si es la oración, ora y compártela con los demás. Si tienes el don de liderar o animar grupos humanos (empresas, comunidades religiosas, parroquias, etc.) mira a las personas con amor, más allá de los beneficios, las denominaciones, la utilización o la productividad. Si eres profeta, sé humilde, pero habla. Si eres místico, contempla, pero no te olvides que hay que comprar el pan. En fin, si eres hijo e hija de Dios -que lo eres- no pongas tus dones a congelar. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

están vivos

están vivos

5 Cuaresma (A) Juan 11, 1 – 45
¡EN LOS SEPULCROS HAY VIDA!
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 05/03/08.- El adiós definitivo a un ser muy querido nos hunde inevitablemente en el dolor, la impotencia y la falta de sentido. Es como si la vida entera quedara destruida. No hay palabras ni argumentos que nos puedan consolar. ¿En qué se puede esperar?

El relato de Juan no tiene sólo como objetivo narrar la resurrección de Lázaro, sino, sobre todo, despertar la fe, no para que creamos en la resurrección como un hecho lejano que ocurrirá al fin del mundo, sino para que «veamos» desde ahora que Dios está infundiendo vida a los que nosotros hemos enterrado.

Jesús llega «sollozando» hasta el sepulcro de su amigo Lázaro. El evangelista dice que «está cubierto con una losa». Esa losa nos cierra el paso. No sabemos nada de nuestros amigos muertos. Una losa separa el mundo de los vivos y de los muertos. Sólo nos queda esperar el día final para ver si sucede algo.

Esta es la fe judía de Marta: «Sé que mi hermano resucitará en la resurrección del último día». A Jesús no le basta. «Quitad la losa». Vamos a ver qué es lo que sucede con el que habéis enterrado. Marta pide a Jesús que sea realista. El muerto ha empezado a descomponerse y «huele mal». Jesús le responde: «Si crees, verás la gloria de Dios». Si en Marta se despierta la fe, podrá «ver» que Dios está dando vida a su hermano.

«Quitan la losa» y Jesús «levanta los ojos a lo alto» invitando a todos a elevar la mirada hasta Dios antes de penetrar con fe en el misterio de la muerte. Ha dejado de sollozar. «Da gracias» al Padre porque «siempre lo escucha». Lo que quiere es que los que lo rodean «crean» que es el Enviado por el Padre para introducir en el mundo una nueva esperanza.

Luego «grita con voz potente: Lázaro, sal fuera». Quiere que salga para mostrar a todos que está vivo. La escena es impactante. Lázaro tiene «los pies y las manos atados con vendas» y «la cara envuelta en un sudario». Lleva los signos y ataduras de la muerte. Sin embargo, «el muerto sale» por sí mismo. ¡Está vivo!

Esta es la fe de quienes creemos en Jesús: los que nosotros enterramos y abandonamos en la muerte viven. Dios no los ha abandonado. Apartemos la losa con fe. ¡Nuestros muertos están vivos! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

siglo veintiuno

siglo veintiuno

4 Cuaresma (A), Juan 9, 1 – 41
JESÚS ES PARA EXCLUIDOS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 20/02/08.- Es «ciego de nacimiento». No sabe lo que es la luz. Nunca la ha conocido. Ni él ni sus padres tienen la culpa, pero allí está él, sentado, pidiendo limosna. Su destino es vivir en tinieblas.

Un día, al pasar Jesús por allí, ve al ciego. El evangelista dice que Jesús es nada menos que la «Luz del mundo». Tal vez recuerda las palabras del viejo profeta Isaías asegurando que un día llegaría a Israel alguien que «gritaría a los cautivos: ¡salid! y a los que están en tinieblas: ¡venid a la luz!».

Jesús trabaja los ojos del pobre ciego con barro y saliva para infundirle su fuerza vital. La curación no es automática. También el ciego ha de colaborar. Hace lo que Jesús le indica: se lava los ojos, limpia su mirada y comienza a ver.

Cuando la gente le pregunta quien lo ha curado, no sabe cómo contestar. Ha sido «un hombre llamado Jesús». No sabe decir más. Tampoco sabe dónde está. Sólo sabe que, gracias a este hombre, puede vivir la vida de manera completamente nueva. Esto es lo importante.

Cuando los fariseos y entendidos en religión le acosan con sus preguntas, el hombre contesta con toda sencillez: pienso que «es un profeta». No lo sabe muy bien, pero alguien capaz de abrir los ojos tiene que venir de Dios. Entonces los fariseos se enfurecen, lo insultan y lo «expulsan» de su comunidad religiosa.

La reacción de Jesús es conmovedora. «Cuando se enteró de que lo habían echado fuera, fue a buscarlo». Así es Jesús. No lo hemos de olvidar nunca: el que viene al encuentro de los hombres y mujeres que se sienten echados de la religión. Jesús no abandona a quien lo busca y lo ama, aunque sea excluido de su comunidad religiosa.

El diálogo es breve: «¿Crees tú en el Hijo del Hombre?» Él está dispuesto a creer. Su corazón ya es creyente, pero lo ignora todo: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?». Jesús le dice: no está lejos de ti. «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es». Según el evangelista, esta historia sucedió en Jerusalén hacia el año treinta, y sigue ocurriendo hoy entre nosotros en el siglo veintiuno. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


a las mujeres

a las mujeres

3 Cuaresma (A) Juan 4, 5 – 42
DIÁLOGO MÁS HUMANO
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 20/02/08.- La escena es cautivadora. Llega Jesús a la pequeña aldea de Sicar. Está «cansado del camino». Su vida es un continuo caminar y recorrer los pueblos anunciando ese mundo mejor que Dios quiere para todos. Necesita descansar y se queda «sentado junto al manantial de Jacob».

Pronto llega una mujer desconocida y sin nombre. Es samaritana y viene a apagar su sed en el pozo del manantial. Con toda espontaneidad Jesús inicia el diálogo: «Dame de beber».

¿Cómo se atreve a entrar en contacto con alguien que pertenece a un pueblo impuro y despreciable como el samaritano? ¿Cómo se rebaja a pedir agua a una mujer desconocida? Aquello va contra todo lo imaginable en Israel. Jesús se presenta como un ser necesitado. Necesita beber y busca ayuda y acogida en el corazón de aquella mujer. Hay un lenguaje que entendemos todos porque todos sabemos algo de cansancio, soledad, sed de felicidad, miedo, tristeza o enfermedad grave.

Las necesidades básicas nos unen y nos invitan a ayudarnos, echando por tierra nuestras diferencias. La mujer se sorprende porque Jesús no habla con la superioridad propia de los judíos frente a los samaritanos, ni con la arrogancia de los varones hacia las mujeres.

Entre Jesús y la mujer se ha creado un clima nuevo, más humano y real. Jesús le expresa su deseo íntimo: «Si conocieras el don de Dios», si supieras que Dios es un regalo, que se ofrece a todos como amor salvador… Pero la mujer no conoce nada gratuito. El agua la tiene que extraer del pozo con esfuerzo. El amor de sus maridos se ha ido apagando, uno después de otro.

Cuando oye hablar a Jesús de un «agua» que calma la sed para siempre, de un «manantial» interior, que «salta» con fuerza dando fecundidad y vida eterna, en la mujer se despierta el anhelo de vida plena que nos habita a todos: «Señor dame de beber».

De Dios se puede hablar con cualquiera si nos miramos como seres necesitados, si compartimos nuestra sed de felicidad superando nuestras diferencias, si profetas y dirigentes religiosos piden de beber a las mujeres, si descubrimos entre todos que Dios es Amor y sólo Amor. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

tocar

tocar

2 Cuaresma (A) Mateo 17, 1 – 9
ESCUCHAR SÓLO A JESÚS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 13/02/08.- Jesús toma consigo a sus discípulos más íntimos y los lleva a una «montaña alta». No es la montaña a la que le ha llevado el tentador para ofrecerle el poder y la gloria de «todos los reinos del mundo». Es la montaña en la que sus más íntimos van a poder descubrir el camino que lleva a la gloria de la resurrección.

El rostro transfigurado de Jesús «resplandece como el sol» y manifiesta en qué consiste su verdadera gloria. No proviene del diablo sino de Dios su Padre. No se alcanza por los caminos satánicos del poder mundano, sino por el camino paciente del servicio oculto, el sufrimiento y la crucifixión.

Junto a Jesús aparecen Moisés y Elías. No tienen el rostro resplandeciente, sino apagado. No se ponen a enseñar a los discípulos, sino que «conversan con Jesús». La ley y los profetas están orientados y subordinados a él.

Pedro, sin embargo, no logra intuir el carácter único de Jesús: «Si quieres haré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Coloca a Jesús en el mismo plano que a Moisés y Elías. A cada uno su choza. No sabe que a Jesús no hay que equipararlo con nadie.

Es Dios mismo quien hace callar a Pedro. «Todavía estaba hablando» cuando, entre luces y sombras, oyen su voz misteriosa: «Este es mi Hijo amado», el que tiene el rostro glorificado por la resurrección. «Escuchadlo a él». A nadie más. Mi Hijo es el único legislador, maestro y profeta. No lo confundáis con nadie.

Los discípulos caen por los suelos «llenos de espanto». Les da miedo «escuchar sólo a Jesús» y seguir su camino humilde de servicio al reino hasta la cruz. Es el mismo Jesús quién los libera de sus temores. «Se acercó» a ellos, como sólo él sabía hacerlo; «los tocó», como tocaba a los enfermos, y les dijo: «Levantaos, no tengáis miedo» de escucharme y de seguirme sólo a mí.

También a los cristianos de hoy nos da miedo escuchar sólo a Jesús. No nos atrevemos a ponerlo de verdad en el centro de nuestras vidas y comunidades. No le dejamos ser la única y decisiva Palabra. Es el mismo Jesús quien nos puede liberar de tantos miedos, cobardías y ambigüedades, si le dejamos acercarse a nosotros y dejarnos tocar por él. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

dignidades

dignidades

1 Cuaresma (A) Mateo 4, 1 – 11
VÉTE, SATANÁS
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 06/02/08.- La primera tentación acontece en el «desierto». Después de un largo ayuno dedicado al encuentro con Dios, Jesús siente hambre. Es entonces cuando el tentador le sugiere actuar pensando en sí mismo olvidando el proyecto de Dios: «Si eres Hijo de Dios di que estas piedras se conviertan en pan». Jesús, desfallecido pero lleno del Espíritu de Dios, reacciona: «No sólo de pan vive el hombre sino de toda palabra que sale de Dios». No vivirá buscando su propio interés. No será un Mesías egoísta. Multiplicará panes cuando vea pasar hambre a los pobres. Él se alimentará de la Palabra viva de Dios.

Siempre que la Iglesia busca su propio interés olvidando el proyecto del reino de Dios, se desvía de Jesús. Siempre que los cristianos anteponemos nuestro bienestar a las necesidades de los últimos, nos alejamos de Jesús.

La segunda tentación se produce en el «templo». El tentador propone a Jesús hacer su entrada triunfal en la ciudad santa, descendiendo de lo alto como Mesías glorioso. La protección de Dios está asegurada. Sus ángeles «cuidarán» de él. Jesús reacciona rápido: «No tentarás al Señor tu Dios». No será un Mesías triunfador. No pondrá a Dios al servicio de su gloria. No hará «señales del cielo». Sólo signos para curar enfermos.

Siempre que la Iglesia pone a Dios al servicio de su propia gloria y «desciende de lo alto» para mostrar su propia dignidad, se desvía de Jesús. Cuando los seguidores de Jesús buscamos «quedar bien» más que «hacer el bien» nos alejamos de él.

La tercera tentación sucede en una «montaña altísima». Desde ella se divisan todos los reinos del mundo. Todos están controlados por Satanás, que hace a Jesús una oferta asombrosa: le dará todo el poder del mundo. Sólo una condición: «si te postras y me adoras». Jesús reacciona violentamente: «Vete, Satanás». «Sólo al Señor tu Dios adorarás». Dios no lo llama a dominar el mundo como el emperador de Roma, sino a servir a quienes viven oprimidos. No será un Mesías dominador sino servidor. El reino de Dios no se impone con poder, se ofrece con amor.

La Iglesia tiene que ahuyentar hoy todas las tentaciones de poder, gloria o dominación, gritando con Jesús «Vete, Satanás». El poder mundano es una oferta diabólica. Cuando los cristianos lo buscamos nos alejamos de Jesús. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

dichosa

dichosa

4 Tiempo Ordinario (A) Mateo 5, 1 – 12a
ESCUCHAR DE CERCA
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 30/01/08.- Cuando Jesús sube a la montaña y se sienta para anunciar las bienaventuranzas, hay un gentío en aquel entorno, pero sólo «los discípulos se acercan» a él para escuchar mejor su mensaje. ¿Qué escuchamos hoy los discípulos de Jesús si nos acercamos a Jesús?

Dichosos «los pobres de espíritu», los que saben vivir con poco, confiando siempre en Dios. Dichosa una Iglesia con alma de pobre porque tendrá menos problemas, estará más atenta a los necesitados y vivirá el evangelio con más libertad. De ella es el reino de los cielos.

Dichosos «los sufridos» que vacían su corazón de resentimiento y agresividad. Dichosa una Iglesia llena de mansedumbre. Será un regalo para este mundo lleno de violencia. Ella heredará la tierra prometida.

Dichosos «los que lloran» por sus pecados y sufrimientos. Con ellos se puede crear un mundo mejor y más digno. Dichosa una Iglesia que llora sus errores porque caminará hacia su conversión. Un día será consolada por Dios.

Dichosos «los que tienen hambre y sed de justicia», los que no han perdido el deseo de ser más justos ni el afán de hacer un mundo más digno. Dichosa la Iglesia que busca con pasión el reino de Dios y su justicia. En ella alentará lo mejor del espíritu humano. Un día su anhelo será saciado.

Dichosos «los misericordiosos» que actúan, trabajan y viven movidos por la compasión. Son los que, en la tierra, más se parecen al Padre del cielo. Dichosa la Iglesia a la que Dios le arranca el corazón de piedra y le da un corazón de carne. Ella alcanzará misericordia.

Dichosos «los que trabajan por la paz» con paciencia y fe, buscando el bien para todos. Dichosa la Iglesia que introduce en el mundo paz y no discordia, reconciliación y no enfrentamiento. Ella será «Hija de Dios».

Dichosos los que, «perseguidos a causa de la justicia,», responden con mansedumbre a las injusticias y ofensas. Ellos nos ayudan a vencer el mal con el bien. Dichosa la Iglesia perseguida por seguir a Jesús. De ella es el Reino de los cielos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).