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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

identidad pastoral

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PARADOJAS SOBRE IDENTIDAD ECLESIAL Y ACCIÓN PASTORAL
ESTEBAN VILLAREJO, seglar, doctor en Ciencias Políticas, profesor de la Universidad Complutense y colaborador de la Carlos III.
MADRID.

ECLESALIA, 15/12/06.- Durante un cierto tiempo, ha habido una paradoja que me llamaba la atención. Algunos pastores de la Iglesia española parecen empeñados en crear espacios para transmitir la fe. Ese esfuerzo se proyecta en gran medida sobre el Estado, pues entienden que Dios debe ser reconocido en la sociedad secular, y por ello en la organización de la Educación, la regulación jurídica de la familia, la subvención a las confesiones religiosas (o al menos, a la verdadera…), y otros. La paradoja que comentaba reside en que, al mismo tiempo, una parte de esos pastores no son tan conocidos por esforzarse en difundir el mensaje mismo de Jesucristo. A menudo se desperdician medios existentes en la Iglesia, y en algunos casos en la sociedad secular, para anunciar el Evangelio, y cuando se aprovechan es para difundir la doctrina cristiana de manera fragmentaria, superficial y fría.

La razón de que escriba estas líneas es que me parece haber descubierto algo que explica esa paradoja. Probablemente, por debajo del comportamiento citado, se da una extraña permanencia de ese tipo de religiosidad y de acción pastoral que desde Kierkegaard se acostumbra a denominar “Iglesia de Cristiandad”. En el ámbito de la Iglesia Católica y desde la perspectiva de nuestra religión, el diagnóstico ha de variar del aportado por el autor danés. La clave fundamental de ese tipo de Iglesia es una “praxis” que se asienta sobre esa herejía llamada “Fideísmo”. La doctrina católica combate esa concepción, pero gran parte de la religiosidad y actividad eclesial que dominan la Iglesia de Cristiandad, descansa sobre el postulado de que la Fe corresponde a un ámbito totalmente separado del entendimiento humano, y la razón esta totalmente ausente de su obtención. La participación humana en la difusión de la fe ha de consistir exclusivamente en la afirmación de la misma, sin necesidad de argumentaciones racionales. Desde ese punto de vista, la enseñanza y testimonio de la comunidad eclesial es comparable a la de otros contenidos de cultura; es decir, de vigencias que son patrimonio de una sociedad y se viven y transmiten sin necesidad de justificación ni razonamiento. Algunas de las creencias sociales que constituyen la cultura son justificadas posteriormente, sobre todo a través de la educación, o en el seno de la familia. Sin embargo, en la mayor parte de los ámbitos de socialización que participan de la Iglesia de Cristiandad, esa justificación “a posteriori” no se da. Lo que sí suele hacerse es tratar de reforzar la convicción de los individuos por medios externos. Sobre todo, suelen emplearse tres medios que se compenetran mutuamente. En primer lugar, se intenta conseguir que el resto de la cultura dominante sea congruente con la fe y la refuerce, integrándose en lo posible con ella. Eso incluye ya parcialmente un segundo instrumento, que es el estímulo de la sensibilidad, la imaginación y la afectividad. En tercer lugar, se cultiva la fe como profundización en sus contenidos, pero sobre todo como adhesión a dichos contenidos. Esa adhesión pasa a través de una mezcla de confianza en la Iglesia y sumisión a la misma. Por tanto, se cultivan estos sentimientos, y otros que forman parte de ellos o los facilitan, tales como la subordinación y la conciencia de lo sagrado, con la Iglesia como administradora de esa sacralidad.

¿Cómo cultivar esos sentimientos, de tal modo que se logre una adhesión sólida a la Iglesia, o lo que ha de entenderse casi como sinónimo, su jerarquía? En gran parte, reforzando la visibilidad, autoridad y confianza en la infalibilidad de dicha Iglesia. Como acaba de mencionarse, todos esos aspectos se encarnan de manera casi equivalente, en la jerarquía, y en derivación de ella, del clero. En la “Iglesia de Cristiandad”, el concepto de autoridad que se incorpora a la doctrina de Jesucristo no es el que dimana realmente de dicha doctrina, sino el propio del mundo secular, dominado durante mucho tiempo y en muchos lugares por un ejercicio absoluto del poder y una sociedad estamentalizada.

Decíamos que la adhesión a la fe requería estimular la veneración, y eso se perseguía (probablemente de manera más bien subconsciente) a través de una exaltación de la autoridad y la sacralidad, y un estímulo de la subordinación y la admiración en el llamado “pueblo fiel”. Eso encubría una tentación para los protagonistas; o más bien, tres: las que ya Luzbel propuso a Jesús en el desierto. Nuestro Maestro las superó, y siguió una trayectoria de humildad, sencillez, pobreza y entrega a la verdad. Su predicación no perseguía sólo una adhesión superficial, son una profunda conversión. Dios se entregó al hombre, y elevó a éste de una manera inaceptable para la “Iglesia de Cristiandad”. Jesucristo reservó junto a sí un protagonismo para el hombre en su consagración de toda la realidad al Padre. Es más: en muchos campos se abstuvo de intervenir o señalar criterios, dejando que fueran sus hermanos pequeños los que ordenasen esos ámbitos de realidad con base en el amor. Por ejemplo, si ha habido una sociedad en la cual casi necesario tomar una opción política (que, al mismo tiempo, tenía grandes repercusiones en materia religiosa), esa era el Israel de tiempo de Jesús. Sin embargo, Jesucristo, de manera totalmente explícita, se abstuvo de tomar opción, para dejar ésta a responsabilidad del hombre.

Otra de las características sorprendentes de la doctrina y hechos de Jesús, fue que en una gran proporción disolvió el sentido de lo sagrado, y lo sustituyó por un sentido totalmente nuevo acerca de la santidad. La sacralidad implicaba un respeto y subordinación extremos ante la divinidad. Eso exigía un distanciamiento respetuoso frente a ella. Esas actitudes se aplicaban a espacios, objetos y otras entidades, los cuales eran consagradas o reconocidos como propios de Dios, y por lo tanto, requerían el respeto, y a menudo abstención de uso, por parte del hombre. Jesucristo seculariza casi todos esos espacios y objetos, y sustituye la sacralidad por la adoración, amor y entrega profundos por parte del hombre hacia Dios. En esa entrega, el hombre debe reconocer su indigencia, pero al mismo tiempo reconocer y agradecer el don de una gran dignidad por parte de Dios.

La mayor expresión de toda esa revolución por parte de Jesucristo, quizá sea la Eucaristía. Jesucristo sustituye los sacrificios antiguos, impregnados de sentido de sacralidad, por una actualización de su propio sacrificio. Ahora bien, aunque Él es el protagonista principal de ese sacrificio, como Cordero inocente inmolado en homenaje al Padre, invita a participar en ese sacrificio al hombre, y le da la oportunidad de que aporte también su ser y su actividad en adoración y amor al Padre. Jesucristo convierte el altar en una mesa, o quizá toma una mesa y la convierte en un altar. Sobre ese medio de adoración y de comunión, en primer lugar se ofrece al Padre, e invita a sus discípulos a unirse a su sacrificio. Luego, se ofrece a éstos en compañía y alimento.

Una de las características que señalaba Kierkegaard en la “Iglesia de Cristiandad”, era que difundía una concepción superficial, deformada y mundanizada del Cristianismo, y con ello hacía difícil descubrir éste. Uno de los puntos en los cuales suele concretarse eso, es en la percepción de la bondad de Dios, y de su amor por el hombre. La “Iglesia de Cristiandad” tiende a suscitar adhesión hacia sí misma, y con ello hacia la fe. Para ello, necesita compensar la bondad de Dios con la justicia; y de manera correlativa, el amor a Dios, con el temor. Gran parte de los sentimientos y actitudes que proceden hacia Dios, es procedente que se dirijan también hacia la Iglesia, y más en concreto hacia la jerarquía. Por tanto, carece de sentido ahondar en expresiones de Jesucristo tales como “A nadie llaméis padre…”, o “El que quiera ser el mayor de entre vosotros…”, o la valoración de la pobreza, la humillación o el dolor. Los valores que proceden son los que todavía están presentes en tantas expresiones y actividades de la Iglesia. Por ejemplo, pensemos detenidamente en el tratamiento “ilustrísimo y reverendísimo señor”. Afortunadamente, ese tipo de exaltaciones de vanidad se han eliminado ya casi totalmente en la sociedad secular. Sin embargo, siguen cultivándose en muchos ámbitos de la Iglesia de Jesucristo.

Perdóneseme un “excursus” tan prolongado. Al principio se decía que parece existir una paradoja: hay pastores que parecen dedicar muchas energías a reivindicar espacios sociales para la evangelización, pero emplean pocas a evangelizar. La explicación quizá haya de comenzar reconociendo que están afectados por una nostalgia en parte consciente y en parte infraconsciente hacia la “Iglesia de Cristiandad”. En el caso de España, algo de ese tipo de Iglesia se hizo realidad durante la Dictadura del General Franco. En un intercambio de favores muy beneficioso para las dos partes, Franco apoyó a… (¿deberá decirse que “a la Iglesia”, o se trataba de otra cosa?), y la jerarquía a Franco. Con ello, la Iglesia española se hizo cómplice de muchos miles de asesinatos por razón de conciencia. Asimismo, de la persecución y encarcelamiento de muchas otras personas por razones de constitución biológica o psicológica, opinión o afirmación de otros derechos elementales. Esos asesinatos y violaciones de derechos no fueron simplemente tolerados. La jerarquía reconoció al dictador privilegios tan vergonzosos como la participación en el nombramiento de obispos, u honores como ser acompañado bajo palio en el interior de los templos.

Algún tiempo después, la jerarquía actual, engendrada por parte de aquella por cooptación directa o sucesiva, realiza pronunciamientos tales como negar al Estado democrático la facultad de regular la Educación cívica en razón a que dicha disciplina tiene implicaciones morales, y la institución que posee verdadera capacidad para identificar en toda su pureza las normas morales que deben regir la convivencia es la Iglesia.

El adjetivo “reaccionario” suele aplicarse a concepciones o personas que aspiran a situaciones sociales que han quedado superadas de manera irreversible por la Historia. En España hay algunos pastores que, probablemente, no aspiran a tanto, pero apoyan al partido y sectores neofranquistas, y tratan de obstaculizar el paso a un Estado secular.

Esa ralentización es posible. De hecho, hasta el presente la Jerarquía eclesiástica ha lentificado en forma considerable la modernización política. Ahora bien, hay un tipo de evolución social que es mucho más importante, y para la cual los medios comentados no sólo resultan impotentes, sino que son contraproducentes. Se trata de la evolución hacia una sociedad multicultural, pero en la cual hay dos focos de cultura muy poderosos, y aparentemente antagónicos: un racionalismo muy intenso y, al mismo tiempo, un hedonismo muy profundo. Curiosamente, la acción corporativa de la jerarquía eclesiástica, está fomentando esos valores a través de un apoyo indirecto pero eficaz en el plano práctico, al Liberalismo. En las sociedades poco evolucionadas, la cultura suele influir en la estructura social, mucho más que a la inversa. Sin embargo, en las sociedades desarrolladas y abiertas desde el punto de vista cultural, suele ser la estructura social la que influye sobre la cultura dominante, más que a la inversa. Concretamente, ese dispositivo de organización social que es el mercado ejerce una gran influencia sobre la cultura. Concretamente, la mayor parte de la población -y especialmente los jóvenes- dedican la mitad de su tiempo hábil a producir, aplicando a ello un gran esfuerzo y racionalidad. Esa tensión está motivada en gran parte por la competencia social. El mercado obliga a una rivalidad sistemática y habitual.

Ahora bien, el esfuerzo y racionalidad que se aplican por los individuos a la producción y venta, están dirigidos a conseguir medios adquisitivos para consumir y disfrutar. El mercado mismo se sirve de un instrumento dirigido específicamente a reforzar esas aspiraciones, que es la publicidad. La resultante final es que otra parte muy importante del tiempo hábil de muchos individuos, se dedica a disfrutar, y en forma crudamente hedonista.

¿Qué puede hacer un cristiano ante ese tipo de sociedad? En primer lugar, convertirse a Jesucristo; en segundo lugar, ayudar a otros a convertirse. Para ambas cosas, hay que empezar repasando el itinerario racional que culmina en la invitación a la fe. Luego, tras ir de la razón a la fe, hay que ir de la fe a la razón, como dijo con otras palabras San Agustín: hay que profundizar en los contenidos de la fe, pues el amor se alimenta con el conocimiento.

Si el comportamiento citado se practica a escala colectiva, estaremos construyendo un tipo de Iglesia muy distinta de la llamada “de Cristiandad”. Se trata de cumplir la petición de Jesucristo a sus discípulos, de difundir su mensaje de amor a todo hombre y toda mujer. Él nos ha prometido su gracia, y afirmó de una manera extrañamente categórica: “Todo el que es de la Verdad, escucha mi voz”.

Ahora bien, para predicar la verdad a los que son de la verdad, tenemos que tratar de serlo también nosotros. En ese sentido, resulta evidente que una parte de nuestros pastores, carece de credibilidad. Todo cristiano ha de solidarizarse en el testimonio de que Jesucristo ha resucitado. Eso exige credibilidad, y es obvio que algunos pastores la han perdido. Hay muchos de nuestros contemporáneos que son personas veraces y honestas, y se escandalizan de la inconsistencia y deshonestidad de algunos pastores. Inclusive, algunos comportamientos les llevan a recordar las invectivas de Jesús hacia los grandes sacerdotes y religiosos de su tiempo.

Pidamos al Señor que tenga piedad de la Iglesia de España, y nos dé luz, humildad y fuerza para cumplir su misión. Asimismo, que ilumine a nuestros pastores, de tal modo que se hagan ejemplo de fidelidad, veracidad y honestidad para quienes formamos parte de la Iglesia y para los de fuera.

Ojalá mucho de esto se haga realidad en el nuevo Año. Antes de terminar, permítaseme un ruego: si alguien piensa de manera distinta a lo expresado, le agradecería mucho me haga llegar sus apreciaciones a través de la dirección de correo electrónico evillarejo@gmail.com . Sería estupendo que la realidad fuera mejor de lo expuesto. En cualquier caso, lo que resulta evidente es que Dios es bueno y poderoso. Quiere al hombre, y por ello actúa en su Iglesia. Pidámosle que nos permita reconocer su voluntad y nos dé fuerza para seguirla. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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