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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

libertad II

libertad II

"QUEDAN LOS ÁRBOLES QUE SEMBRASTE" (II)
Las opciones fundamentales de monseñor Proaño
JUAN JOSÉ TAMAYO**, juanjotamayo@gmail.com
MADRID.

El recuerdo subversivo de las víctimas

ECLESALIA, 15/02/10.- El Centenario del nacimiento de monseñor Leonidas Proaño (1910-1988) no podía pasar inadvertido. Y no porque quisiéramos honrarle como héroe de la patria, o colocarle en una hornacina, o declararle siervo de Dios, beato o santo. Como tampoco hacerle homenajes o entonar panegíricos de su persona. Menos aún celebrar pompas fúnebres por su alma. Ninguna de esas cosas le gustaron en vida. ¡Cuánto menos tras su muerte!

¿Por qué, entonces, el empeño tan decidido, el esfuerzo tan ingente y la dedicación tan generosa de la Fundación de Pueblo Indio del Ecuador, de Nidia, de Nelly, de Emperatriz, de Leonardo Gabiecho, Patricio y Germán; de Consuelo, Olguita, Lucila, Victoria, Viviana, Cecilia, Miriam… ¿Por qué la invitación a comunidades indígenas de toda Abya-Yala, activistas sociales, líderes de los pueblos originarios, comunidades eclesiales de base, movimientos sociales, organizaciones cívicas y de derechos humanos, teólogos y teólogas, personas y organizaciones de muchos países del mundo?

La respuesta es muy sencilla: para hacer memoria del paso por la historia de un hombre que dejó huella, para recordar y hacer el largo itinerario que él hizo durante los fecundos setenta y ocho años de su vida cada uno en nuestro lugar pero abiertos al mundo, para aprender y practicar las lecciones que nos dio con su vida, para seguir su ejemplo creativamente.

Los seres humanos somos olvidadizos. Tenemos una memoria muy selectiva. Tendemos a recordar las hazañas de los héroes, muchos de ellos sólo en el imaginario social no en la realidad, y a olvidarnos de cuantos pueblos y personas se negaron a seguir la marcha triunfal del progreso. Enseguida borramos de nuestra memoria a quienes prefirieron acompañar a los que el progreso dejó atrás y a cuantos decidieron luchar por las causas perdidas a sabiendas de que no era fácil ganarlas. Resulta más gratificante recordar aquellos acontecimientos y aquellas personas que se ponen del lado de los vencedores –a quienes llamamos “héroes”-a costa de los vencidos –a quienes consideramos perdedores o fracasados- y a olvidarse de éstos. La memoria humana propende a recordar los progresos de la civilización occidental y a olvidar el “estado de excepción” en que viven los pueblos originarios precisamente por causa de dichos progresos.

La enfermedad más extendida en la civilización occidental es la amnesia, que es necesario combatir con una medicina: la razón anamnética, centrada en el recuerdo de las víctimas, en la narración de sus sufrimientos y en la rehabilitación de su dignidad. Pero no el recuerdo que vuelve la vista atrás con añoranza creyendo, con el poeta Jorge Manrique, que "cualquiera tiempo pasado fue mejor". Ni el recuerdo que considera el pasado como el tiempo ideal a repetir e imitar. Tampoco el recuerdo que se refugia perezosamente en lo "ya sido" o acontecido para repetirlo en el presente sin aportar un ápice de creatividad a lo que hicieron nuestros antepasados. No es el recuerdo del pasado como restauración, ni como contemplación pasiva de las ideas eternas al modo de la anamnesis platónica.

Es, más bien, el recuerdo subversivo contra el orden establecido de antaño, que se reproduce en el presente; el recuerdo que derriba los cánones de las evidencias dominantes, sabotea estructuras consideradas respetables y bien fundadas, evita la reconciliación precipitada con los hechos, libera de los mecanismos de la conciencia dominante y de su ideal abstracto de emancipación y posee un fuerte contenido de futuro. Es la memoria peligrosa, que mira al pasado en demanda de justicia para las víctimas y cuestiona los cánones de las evidencias dominantes. Es la mirada crítica al pasado para disentir y decir "no". Es, en fin, el recuerdo que piensa el futuro no cansinamente como continuación del pasado, sino imaginativamente como aparición de lo nuevo, dentro de la mejor tradición bíblica: nuevo cielo y nueva tierra, nueva creación, mesianismo, esperanza, tierra prometida, etc. Ése fue el recuerdo que activamos en el Centenario de Taita Proaño del 27 al 31 de enero de 2010 en Quito e Imbabura.

El recuerdo así entendido se convirtió aquellos días en fuente de acción históricamente liberadora. La historia entendida como historia del sufrimiento hecho recuerdo conserva la forma de “tradición peligrosa”. La destrucción del recuerdo es una medida típica de la dominación totalitaria. Cuando a los seres humanos se les quitan los recuerdos y los sueños, comienza su estado de esclavitud.

Las opciones fundamentales de monseñor Proaño

En los actos conmemorativos del Centenario hicimos memoria de las opciones más importantes de monseñor Proaño a lo largo de su vida y que resumo en las siguientes

Opción por la pobreza y por los pobres

La opción fundamental de monseñor Proaño fue sin duda la pobreza. Pobre nació, pobres vivió. Pobre murió. La pobreza es la única herencia que nos dejó. La pobreza como don y como valor, la austeridad como estilo de vida, la indigencia como realidad inherente al ser humano, el compartir como forma de realización. El testimonio de Leónidas Proaño es luminoso al respecto: “¡La pobreza!... Es también un don. ‘Bienaventurados los pobres’. Es un don siempre que se llegue a tener conciencia de que somos pobres. Siempre que lleguemos los hombres a ser conscientes de nuestra congénita indigencia” ¿Por qué poner la pobreza como un valor? Porque gracias a ella podemos vivir en austeridad y en libertad frente al consumismo. “Supe, como todos los pobres, lo que es padecer de necesidad y de hambre. Pero aprendí también a soportar privaciones sin quejas ni envidias”[1].

Opción por los pueblos indígenas

El compromiso que con más radicalidad asumió monseñor Proaño, su experiencia fundante, la que dio sentido a su trabajo como obispo fue la defensa de los derechos de los indígenas. Compromiso que no le supuso ningún sacrificio, ningún esfuerzo. Fue algo espontáneo, natural porque lo había mamado. Él había aprendido de sus padres a tratar a los indígenas, marginados en su país, como personas, a acogerlos como iguales en dignidad, a reconocer respetar y defender sus derechos. Su testimonio arroja luz sobre el modo de relacionarse con ellos:

“Tanto mi padre como mi madre tenían un grande aprecio a los indígenas. Parecía que encontraran un gozo especial en conversar con ellos y en servirles. Eso mismo inculcaba en mi ánimo, en conversaciones y reflexiones. Por ejemplo, cuando habíamos constatado que los indígenas eran objeto del desprecio, de la burla, de la explotación de otras personas, me hacían ver lo malo de un comportamiento semejante, diciéndome que ellos eran también hijos de Dios y hermanos. Llegaron a enseñarme las formas de trato en gestos y palabras que tenía que utilizar cada vez que me ponía en contacto con ellos”[2].

Llega a afirmar que “ese amor y respeto a los pobres, particularmente a los indígenas, llegó a formar parte de mi propia experiencia”[3]. Esta expresión refleja con claridad meridiana la identificación de Taita Proaño con los pueblos indígenas hasta hacerse uno con ellos. Y así fue durante sus años de sacerdocio y de obispo dedicados a la causa de la liberación de los indígenas, hasta ser conocido mundialmente como “el obispo de los indios”. Siguiendo el método jocista ver-juzgar-actuar Proaño constata que dos terceras partes de la diócesis de Riobamba eran indígenas y descubre su deplorable situación económica, cultural, política, social educativa y religiosa. “”[4].Vivían en la más completa miseria; eran víctimas del desprecio de todo el mundo; apenas un 8% había pasado por la escuela hasta segundo o tercer grado; por ser analfabetos, no eran reconocidos por la ley como ciudadanos; se encontraban terriblemente marginados por la sociedad e inclusive por la Iglesia. Los derechos fundamentales de este pueblo estaban cruel y permanentemente pisoteados”.

La Iglesia de Riobamba era dueña de grandes extensiones de tierras como heredera de sistemas poscoloniales. La respuesta de Proaño a la situación de injusticia estructural en que vivía la mayoría de la población fue la lucha por dar tierras a los indígenas, la solidaridad con sus luchas reivindicativas y la entrega gratuita de cientos de hectáreas propiedad de la Iglesia a familias que se constituyeron en cooperativas promovidas por la propia Iglesia, hasta desprenderse de todas sus propiedades[5].

Su opción por los pobres se tradujo en compromiso por la liberación de los pueblos indígenas desde su llegada como obispo a Riobamba. En 1972 propició el nacimiento del Ecuarunari, Movimiento del Despertar del Indio Ecuatoriano. En 1987 el Congreso Nacional le designó Asesor Honorario de Asuntos Indígenas y contribuyó a la formulación del “Proyecto de Ley de Nacionalidades Indígenas”. Poco antes de morir, monseñor Proaño creó la Fundación Pueblo Indio de Ecuador, que ha organizado este evento conmemorativo del Centenario de su nacimiento. Respondiendo a un deseo expreso suyo fue enterrado en la comunidad indígena de Pucahuico, de San Antonio de Ibarra.

Hombre de palabra, de una sola palabra, de compromiso, de un solo compromiso, de convicciones profundas, de opciones firmes. Persona responsable de sus actos, pero también corresponsable de los cinco siglos de injusticia para con los indios, de la complicidad de la Iglesia en dicha injusticia. Así de auto-exigente era Taita Proaño. El teólogo José Comblin, que conoció muy bien a monseñor Proaño, convivió con él y le acompañó teológicamente durante veinte años, ha dejado constancia de su dedicación, tesón y pasión en la lucha por la defensa de los derechos de los pueblos indígenas como traducción histórica de la causa de la justicia:

“Lo que más me impresionaba en monseñor Proaño era su rectitud y su pureza de corazón. Era un hombre de una sola palabra, un solo compromiso. Desde su llegada a la diócesis de Riobamba se había apasionado por la causa de los indígenas. Para él la causa de los indígenas del Chimborazo y del Ecuador era la encarnación de la causa de la justicia. Se sentía responsable por los cinco siglos de injusticia de la que fueron víctimas los indígenas; sentía la complicidad de la religión y de la Iglesia en su opresión. Quería dedicar su labor de evangelización a la reparación de aquella injusticia histórica”.

Opción por la Pachamama

La experiencia de la compasión, de la misericordia y de la solidaridad fue la que marcó la vida de monseñor Proaño. “Sentir como algo propio el sufrimiento del hermano de aquí y de los de allá, hacer propia la angustia de los pobres… es solidaridad”, escribía en Asís (Italia) en diciembre de 1983 en un bello poema titulado “Solidaridad”. Su solidaridad nunca fue sectaria, no se encerraba sólo en las causas más cercanas, no conocía límites. Se dirigía a todos los seres humanos, pero especialmente a los grupos y personas más vulnerables. Al ser obispo, pareciera que su comportamiento ante las personas que sufren tuviera que ser la del levita y del sacerdote de la parábola. Pero no, fue el del Buen Samaritano, considerado hereje por los judíos.

Ahora bien, su compasión trascendía a las personas y se extendía a la naturaleza, a la tierra, a la Pachamama. Lo mismo que creyó en el ser humano y en la comunidad como fermento de transformación social, amó y respetó la naturaleza que estaba en él. Nelly y Nidia Arrobo Rodas describen con gran sensibilidad ecológica el amor y el respeto de Leonidas Proaño, más aún, su identificación, con la tierra, el agua, los animales, las plantas:

“Vivía al ritmo de la naturaleza en las horas de reposo, de comida y de trabajo… Se alimentó de los productos de la tierra, preparados de la manera más sencilla. Mantuvo su salud y trató sus enfermedades por medios naturales: el barro, el agua, las plantas, los animales, los masajes, eran su medicina. Al contacto con la naturaleza recuperaba las fuerzas. En el árbol de albaricoque del patio de la Casa Episcopal veía el proceso de su vida, a veces florecida en proyectos maravillosos, otras veces seca como las ramas que han perdido las hojas, pero cada año con frutos abundantes. En el poema dedicado a la Madre Tierra manifiesta su decisión de no ser más que ‘tierra, sin vanas pretensiones, sin quejas, sin envidias’. Sembró árboles, miles de árboles, y con el CEAS, planificó y ejecutó un plan de reforestación de la provincia”[6].

Por eso, su programa era “volver a las fuentes para redimir la vida”. No existe redención fuera de la Pachamama, de la Tierra, de la Naturaleza. Para lograr la liberación integral es necesario volver a la Naturaleza. Ahí está la fuente, el manantial, el origen de la vida. La Naturaleza puede vivir sin nosotros. Y de hecho vivió sin nosotros durante millones de años. Nosotros, empero, no podemos vivir sin ella. La actitud ecologista de Proaño está fuera de toda duda.

Opción por la liberación y lucha contra el cautiverio

Para monseñor Proaño la historia es cautiverio y liberación. Cautiverio, sí, sobre todo la historia de Ecuador, que contaba entonces con un alto porcentaje de habitantes analfabetos, especialmente la historia de la provincia del Chimborazo, con el mayor grado de analfabetismo del país, ya que la mayoría de la población indígena no había ido a la escuela. Cautiverio fue también su vida al identificarse con los sufrientes de la historia de su pueblo. Él mismo vivió en carne propia la experiencia de la prisión junto con otros obispos como António Fragoso, Cándido Padín, Sergio Méndez Arceo, teólogos como Joseph Comblin y asesores laicos como Pérez Esquivel.

Esto sucedía el mes de agosto de 1976, época de los regímenes militares en muchos países de América Latina -también en el Ecuador-. Un numeroso grupo de obispos, teólogos y asesores laicos se había reunido en la Casa de Santa Cruz de la diócesis de Riobamba para estudiar la ideología de la Seguridad Nacional y responder a la angustiosa pregunta que años atrás planteara monseñor Helder Cámara: “¿qué habéis hecho con Medellín?”. Soldados ecuatorianos de la dictadura militar irrumpieron en la reunión Casa de Santa Cruz y detuvieron a los obispos creyendo que eran guerrilleros y acusados de conspiración política. Fue un hecho insólito. Casi todos los obispos reunidos estaban fichados en sus respectivos países. Las fuertes presiones diplomáticas obligaron a liberarlos en apenas 24 horas. Los extranjeros participantes en la reunión fueron obligados a abandonar el país.

Pero los problemas de monseñor Proaño no terminaron con la represión militar. Poco después, fue objeto de un severo control eclesiástico por parte del Vaticano, quien envió a la diócesis de Riobamba un Visitador Apostólico que ejerció las funciones de detective del obispo de los indios.

Precisamente porque vivió con los indígenas la doble experiencia del cautiverio - la política y la eclesiástica-, monseñor Proaño optó por la liberación. Y lo hizo siguiendo la pedagogía de la concientización a través de un lento pero seguro proceso educativo popular con la creación de las Escuelas Radiofónicas Populares y del Centro de Estudios y Acción Social (CEAS) para toda la provincia del Chimborazo. Las Escuelas Radiofónicas contribuyeron sobremanera, como reconoce el propio Proaño, al despertar de los indígenas de un sueño de siglos. El objetivo era seguir un proceso de concientización que ayudara a salir de la conciencia ingenua e intransitiva, pasando por la conciencia activa y transitiva, hasta llegar a la conciencia crítica y transformadora, que desembocara en el compromiso político. Muchas fueron las comunidades indígenas del Chimborazo, del resto del Ecuador y de otros países de Abya-Yala que siguieron esa metodología y tomaron conciencia de su dignidad y se convirtieron todas ellas en sujetos de su historia y en líderes de su pueblo. El objetivo del CEAS era la investigación socio-económica del Chimborazo y la promoción de cooperativas[7].

Opción por la comunidad

La experiencia de la pobreza fue para Proaño el lugar privilegiado para vivir la comunidad, para practicar la solidaridad, para aprender la fraternidad, para sentir la amistad. Así lo reconoció, lo vivió y lo formuló: “Aprendí lo que es la sencilla fraternidad entre los pobres: poner en práctica una generosa y delicada mutua entre vecinos. Los pobres sienten casi espontáneamente la solidaridad con otros pobres, con todos los que sufren. También la amistad es un don y este don viene acompañado de un mensaje (Mt 25,34-40). Los ricos se vuelven egoístas. El inicio de las comunidades de base en el Brasil se debe a esta filosofía popular, la filosofía de los pobres… os pobres viven más fácilmente la vocación comunitaria”[8] .

El concilio Vaticano II (1962-1965), en el que participó siendo un joven obispo, le ayudó a descubrir la dimensión comunitaria de la Iglesia. A partir de los textos conciliares tomó conciencia de necesidad de transformar radicalmente la Iglesia renunciando a su carácter piramidal y asumiendo su dimensión comunitaria. Y con la toma de conciencia, la autocrítica: “Comprendí que los sacerdotes habíamos sido acaparadores de todos los carismas en la Iglesia, que nos habíamos convertido, en vez de servidores, en dominadores del pueblo y que los laicos estaban llamados a jugar un papel preponderante”[9]. Pero la relación Proaño-Concilio Vaticano II fue bidireccional y mutuamente fecundante. Como reconoce Houtart, el obispo de Riobamba, junto con otros obispos latinoamericanos, como el chileno Manuel Larraín y el brasileño Helder Cámara, aportó mucho a la renovación eclesial que puso en marcha el Vaticano II. Y lo hizo desde su experiencia pastoral encarnada en el mundo de los pobres. No pocos de los cambios que realizó en su diócesis se adelantaron al Vaticano II, fueron avalados por éste y se incorporaron a la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Actual (Gaudium et Spes). Así dejaban de ser simples experimentos locales para convertirse en experiencias asumidas por los obispos de la Iglesia universal.

Su participación en la Conferencia Episcopal de Medellín (Colombia) en 1968 contribuyó sobremanera a cambiar el rumbo de la Iglesia latinoamericana y a orientarla por el camino de la liberación. Inmediatamente después del Concilio Vaticano II, monseñor Proaño fue uno de los pioneros en la puesta en marcha de las comunidades eclesiales de base. Y la estructuración comunitaria de la diócesis de Riobamba influyó decisivamente en la centralidad que los documentos de Medellín reconocen a las comunidades eclesiales de base como forma de estructuración, principio de organización de la Iglesia, ámbito privilegiado de evangelización y cauce de promoción: “La vivencia de la comunión a que ha sido llamado, debe encontrarla el cristiano en su ‘comunidad de base’: es decir, una comunidad local o ambiental, que corresponda a la realidad de un grupo homogéneo, y que tenga una dimensión tal que permita el trato personal fraterno entre sus miembros… Ella es, pues, célula inicial de estructuración eclesial y foco de evangelización, y actualmente factor primordial de promoción humana y desarrollo”[10].

El ideal expresado tan nítidamente en Medellín ya se había hecho realidad en la diócesis de Riobamba en el hogar de Santa Cruz, maravillosa experiencia de vida comunitaria forjada durante casi treinta años a partir de una amistad auténtica y profunda, indispensable para una vida y una pastoral comunitarias, no sin dificultades que hubo que vencer y de conflictos que hubo que encauzar.

Opción por una espiritualidad evangélica, en el seguimiento de Jesús

La espiritualidad del seguimiento de Jesús de Nazaret el Cristo Liberador fue el alimento cotidiano para el compromiso de monseñor Proaño con los pobres. Su compatriota y hermano en el episcopado Fray Luis Alberto Cuenca Tobar, arzobispo de Cuenca (Ecuador) lo definía como “un contemplativo no enclaustrado”. Y sigue: “Podría decirse que su timidez, su sencillez, su primitiva y rústica humanidad le enclaustraban. Es cierto. Pero su valentía, su acción apostólica, su pasión de enamorado de la verdad, lo emanaban de sí mismo y salía con lo que la contemplación le había dado… La forma de Proaño de apelar en todo al Evangelio era revelación de su permanente estado de reflexión evangélica. La actitud de Proaño –un Cristo, es decir, del apóstol- era de atención al Padre”[11].

Era la suya una espiritualidad evangélica, cristológica, comunitaria y eclesial: “Para que el hombre cambie –escribe en 1977-, es necesario vivir la Teología. En otras palabras, es necesario vivir el Evangelio. Es necesario experimentar a Cristo. Es necesario experimentar a Dios en Cristo. Es necesario experimentar a Dios a través de Cristo. Es necesario experimentar esta vivencia entre varios, entre los discípulos de Cristo, en el seno de lo que llamamos Iglesia en su sentido más concreto”[12].

Opción por la diversidad cultural y el pluralismo religioso

Monseñor Proaño fue especialmente sensible a la diversidad cultural y al pluralismo religioso. “No era un obispo. Era un indio entre los indios”: así lo define Ana María Guacho, colaboradora de Proaño desde 1982 en el Movimiento Indígena del Chimborazo. Su inmersión en las tradiciones religiosas culturales indígenas le ayudaron a relativizar la Iglesia romana inculturada en la tradición occidental y a valorar las dimensión liberadoras de la culturas y religiones indígenas como fuentes de sabiduría, caminos de salvación, lugares de liberación integral y espacios de rico simbolismo. Su pensamiento, su forma de vida, su quehacer pastoral y su concepción del mundo se caracterizaron por el reconocimiento del pluriverso religioso, étnico, lingüístico y cultural como hecho histórico innegable, como valor a potenciar y como riqueza de la naturaleza, de la humanidad y de las religiones a cultivar. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


* "A los pueblos originarios de Aby-Yala de ayer, de hoy y de mañana, adoradores del Sol como fuente de vida y primeros ecologistas de la historia, en recuerdo de la experiencia cósmico-fraterno-sororal compartida del 27 al 31 de enero, siempre en mi memoria y en mi vida, con respeto y agradecimiento".

** Juan José Tamayo es secretario general de la Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII y director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid. Su último libro relacionado con el tema es La teología de la liberación en el nuevo escenario político y religioso (Tirant Lo Blanc, Valencia, 2009: e-mail: tlb@tirant.com; http: www.tirant.com; librería virtual: http://www.tirant.es).


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[1] Leónidas E. Proaño Villalba, Creo en el pueblo y en la comunidad, Desclée de Brouwer, Bilbao, 1977, p. 14.
[2] Ibid., p. 17.
[3] Ibid.
[4] Leónidas E. Proaño Villalba, 500 años de marginación indígena. Discurso pronunciado en la Fundación Bruno Kreisky, de Austria, con motivo de la concesión del Premio que le fue otorgado por su defensa de los derechos humanos en 1988.
[5] Cf. El excelente relato de Nelly y Nidia Arrobo Rodas, “Monseñor Leónidas Proaño, síntesis biográfica”, en Nelly y Nidia Arrobo Robas (compiladoras), Quedan los árboles que sembraste. Testimonios sobre Monseñor Leónidas Proaño, Ediciones La Tierra, Quito, 2008, p. 27-28.
[6] Nelly y Nidia Arrobo Rodas (compiladoras), o. c., p. 55.
[7] Cf. Leónidas Proaño, Concientización, evangelización, política, Sígueme, Salamanca, 1974.
[8] Leónidas E. Proaño Villalba, Creo en el pueblo y en la comunidad, o. c., p. 14 y 18.
[9] Ibid., p. 83.
[10] “Pastoral de conjunto”, en Documentos de Medellín, n. 10.
[11] Nelly y Nidia Arrobo Rodas (compiladoras), o. c., p. 189.
[12] Leónidas E. Proaño Villalba, Creo en el pueblo y en la comunidad, o. c., p. 101.


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