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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Biblia

cuatro órdenes

cuatro órdenes

11 Tiempo Ordinario (A) Mateo 9, 36 – 10, 8
AUTORIDAD PARA HACER EL BIEN
ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 11/06/08.- Jesús vivía muy atento a las personas necesitadas que encontraba en su camino. Mira al paralítico de Cafarnaún, a los dos ciegos de Jericó o a la anciana encorvada por la enfermedad, y se le conmueven las entrañas. No es capaz de pasar de largo, sin hacer algo por aliviar su sufrimiento.

Pero los evangelios nos lo presentan, además, fijando con frecuencia su mirada sobre las «muchedumbres». Veía a las gentes con hambre o con toda clase de enfermedades y dolencias, y le sucedía siempre lo mismo: sentía compasión.

Había algo que le dolía de manera especial. Nos lo recuerda Mateo: «al ver a las gentes, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas como ovejas que no tienen pastor». Ni los representantes de Roma ni los dirigentes religiosos de Jerusalén se preocupan de aquella gente de pueblo.

Esta compasión de Jesús no es un sentimiento pasajero. Es su manera de mirar a la gente y de vivir buscando el bien. Su forma de encarnar la misericordia de Dios. De esta compasión nace su decisión de llamar a los «doce apóstoles» para enviarlos a las «ovejas perdidas de Israel».

Para ello, él mismo les da «autoridad», pero lo que les regala no es un poder sagrado para que lo utilicen según su propia voluntad. No es un poder de gobernar al pueblo como los romanos que «gobiernan a las naciones con su poder». Es un poder orientado a hacer el bien «expulsando espíritus malignos» y «curando toda enfermedad y dolencia».

Toda la autoridad que hay en la Iglesia arranca y se basa en esta compasión de Jesús por el pueblo. Está orientada a curar, aliviar el sufrimiento y hacer el bien. Es un regalo de Jesús. Los que lo ejercen lo han de hacer «gratis», pues la Iglesia es un regalo de Jesús a las gentes.

Por eso los discípulos han de predicar lo que predicaba él, no otra cosa: «predicad que el reino de Dios está cerca»; que la gente pueda escuchar esa noticia y entrar en el proyecto de Dios. Pero lo han de hacer poniendo salud, vida, convivencia y liberación de lo demoníaco. Así lo indican las cuatro órdenes de Jesús: «curad enfermos», «resucitad muertos», «limpiad leprosos», «arrojad demonios». (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

su morada

su morada

CASA INTERIOR
Mateo 9, 9-13
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@wanadoo.es

ECLESALIA, 06/06/08.- “Al pasar vio a Mateo y le dijo: “Sígueme”. Él se levantó y lo siguió. Y estando en casa de Mateo…” Jesús al pasar vio a Mateo sentado al mostrador de los impuestos. Jesús estaba en movimiento y Mateo, por el contrario, parado, tanto, que estaba sentado. Directo, sin preámbulos, le dice: “Sígueme”. El otro, va, se levanta y le sigue.

Es tan incomprensible en sus movimiento de acercamiento; tan resuelto, tan disparatado que ambientando la escena hoy, no puedo menos que sonreír, imaginando que se acerca al funcionario que me atendió el otro día en una oficina de la Seguridad Social; o a la doctora que tenía una larga lista de pacientes para consulta, o al abogado que está a punto de coger su carpeta de papeles para ir a los juzgados; o a la mamá que prepara a toda prisa los desayunos para sus tres pequeños, a toda prisa, para llegar a tiempo a la oficina y dejarlos previamente en el colegio; o al obrero que acaba de subirse al andamio para iniciar su jornada de trabajo; o al sacerdote que tiene la agenda llena de reuniones; o a mí misma en cualquiera de los quehaceres del día. Un sin fin de escenas se me ocurren para seguir sonriendo ante la posibilidad de escuchar ese “Sígueme” personal e intransferible de Jesús a cada uno. Pero nos cuentan que Mateo se levantó y lo siguió.

Cuando alguien nos invita a seguirle, normalmente nos quiere llevar a algún sitio que conoce, que nos quiere mostrar, que puede ser interesante para nosotros… Pero Jesús es de lo más imprevisible y, en la escena siguiente, nos encontramos con la sorpresa de que Jesús lleva a Mateo a su propia casa, se sienta a su mesa con publicanos y pecadores, es decir los conocidos de Mateo, la gente con la que se relacionaba. Mateo debía estar atónito, sin decir palabra.

Dios nos busca y nos dice: “¡Sígueme!”. Poniéndonos en marcha en la dirección que nos indica, al poco, nos damos cuenta de que nos lleva justo al centro de uno mismo: la casa interior. Ahí se realiza el encuentro, porque es su propia morada. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


ofrendas y culto

ofrendas y culto

10 Tiempo Ordinario (A) Mateo 9, 9 – 13
LO PRIMERO, LA MISERICORDIA
ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 04/06/08.- La escena es insólita. Para los sectores más religiosos de Israel, un escándalo inadmisible. Jesús está en casa de Mateo, sentado a la mesa con los suyos. Pero no están solos. «Muchos publicanos y pecadores» acuden al banquete y «se sientan con Jesús y sus discípulos». Jesús queda sumergido en un ambiente de «pecadores». El relato señala que son «muchos». Todos se sientan a la misma mesa, entremezclados con sus discípulos.

La acusación de los sectores más religiosos es inmediata. ¿Por qué actúa Jesús de manera tan escandalosa? Los «pecadores» son gente indeseable y despreciada, causa de los males que sufre el pueblo elegido. Lo mejor es excluir a los que no viven de acuerdo con la Alianza, por ejemplo, el grupo de los «recaudadores» o de las «prostitutas». ¿Cómo se permite un hombre de Dios acogerlos de forma tan amistosa?

Jesús no hace caso de las críticas. Todos están invitados a su mesa porque Dios es de todos, también de los excluidos por la religión. Estas comidas representan su gran proyecto de un Dios que ofrece a todos su salvación: su misericordia de Padre no puede ser medida ni explicada por los hombres de la religión.

Jesús responde a las acusaciones descubriendo la hondura de su actuación. En primer lugar, su manera de mirar a quienes, por razones diferentes, no viven a la altura moral de quienes actúan conforme a lo prescrito. Los ve como «enfermos». Más «víctimas» que «culpables». Más necesitados de ayuda que de condena. Así es la mirada de Jesús.

En segundo lugar, su modo de acogerlos. «No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos». Lo primero que necesitan no es un maestro de la ley que los juzgue, sino un médico amigo que los ayude a curarse. Así se veía a sí mismo: no como un juez que dicta sentencias, sino como un médico que viene a buscar y salvar a quienes se encuentran «perdidos».

Este comportamiento no es la actuación simpática de un profeta bueno. Aquí se nos está revelando cómo es Dios. Por eso dice Jesús: Dejaos de acusaciones y «aprended» en mi actuación lo que significan las palabras de Oseas: Dios quiere misericordia antes que ofrendas y culto.

Si no aprendemos de Jesús que lo primero para Dios es siempre la «misericordia», nos falta algo esencial para ser sus discípulos. Una Iglesia sin misericordia es una Iglesia que no camina tras los pasos de Jesús. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

al descubierto

al descubierto

9 Tiempo Ordinario (A) Mateo 57, 21 – 27
¿CÓMO ESTAMOS CONSTRUYENDO?
ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 28/05/08.- Los seguidores de Jesús daban a sus «palabras» una importancia trascendental. El cielo y la tierra podrán pasar; las palabras de Jesús, nunca. En Galilea habían conocido la fuerza de esa palabra que liberaba de la enfermedad, el sufrimiento, el pecado y los miedos. Ahora, en las comunidades cristianas, experimentaban que introducía verdad en sus vidas, los «resucitaba» por dentro, los llenaba de vida y paz.

Por eso Mateo recoge una parábola en la que subraya algo que los cristianos hemos de recordar hoy continuamente de manera clara y concreta: ser cristiano es «practicar» las palabras de Jesús, «hacer realidad» su evangelio. Si no se da esto, nuestro cristianismo es «insensato». No tiene sentido.

La parábola es breve, simétrica y rítmica. Probablemente está redactada así para facilitar su enseñanza en la catequesis. Es importante que todos sepan que esto es lo primero que hay que cuidar en la comunidad cristiana: «escuchar» y «poner en práctica» las palabras que vienen de Jesús. No hay otra manera de construir una Iglesia de seguidores ni un mundo mejor.

El hombre sensato no construye su casa de cualquier manera. Se preocupa de lo esencial: edificar sobre «roca» firme. El insensato, por el contrario, no piensa lo que está haciendo: construye sobre «arena», en el fondo del valle. Al llegar las lluvias del invierno, las riadas y el vendaval, la casa construida sobre roca se mantiene firme, la edificada sobre arena «se hunde totalmente».

La parábola es una grave advertencia y nos obliga a los cristianos a preguntarnos si estamos construyendo la Iglesia de Jesús sobre roca, escuchando y poniendo en práctica sus palabras, o si estamos edificando sobre arenas inseguras que no poseen la solidez ni la garantía del evangelio.

La crisis actual está poniendo al descubierto la verdad o la mentira de nuestra vida cristiana. No basta hacer análisis sociológicos ni adoptar reacciones instintivas. ¿No ha llegado el momento de hacer un examen de conciencia en nuestras comunidades y en la Iglesia, a todos los niveles, para cuestionar falsas seguridades y poner nombre concreto a la falta práctica de Evangelio? No basta confesar a Jesús «Señor», «Señor» si no hacemos la voluntad del Padre. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

de frente

de frente

AHORA MIRO DE FRENTE…
Relectura de Lucas 13, 10-17
THELMA MARTÍNEZ, teresiana
NICARAGUA.

ECLESALIA, 23/05/08.- Sí, ahora miro de frente, erguida, de igual a igual. Ahora puedo sostener la mirada de los jefes de la sinagoga que reprochan mi terquedad de 18 años: asistir al lugar donde yo, desde mi curvatura, daba culto a mi Dios y esperaba en su misericordia.

El espíritu que me tenía enferma se llama Ignorancia… no saber cuál era mi lugar en esta asamblea de Dios o Ecklesia. Se llamaba también cultura patriarcal, o Kyriarcado… Da lo mismo el nombre, porque se trata del mismo espíritu que nos mantiene con la mirada baja a nosotras, las que habíamos sido destinadas a ser discípulas.

Por más que yo intentaba, “no podía en modo alguno enderezarme”. Y continuaba viendo hacia abajo, haciendo reverencia forzada a quienes se decían representar a Dios. Nunca discutí que se adjudicaran el nombre de “representantes”, pero sí el hecho de creerse los “únicos” representantes de un Dios que en su humanidad quiso reflejar su imagen divina en nosotras las mujeres, las gestadoras de vida.

Así pues, pasé 18 años asistiendo a una iglesia que reservaba para mí la última banca, esa banca de la no participación en la toma de decisiones en asuntos tan vitales como las curaciones en sábado… ese tipo de curaciones que van más allá de las normativas litúrgicas… Sin embargo, permanecí. Continué adorando a mi Dios en “espíritu y en verdad”, pese a que mi búsqueda de libertad se veía amenazada por el espíritu malo que nos ha mantenido calladas, encorvadas, sumisas, ignorantes...

Y el permanecer me trajo la liberación. Aquel sábado largo de, intentos, oración, apostolado y entrega, me trajo al Libertador. Se fijó en mí con mayor atención, pues ya me había visto muchas veces en mi asistencia al templo. Y me llamó… me llamó a levantarme, a erguirme, a recuperar mi dignidad frente a las miradas indignadas de quienes observaban estrictamente el sábado.

Me llamó para mirar de frente…

Y por primera vez, después de tantos años, miré al frente y reconocí en mí la misma dignidad de aquellos jefes de la sinagoga, quienes a lo largo de nuestra historia, se habían convertido en los raptores de Dios.

Entonces me volví peligrosa para ellos, pues no estaban acostumbrados a compartir la visión horizontal del mundo con una mujer. El conocimiento me dio poder. El poder, dignidad. Porque lo descubrí como un poder generador de sanación, de vida, como mi vientre de mujer…

No se podía curar en sábado… es decir, no se podía curar siempre. Había que cumplir con ciertas normas y seguir algunas orientaciones de las autoridades. Jesús simplemente obvió las normas defendidas en los discursos y actuó conforme a la justicia de Dios.

“Mujer, quedas libre de tu mal”, me dijo Él. Su palabra cayó como brisa fresca en el ardor de mis labios que se quemaban por gritar: “¡yo también estoy!” Yo también formo parte de esta mesa que llamamos Iglesia… Yo también sé leer las escrituras desde mis ojos de mujer… de mujer digna, apasionada, pensante…

Desde ese día, meses y años de estudio y oración y contemplación de la vida (que ya puedo ver frente a mí), escribo. Todos los días escribo un evangelio nuevo que se me revela en la vida plena que tengo frente a mí.

Puedo ver de frente… y ver más allá del suelo… puedo alzar la mirada y la palabra… pronunciarme… participar… proclamar que aquél que estábamos esperando ya está aquí, liberándonos…

Sin embargo… seguimos siendo peligrosas… aún las autoridades judías no se acostumbran a compartir el poder que implica ver de frente… Pero este hombre a quien seguimos como comunidad de discípulas, nos anima, nos libera, nos llama a compartir la responsabilidad de mirar de frente… contemplar el horizonte y toparnos con las miradas de otros y otras que también, al igual que yo, fueron soltados del yugo de la ley un sábado cualquiera, de esos tantos sábados en los que Jesús acostumbraba hacer cumplir la justicia de Dios. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


comer

comer

Cuerpo y Sangre de Cristo (A), Juan 6, 51-59
EXPERIENCIA DECISIVA
ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 21/05/08.- Como es natural, la celebración de la misa ha ido cambiando a lo largo de los siglos. Según la época, teólogos y liturgistas han ido destacando algunos aspectos y descuidando otros. La misa ha servido de marco para celebrar coronaciones de reyes y papas, rendir homenajes o conmemorar victorias de guerra. Los músicos la han convertido en concierto. Los pueblos la han integrado en sus devociones y costumbres religiosas…

Después de veinte siglos, puede ser necesario recordar algunos de los rasgos esenciales de la última Cena del Señor, tal como era recordada y vivida por las primeras generaciones cristianas.

En el fondo de esa cena hay algo que jamás será olvidado: sus seguidores no quedarán huérfanos. La muerte de Jesús no podrá romper su comunión con él. Nadie ha de sentir el vacío de su ausencia. Sus discípulos no se quedan solos, a merced de los avatares de la historia. En el centro de toda comunidad cristiana que celebra la eucaristía está Cristo vivo y operante. Aquí está el secreto de su fuerza.

De él se alimenta la fe de sus seguidores. No basta asistir a esa cena. Los discípulos son invitados a «comer». Para alimentar nuestra adhesión a Jesucristo, necesitamos reunirnos a escuchar sus palabras e introducirlas en nuestro corazón, y acercarnos a comulgar con él identificándonos con su estilo de vivir. Ninguna otra experiencia nos puede ofrecer alimento más sólido.

No hemos de olvidar que «comulgar» con Jesús es comulgar con alguien que ha vivido y ha muerto «entregado» totalmente por los demás. Así insiste Jesús. Su cuerpo es un «cuerpo entregado» y su sangre es una «sangre derramada» por la salvación de todos. Es una contradicción acercarnos a «comulgar» con Jesús, resistiéndonos egoístamente a preocuparnos de algo que no sea nuestro propio interés.

Nada hay más central y decisivo para los seguidores de Jesús que la celebración de esta cena del Señor. Por eso hemos de cuidarla tanto. Bien celebrada, la eucaristía nos moldea, nos va uniendo a Jesús, nos alimenta de su vida, nos familiariza con el evangelio, nos invita a vivir en actitud de servicio fraterno, y nos sostiene en la esperanza del reencuentro final con él. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

reflejar el misterio

reflejar el misterio

La Santísima Trinidad (A), Juan 3, 16-18
DIOS AMA ESTE MUNDO
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 14/05/08.- Jesús puede ser considerado desde perspectivas diversas. Puede ser visto como problema histórico, gran líder religioso, un dogma, el inspirador de un camino liberador… El evangelista Juan nos invita a acogerlo como el «mejor regalo» que Dios ha hecho al mundo.

Jesús está hablando con un maestro judío, llamado Nicodemo. No conversan sobre los problemas conflictivos de la Ley judía. Jesús centra la atención en temas de los que apenas se habla en Israel: cómo «renacer» a una vida nueva, qué camino seguir para «tener vida eterna»…

De pronto Jesús pronuncia unas palabras que trascienden cualquier conversación humana, y resumen de manera grandiosa todo el misterio que se encierra en él: «Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna».

¿Qué podemos sentir, al escuchar estas palabras, los hombres y mujeres de hoy, atraídos por todo bienestar inmediato y tan escépticos ante promesas lejanas de vida eterna? ¿Qué nos puede decir el amor de Dios en una sociedad llena de intereses, objetivos y luchas tan contrarios al amor?

Las palabras de Jesús destacan lo inmenso y universal del amor de Dios. No podía ser de otra manera. Dios ha amado al «mundo», no sólo a Israel, a la Iglesia, a los cristianos… Ha enviado a su Hijo, no para «condenar», sino para «salvar», no para destruir, sino para dar vida eterna. Lo sepa o no, el mundo existe, evoluciona y progresa bajo la mirada amorosa de Dios.

Para saber algo de ese Misterio de Amor que sostiene el mundo, el mejor camino es el mismo Jesús. Acercándonos al Hijo, podemos ver, palpar e intuir cómo es el Padre con todos sus hijos. Viéndolo actuar, podemos captar cómo es el Espíritu que anima a Dios.

Todos los gestos, símbolos, palabras, doctrinas, objetivos y estrategias del cristianismo han de nacer, alimentarse y reflejar ese misterio del Amor de Dios al mundo entero. Si no es así, la religión se encierra en sí misma; los signos se «sacralizan»; el anuncio cristiano pierde en buena parte su significado más auténtico; pueden incluso inventarse prácticas, costumbres y estilos de vivir alejados de la verdad cristiana original. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

enfrente

enfrente

UNO ¿MITO O META?
Jn 17, 20-26
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@wanadoo.es
MADRID.

ECLESALIA, 08/05/08.- Jesús recoge un ancestral anhelo humano: el profundo y escondido deseo de unidad y, desde el reconocimiento de su propia identidad (“para que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti...”, transforma el mito en meta.

A un paso de celebrar nuevamente la llegada del Espíritu Santo, que había de consolar y animar a aquella pequeña comunidad escondida y atemorizada, el evangelio de Juan me lleva a reflexionar que la meta propuesta por Jesús no es un lugar idílico donde todos, iguales y perfectos, nos reconozcamos como uno con Dios y con los demás. Jesús aporta algo esencial recogiendo el mito de la unidad y convirtiéndolo en meta de la vida en comunidad: el Amor.

En el Amor, los contrarios se transforman en complementarios; y como el amor está reñido con el miedo, surgen nuevos frutos que hacen vivir con paz y alegría, aún en medio de los problemas y dificultades de cada día.

En el Amor, dejamos de agruparnos por afinidades, cerrándonos a otros que a su vez de agrupan por otras distintas. Digo afinidades como algo genérico, pero habría que hablar de vocaciones, religiones, culturas, sexos... mientras resuena una y otra vez el eco de las palabras de Jesús: “para que sean uno, como nosotros somos uno”.

En el Amor, la meta es el propio camino.

Después de más de dos mil años de esta Buena Noticia, seguimos enfrente unos de otros, cuando no enfrentados o arrojándonos piedras, silencios o ironías. Sufriendo, consciente o inconscientemente, por lograr esa mítica unidad que no alcanzamos por que nos anclamos en lo superficial, lo exterior, sin dejar que el Espíritu de Dios actúe desde lo profundo de cada uno. Y Jesús nos acompaña paso a paso, desde el arcén, viendo con tristeza nuestras luchas y repartiendo agua y bocadillos, esperando que dejemos de perder eternamente el tiempo en luchas y divisiones y nos abracemos de una vez por todas.

A todo esto hay que añadir un tema que me sobrecoge: la gran responsabilidad que tenemos, cada uno y todos como comunidad de creyentes: “Padre Santo, no sólo por ellos ruego, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos...”. No hablamos el lenguaje de Jesús, el lenguaje del Amor, y esa es la causa de que se generen idiomas que nos alejan de la comprensión y la cercanía de unos con otros. Esto tiene un precio muy alto: boicoteamos el Mensaje y no llega a quienes podrían creer en Él a través de nuestro testimonio. Se necesita mucha humildad para ser mensajeros del Amor de Dios.

¡Ven, Espíritu Santo, qué falta nos hace! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).