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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

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¡COMO UN FUEGO DEVORADOR!
GENARO SÁENZ DE UGARTE, religioso de La Salle, genarofsc@yahoo.com.ar
JUJUY (ARGENTINA).

ECLESALIA, 18/12/09.- “Pero sentía la Palabra dentro de mí como un fuego devorador… Hacía esfuerzos por contenerla y no podía” (Jr 20, 9).

La experiencia del Profeta Jeremías la viven, aquí en el Barrio Malvinas Argentinas de Jujuy, mujeres que se van abriendo, día a día, a la Palabra y se hacen familiares de ella. Experimentan que la Palabra es viva y eficaz, que la Palabra sacude y compromete, que la Palabra ilumina, que la Palabra revela y plenifica. Estas mujeres del barrio ya no pueden vivir su fe sin la Palabra, tan metida está en sus vidas, en el corazón mismo de su experiencia pastoral. Como el Profeta Isaías, también ellas pueden decir: “mañana tras mañana la Palabra me abre el oído para que la pueda escuchar con corazón de discípulo…” (Isaías 50, 4). Y de esta manera, cada día dejan que la Palabra resuene en lo que viven. Cada día se dejan impregnar por la suavidad y la fuerza de la Palabra. Así, y gracias a la Palabra, va cambiando en estas mujeres la manera de entender la fe en Jesús. Van sintiendo que sus palabras, sus gestos y sus compromisos de fe están impregnados de ese ‘fuego devorador’, ese ‘fuego’ que cambia la frialdad de ciertos lenguajes, de ciertos ritos y de ciertas tradiciones religiosas. Es como si resonara en su corazón la Palabra mismo de Jesús: “He venido para traer fuego sobre la tierra” (Lucas 12, 49) Para estas mujeres es la ‘tierra’ de su cultura, de sus vínculos familiares, de sus relaciones en el barrio, de su compromiso en las CEBs, de sus luchas, de sus búsquedas, de su misma interioridad… Todo, en ellas, está invadido y fecundado por la Palabra. Estas mujeres saben, también, que al ‘fuego’ se lo mantiene encendido y se lo alimenta. Unas veces pueden arrimar simples leñitas, las ramitas de lo cotidiano. Sienten, entonces, que el calor invade hasta los momentos más pequeños e insignificantes de su existencia. Con frecuencia el fuego absorbe y elimina los ‘desperdicios’ que quieren hacer desaparecer pero no siempre se animan. El fuego de la Palabra transforma la mentalidad de fe y la vivencia de las prácticas religiosas. El fuego de la Palabra es capaz de dar un significado nuevo a las exigencias vitales que nos interpelan con el impacto de las nuevas corrientes culturales. Estas mujeres saben que a ese ‘fuego devorador’ es necesario arrimarle regularmente los troncos sólidos y firmes que permitan la lenta y constante combustión de la experiencia pastoral para que el calor de la fe inunde y se mantenga a lo largo de lo que se vive. Ellas también saben que ese ‘fuego’ se transforma en ‘palabra de fe’, cálida y cercana, en el diálogo sereno y realista con las vecinas cuando se busca construir en el barrio una vida más digna y solidaria.

Mujeres como Adriana, Emma, María Ester, Nelly, Olga, Quintina, Sara… no se contentan con la reunión semanal de su respectiva CEBs. En los últimos meses están pidiendo tiempos nuevos para interiorizar, estudiar y compartir la Palabra. Piden tiempos más frecuentes, más profundos, más densos. Piden, sobre todo, tiempos más espirituales. A medida que pasan los días, van sintiendo la necesidad de entrar, más y mejor, en el misterio mismo de la Palabra. Ya no se contentan con escucharla de manera esporádica y exterior a lo que viven. Quieren poner en el ‘fogón de la Palabra’ la densidad de sus vidas, de sus búsquedas, de sus dolores, de sus alegrías, de sus esperanzas. Saben que la vida de fe en sus familias y en el barrio se vuelve más y más exigente. Hay cambios culturales que ‘reducen a cenizas’ algunas de las mentalidades y de las prácticas religiosas tradicionales. Saben que, cuidando el arraigo fecundo de la Palabra en sus vidas, todo lo que experimentan cobra nuevo sentido. Ven, con alegría, cómo desaparecen de sus vidas algunos de los miedos ‘tradicionales’ de su cultura: miedo al mal, a la equivocación, al fracaso, al pecado, al dios que condena… Las raíces de la Palabra son, en ellas, cada vez más firmes, sólidas, vitales. Es eso lo que buscan afianzar en los tiempos nuevos que le dedican al estudio compartido y a la interiorización de la Palabra.

La familiaridad con la Palabra les ayuda a superar un lenguaje religioso muchas veces inoperante porque se queda en un estadio más moralista que iniciador en la fe. Suele ser un lenguaje más individualista que fermento de Comunidad. Los numerosos “hay que”… de cierto lenguaje de fe, no superan la insistencia en el cumplimiento. Distraen, más bien, de la búsqueda de las aguas profundas en las que abrevar una vida de fe más lúcida, interiorizadora, comprometida y exigente. Estas mujeres quieren hacer realidad en sus vidas la Palabra de Jesús: “Si alguien tiene sed, que venga a Mí y beba… De su seno brotarán ríos de agua viva!” (Juan 7, 37-38). Como Jeremías, como Jesús, ellas sienten que el fuego de la fe arde sin consumir, purifica y libera, ilumina y serena. Es un fuego que revela, que abre a otra dimensión, tanto de la vida como de la fe. Esta manera de entrar en la Palabra, de gustarla y de asimilarla, produce una serie de efectos. Por un lado, suele alejar de ritos y celebraciones vacíos de contenido y de escasa significación para la vida de fe. Por otro lado, suele despertar una necesidad vital de conocer y de interiorizar la Palabra. No se trata, en primer lugar, de un conocimiento técnico, literario. Se busca ante todo un conocimiento espiritual. No hay duda de que el conocimiento técnico de la Palabra puede ayudar. Pero lo que estas mujeres buscan es entrar en un camino que las lleve al descubrimiento de la voluntad del Dios Viviente, Padre de Jesús, que llama, convoca, consagra y envía. De esta manera el corazón creyente queda transformado, plenificado. Es la espiritualidad de la comunión filial con el proyecto del Padre. Es la espiritualidad que está atenta a la vida del barrio tal cual es. Es la espiritualidad comprometida en la búsqueda de caminos de mayor dignidad y solidaridad. Es una espiritualidad más ‘laica’ que ‘religiosa’, como la vida misma. Estas mujeres ya sienten que las culturas actuales, y las que se avizoran, van a necesitare de los creyentes una ayuda eficaz para darle a la vida y a la vida de fe todo su valor para defenderla y promoverla en todas sus dimensiones. Esta experiencia de la Palabra lleva, como de la mano, a repensar y a recrear las formas tradicionales de la ‘iniciación cristiana’. Las mismas mujeres señalan, con alegría y firmeza, el carácter histórico de sus experiencias. Sienten que sus vidas se hunden en las experiencias fundantes de las generaciones creyentes de su cultura: “la fe de nuestros padres y de nuestros abuelos”… suelen decir. Ahora agregan la fe de nuestros Padres de la Historia Bíblica, tan marcados por el “fuego devorador”: Moisés (Éxodo 3, 1-6), Jeremías (20, 9), el Salmista (17/16 y 65/66), Jesús (Lucas 12, 49), la Iglesia naciente (Hechos 2, 3-4)… (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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