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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

desacralizar

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‘DESACRALIZAR ES HUMANIZAR, HUMANIZAR ES DIVINIZAR’ *
JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, herrero.pozo@telefonica.net

ECLESALIA, 05/12/06.- “Vivir la fe cristiana en una sociedad laica”, al igual que los títulos de las otras tres ponencias, si no me equivoco, encierran un contenido semejante, el de la secularización. Pero ¡tranquilos! que seguro que no nos vamos a repetir.

Secularización es un término polisémico, incluso ambigüo. Designa tanto el humo del infierno que se está introduciendo en la iglesia, según los conservadores, como el tomar en serio la exclamación de Dios ante su creación recién salida del horno “¡Qué cosa más estupenda! (“Y vio Dios que todo era bueno”). En esta segunda clave “secularizar” –que tomo como sinónimo de “desacralizar”- sería más bien –pese a las apariencias-, un proceso especialmente positivo y urgente, una fase previa imprescindible para hacer justicia a Dios reconociendo tanta belleza de su obra ensombrecida por ciertas religiones como la nuestra. Algo semejante a cuando se quita la costra de horrorosos yesos pintarrajeados que ensucian la bella piedra de una ermita románica. En este sentido pedí a los organizadores que precisaran el contenido de esta charla añadiendo “La secularización, garantía básica para recuperar el mensaje de Jesús”. Y esto suena a que a Jesús nos lo tienen secuestrado, grave acusación contra las instituciones cristianas actuales. A mi entender, un cristiano debiera ser pura y simplemente un seguidor del Maestro de Nazaret, sin más. Todos los demás añadidos a lo largo de 20 siglos han sobrecargado, deformado y ensuciado, en cierta medida, el proyecto inicial. Secularizar es, pues, retornar al bello “saeculum” originario, al cosmos salido de las manos del creador que Jesús restaura con su intuición y su estilo de vida. (Nunca es tarde. En una historia de algunos millones de años, 20 siglos son como un día. Tal vez estemos todavía en la prehistoria del movimiento cristiano…).

1. “Y vio Dios que todo era bueno”

No quiero ser arrogante y tenéis derecho a una explicación.

Mi tesis básica sería: nuestra religión católica es un monumental ‘gran relato’ mitológico que hemos interpretado como historia sagrada, como intervención sobrenatural y selectiva (¿no es toda ‘elección’ una arbitrariedad?) en los avatares del mundo. De esta suerte creyendo sacralizar lo profano hemos ocultado y desvirtuado su originaria grandeza. Ahora bien ¿no fue Dios mismo quien exclamó en esos orígenes “¡qué obra más estupenda!”? Pues bien, opino que lo sigue siendo.

Es cierto que, muy pronto, se asustaron los humanos a la vista de sufrimientos, desastres y males sin cuento y como no los podían endosar a Dios (otras culturas crearon un Dios del Mal) la tradición hebrea los atribuyó a algún pecado humano ‘original’ (simple mito cuyo único contenido razonable es la precariedad humana y el carácter evolutivo de la persona, inherentes a su finitud). Dios habría de poner remedio si no se resignaba al fracaso de su obra. Ya conocemos el resto de la historia sagrada: Dios inicia una larga serie de ‘remiendos’ (intervenciones) que culmina haciéndose personalmente hombre en Jesús de Nazaret. Tampoco es nada original. Todas las mitologías de todas las culturas se han afanado por explicar como en dibujos animados los grandes interrogantes del mundo: cómo, por regla general, los dioses hacen de entrada bien las cosas, cómo los humanos desbaratan el tinglado, cómo aquellos lo recomponen o no lo recomponen. El talante mágico de la mente en su estadio infantil no tiene otra forma de expresarse. Y ahí seguimos.

¿El pensamiento mágico? Así es. El prestidigitador en el circo saca un conejo blanco de su chistera delante de los ojos atónitos de los chiquillos. Los mayorcitos sonríen ya maliciosamente; la cosa tiene truco. Un sombrero no puede dar lugar a la aparición de un conejito. No cabe en su “ser” y posibilidades. Por eso la magia consiste en desbordarlas, para explicar lo desconocido, en conseguir lo que la naturaleza de las cosas no alcanza. De ahí que sólo en el circo o en el teatro sea posible hacer magia. Salvo, claro está, en el ámbito de lo religioso que es el que ha afrontado siempre lo desconocido: ahí sigue vigente la magia: ante lo que desconocemos y nos preocupa siempre podemos recurrir a fuerzas superiores, a Dios siempre le será dado transgredir las leyes que él mismo ha establecido. Es connatural recurrir al gran mago del universo. En el ámbito de lo ‘natural’ creemos que nos valemos nosotros. Para ‘lo sobre-natural’ está Dios.

Este binomio natural-sobrenatural coincide prácticamente en el imaginario religioso cristiano (y no sólo en él) con el de profano-sagrado. Lo profano es lo natural y tiene como agente explicativo a la naturaleza o al ser humano mientras que lo sagrado es sobrenatural y sólo está en poder de Dios. También estos conceptos pertenecen a lo más originario de la comprensión humana de las cosas. El hombre primitivo se sentía desconcertado, desbordado, incluso amenazado por multitud de realidades peligrosas, el rayo, el trueno, el mar infinito, la acción del sol, el surgir de la vida, etc. Detrás de ese inmenso mundo de lo desconocido e incontrolado sólo vislumbraba una explicación: lo numinoso, los dioses, los espíritus, Dios. El mundo y Dios, lo natural y lo sobrenatural, lo profano y lo sagrado. Éstas son, en forma simplificada, las coordenadas de la religión.

En el marco de esta cosmovisión reducida a lo esencial se sitúan casi todas las culturas religiosas de la humanidad. Los humanos se sienten dependientes de fuerzas que no controlan y que, con frecuencia, los amenazan. El recurso a lo numinoso –lo llamen como lo llamen- es inevitable sea para hacérselo propicio y granjearse su protección sea para hacerlo cómplice de sus proyectos o ambiciones. Pero lo numinoso, Dios, es invisible, inasible, lejano, impredecible, exterior a la vida de los hombres, fuera del mundo. Es, en una palabra, necesario contar con él pero inaccesible. Ahí precisamente se abre el espacio de lo sagrado que entraña un ámbito de realidades de mediación para acercar las dos orillas, la del mundo y la de lo supracósmico. El conjunto de tales realidades de intermediación, diferentemente articuladas, constituye ese mundo de lo sagrado que es la religión: imágenes y conceptos de Dios, tiempos de especial relevancia religiosa, espacios reservados, ‘altos lugares’, edificios o templos, personas sagradas (adivinos, brujos, chamanes, curadores, gurús, sacerdotes…), ritos de conexión con lo divino (ceremonias religiosas, purificaciones, procesos de iniciación, música sagrada, procesiones, peregrinaciones, ofrendas, sacrificios, exvotos). El ámbito de lo propiamente sagrado maneja, sin duda, plurales elementos intramundanos y humanos pero el conjunto constituye un mundo aparte, segregado, consagrado para una única función: acercarse a la divinidad y conectar con ella. Nunca se insistirá bastante, Dios es el misterio extramundano, pertenece a y permanece en las “afueras” del ser conocido. Este es un eje de la religión, al menos en todo occidente. Es una visión dualista, no dialéctica. El Uno y lo Múltiple permanecen irreductiblemente separados.

En esta misma cosmovisión si sitúa la cultura hebraica a cuyos inicios bíblicos aludí hace un instante y que ahora explicito muy brevemente. Ello permitirá destacar la inflexión sorprendente y decisiva que se produce en la experiencia de Jesús. Por desgracia será efímera y malograda en los aspectos más originales: sus seguidores retornarán a la dicotomía profano-sagrado y será necesaria la convulsión de la Ilustración para que se inicie a tientas el proceso de secularización que, si no me equivoco, en estos momentos comienza los dolores del parto. Cuando la iglesia se siente interpelada más seriamente por la modernidad y comienzan a clarear sus filas apenas consiente en hablar de reformarse. No advierte, sin embargo, que no se trata de una época de cambios sino de un cambio de época.

En la Biblia Dios creó al ser humano, varón y hembra, como colofón de toda su obra en un Edén por el que Dios se paseaba al atardecer y conversaba con la feliz pareja. La teología interpretó esta situación inicial –al igual que otras culturas- como un estadio de perfecta felicidad llamado a alcanzar la visión gozosa de Dios sin pasar por el mal físico ni moral, ni siquiera por la muerte. La teología posterior distinguió bienes preter-naturales y sobre-naturales… Sólo una prueba impuso Dios a nuestros progrenitores y éstos no pasaron la ‘reválida’ y perdieron tanto lo preternatural (se instaló la inclinación al mal, el dolor, la muerte…) como lo sobrenatural, el destino a la felicidad eterna en la visión gozosa de Dios cara a cara. El ser humano quedó reducido a su dimensión puramente natural. Sin tanta elucubración teológica, los hebreos eran conscientes de su precariedad, como todas las culturas, aunque siempre confiaron en la salvación de Dios que formularon en términos de Alianza y de Promesa, por más que tales conceptos evolucionaran según los vaivenes de su historia.

La conciencia religiosa de Israel, pues, sitúa una promesa de salvación a renglón seguido de la culpa y en tales coordenadas de contraste entre pecado y esperanza teje su experiencia vital a lo largo de los siglos en una cosmovisión religiosa en la que se articulan elementos prestados de los pueblos vecinos y experiencias espirituales de sus mejores hombres y mujeres. Al igual que todos los otros pueblos su credo y organización religiosa manejaron parecidos elementos de mediación en su relación con Dios: tiempos, espacios, sacerdotes, ritos sagrados. Cayendo, por descontado, en excesos y adulteraciones religiosas bastante semejantes a otros pueblos. Vuelvo a insistir en la necesidad de repasar con nuevos ojos el mundo religioso de Israel y su vulgar sensibilidad en el ámbito religioso para que nos sorprenda el contraste revolucionario que en este punto como en otros representó el Maestro galileo.

2. La desacralización-secularización jesuánica

En efecto, Jesús –sin teorizar, con su simple vivencia- rompió todos los moldes si bien ni siquiera sus discípulos percibieron todo el alcance del cambio. Prueba de ello es que pocos años después de la muerte de Jesús los vemos enzarzados con encono en si religión sí o religión no y en qué medida, a propósito de la circuncisión y de ciertos alimentos.

Jesús aparece en los evangelios como un laico muy laicista; tan laico que rayaba no sólo el ‘anticlericalismo’ sino la herejía. Para el clero local fue un escándalo provocador. No parece que se hayan conservado participación alguna en fiestas, culto o celebraciones propiamente religiosas que jalonaban los años de un judío piadoso. Transgredía con descaro ritos de purificación, tenía duras palabras sobre el templo y anunciaba su destrucción, ‘ninguneaba’ en buena medida, incluso transgredía ante el pueblo el sacrosanto descanso sabático, profería acusaciones terribles (hipócritas, razas de víboras, sepulcros llenos de podredumbre) contra los clérigos y sacerdotes; y una lista interminable de desaires contra lo más sagrado. ¿Cómo se ha podido ver en semejante personaje un fundador de religión? El templo de Jerusalén era, sobre todo, intocable pero él anuncia su ruina. Una clave de tal comportamiento se nos ofrece cuando a la pregunta trampa de si, dado por obvio el deber de adorar a Dios en un templo, éste debería ser el de Jerusalén (de los judíos) o el monte Garizin (de los enemigos samaritanos), Jesús sentencia y desconcierta: ni en uno ni en otro, es decir, en ningún templo, sólo ‘en espíritu y en verdad’. En el momento supremo en que expira en la cruz el evangelista añade misteriosamente que el cortinaje que ocultaba la zona más sagrada del templo se rasgó. Varios apuntes muy significativos, insólitos y desconcertantes en que sus seguidores traducen el impacto que les produjo el giro revolucionario de la desenvoltura de Jesús frente a lo religioso y sagrado. Actitud no sólo desmedidamente secularizadora sino casi antirreligiosa.

Pero hay más: como era obvio en una sociedad tan teocrática Dios era el centro absoluto de todo. Si algo esperaban de aquel gran profeta sus coetáneos era una palabra sobre Yaveh, más decisiva que la de cualquier profeta anterior. Pero Jesús, una vez más, los desconcierta, como diciéndoles: No tanto ‘Señor, Señor’ y más preocupación por los desgraciados marginados. Le preguntan por el gran mandamiento de la religión y, cumplida la respuesta tradicional, él añade algo que no le habían preguntado, el segundo mandamiento que él equipara al primero, “ama al hermano”. Hasta el punto que el cuarto evangelista subraya vigorosamente “cómo pretendéis amar a Dios que no veis si no amáis al prójimo que veis”. El icono definitivo del Dios inefable de Jesús es el prójimo. Cuando alguien apuesta seriamente por el semejante está aceptando a Dios aunque niegue su concepto. Todo esto significa poner la religión tradicional “patas arriba”. Hoy se habría condenado a Jesús como laicista, relativista reduccionista, modernista. Sin duda, fue el desacralizador primero y decisivo, en mi opinión, del cosmos y de la historia.

Y aunque esta vivencia religiosa tan extraña en aquel tiempo y contexto debió desconcertar sobremanera a sus amigos, no cabe duda que hizo mella en ellos: progresivamente se alejaron de la ortopráxis cultual judía sin contaminarse por ello con los cultos egipcios, helénicos y romanos. En cierto modo se quedaron como en tierra de nadie. ¿No llegaron incluso a ser tachados de ateos? Bien considerado y ponderado, me atrevería a afirmar que este conato desacralizador de Jesús, por ser prematuro, no pudo tener continuidad. Sembró, sin embargo, una semilla que por extraños vericuetos de índole cultural fructificó en el Renacimiento y la Ilustración y que, pese a ello, sólo hoy dos o tres siglos después nos es dado retomar. La de Jesús fue sin lugar a dudas la mayor revolución religiosa de fondo de la historia. Y posiblemente hasta hoy no la hemos advertido.

En efecto, los comienzos del movimiento cristiano antes de cristalizar en iglesia fueron por más significativos. Lo culturalmente normal habría sido que los primeros cristianos, una vez distanciados del Templo y la sinagoga, hubiera conservado los nombres de templo, sinagoga y sacerdote para designar los nuevos lugares de culto y dirigentes propios de diversas funciones. No fue así. Tuvo que ser especialmente deliberado el hecho de evitar la nomenclatura y laicizar las manifestaciones religiosas manteniéndolas dentro de los muros de las casas particulares. Para sus líderes emplearon términos no religiosos o cúlticos sino de función: servidores de las viudas y de las mesas (diáconos), supervisores (epíscopos), dirigentes ancianos (presbíteros)… Para dar gracias a Dios (eucaristía) y compartir la comida (fracción del pan) se reunían en los domicilios las pequeñas asambleas (iglesias) domésticas, presididas por el dueño o dueña del hogar. Había quedado claro “ni en el templo de Jerusalén ni en el monte Garizín sino en espíritu y en verdad”. El seguimiento de Jesús, el ser cristiano, consistía en impregnar la verdad más humana de la vida ordinaria del espíritu y estilo de comportamiento del Maestro. Aquello no era una nueva religión sino vivir a tope en el mundo aunque de forma profética, “sin ser del mundo”. Plenamente “seculares” tal como vivió Jesús, volcados en los huérfanos, las viudas, los pobres, los enfermos… A ningún hambriento le faltaba un trozo de pan en la mesa común, en el ágape fraterno.

Este amago de desacralización (amago por su brevedad), probablemente el primero en la historia religiosa, respondía a una intuición vital intensísimo de aquel “rabino” desconcertante. Algo tan sublime, cercano y permanente que, después de su muerte, lo afirmaron resucitado, es decir vivo y presente, íntimo y actuante por la fuerza de su Espíritu. A partir de aquel momento sobraba cualquier mediación o sacralización de lugares, ritos y personas. “Destruid este templo, refiriéndose enigmáticamente a su cuerpo, y yo lo levantaré en tres días”. Sólo tenemos un único y definitivo Sacerdote porque lo es “para siempre” (carta-homilía a los Hebreos). No existe más liturgia que la de la vida (única mención neotestamentaria). La desacralización-secularización es total. Y, por consiguiente, acabó la religión en el sentido clásico. Sólo queda la “vida santa”, manifestada externamente y comunitaria. Bien leída la carta a los Hebreos ¿cómo pudo tener lugar la posterior sacralización sin que constituyera una grave traición a Jesús?

3. Paganización sacralizadora

La traición objetiva –no hablo de intenciones- tuvo lugar. Salir de las catacumbas y aceptar rápidamente el engreimiento del triunfo, los honores, riquezas y poder del Imperio fue la gran tentación a la que sucumbió, en especial, la clase dirigente del movimiento cristiano.

Aquellos “epíscopos”, pobres diablos de una secta hasta entonces denostada humildemente vestidos no advirtieron la trampa cuando el Emperador les envió carruajes lujosos para reunirlos en el “concilio” que, como la cosa más obvia del mundo, él había convocado con fines políticos. Sin darse cuenta aceptaban la dinámica del Summus Pontifex, Constantino, título religioso pagano del que no tardaría en apropiarse el “epíscopo” de Roma. Se iniciaba un proceso incoherente, sumamente contradictorio porque convergían paganización de las costumbres con sacralización de las instituciones y expresiones de la fe. Con la elevación a religión oficial, la Iglesia cristiana comenzó a deslizar hasta embarrarse pronto en los lodos de la obsesión ortodoxa profusa en especulaciones, en la intolerancia dogmática de definiciones y anatemas, al mismo tiempo que la decadencia de las costumbres evangélicas se traducía en el abandono del catecumenado (instrumento de conversión real) síntoma del debilitamiento de la ortopraxis, en la adopción de títulos honoríficos, boato en vestiduras y ceremonias, desmedido enriquecimiento institucional, conqueteo con el poder temporal, etc.

Cualquier cristiano cultivado puede rastrear el progresivo deterioro eclesial de fondo en la historia, paralelo a la recuperación de la primacía de las mediaciones religiosas que el giro copernicano jesuánico había orillado. Se erigen grandes templos, vuelve un sacerdocio jerárquico como en el A.T. o en el paganismo, se teje una maraña de normas y leyes que se recopilan en monumentales compendios, las expresiones exteriores de la fe se codifican en complejas liturgias que luchan cada una por la hegemonía sobre el resto, se recubre y cuadricula el territorio en dominios de jurisdicción y de rentas…Por decirlo gráficamente la mesa de comidas fraternas se deforma en altar de sacrificio, los servidores del pueblo se erigen en jefes y, en una palabra, el movimiento de Jesús degenera en cristiandad con proselitismo combativo, incluso violento. Dudo que exista en la historia un mayor proceso de sacralización paradójicamente paralela a un grave deterioro de las costumbres. La alianza de la cruz y la espada logra que los imperios y reinos políticos se estructuren como teocracias. Los monasterios salvan el saber si bien lo subordinan totalmente al dominio teológico, etc. El peso de semejante historia es tal que es justo ser indulgente con la crispación y el temor de la iglesia oficial actual a la secularización que pretende reconocer la autonomía del mundo y de lo humano, la adultez de los creyentes, distinguir lo sagrado de lo evangélico, entender la relatividad de cualquier religión, el urgente compromiso samaritano y político de la fe, potenciar la radicalidad jesuánica precisamente en momentos de pérdida de relevancia sociológica.

Ha quedado señalado anteriormente el estrecho parentesco entre el binomio profano-sagrado y el natural-sobrenatural. El punto de arranque está ahora en la distorsión que el mito del “pecado original” provocó en la cosmovisión religiosa cristiana. Aquella caída rebajó la condición humana a una situación meramente ‘natural’ (por simplificar un poco). Pero Dios retoma su obra y la re-crea en función de la descendencia o, más bien, ‘descendiente’ especial de Eva.. A fin de preservar y subrayar la gratuidad de estos nuevos dones divinos se llegó a contraponer la gracia a la naturaleza, lo sobrenatural a lo natural, la salvación a la creación (recordemos el “mirabilius reformasti”). Es importante advertir hasta qué punto la noción tradicional de pecado original es un elemento clave que inficiona la cosmovisión cristiana entera. Rebajar lo humano por el pecado (sin contar el dualismo platónico) es la forma de prestigiar lo divino. Ahora bien, semejante tradición que llega hasta nuestros días no encuentra ningún apoyo en el comportamiento de Jesús ni en los evangelios de las primeras comunidades. Responde más bien a la desafortunada especulación paulina, salvo que Pablo no pretendiera, como hará Agustín, transformar el mitologema en realidad histórica

No confundir secularización con paganización.

La obsesión jerárquica contra el proceso de secularización-desacralización confunde los planos a causa del pensamiento teológico clásico que estamos denunciando. Es verdad que las iglesias se vacían, pero esta deserción tiene que ver, en parte, con una intuición saludable: no es en el templo donde se encuentra al Dios de Jesús. Cierto que parece implicar la quiebra del mundo de los valores. Pero también aquí habría mucho que matizar. En buena parte está saliendo a la luz lo que ya existía: había mucho cristiano sociológico que, falto ahora de los andamios de la religiosidad ambiental, se distancia de las mediaciones religiosas porque su corazón no estaba realmente convertido. Las autoridades religiosas deberían caer en la cuenta de dónde se sitúa la mala secularización: en un materialismo individualista e insolidario que sacrificando al mercado, al hedonismo y al consumismo desaforado consiente en aumentar el número ingente de víctimas de la miseria y del hambre y en poner seriamente en peligro nuestro hábitat común, el bello planeta azul. Los ejemplos del desenfoque oficial de los mismos valores morales aparecen todos los días en los “media”: para el Vaticano parece más grave que Israel consienta una manifestación gay que su genocidio reciente en el Líbano y todavía porsistente en Gaza. Por ahí habría que alzarse contra la mala “secularización”.

La otra (secularización), como pérdida de prestigio social, de poder institucional, de sumisión de las conciencias, como derrumbe de la parafernalia cultual, es un bien inapreciable para los seguidores del Maestro.

4. Inflexión y cambio de época: autonomía y secularizad

Pues bien, la raíz del mal es ya secular en la confusión entre cristianismo y cristiandad. A causa de la concepción sacral, la Iglesia fue incapaz de entender primero el aviso de la Reforma y posteriormente el de la Ilustración. Malgastó lo mejor de sus fuerzas combatiendo lo que le hubiera permitido no sólo salvar el Evangelio sino coger el tren de la modernidad. Sólo en el Vaticano II se produce una inflexión en parte de la jerarquía. Otra parte logra colar en los textos conciliares parte de las viejas recetas dando lugar a ambigüedades que han permitido a los dos últimos pontífices acometer la desastrosa involución que conocemos.

El punto axial de la Ilustración, el que es irrenunciable, sin renunciar nunca a acrisolar los desajustes de una razón prometéica que ha desembocado en el capitalismo salvaje y depredador, es el descubrimiento de la autonomía del cosmos, libertad humana incluida. Con esta rápida reflexión final sacamos las conclusiones de este pequeño ensayo.

Para comprender la secularidad es preciso entender con exactitud lo que encierra el término autonomía del cosmos que se ha ido perfilando desde el pensamiento ilustrado. ¿Qué es, cuál es su fundamento, cuál su amplitud? Sólo entonces entenderemos que la realidad de Dios, por sí misma, no precisa de la religión (ni Dios es inventor ni garante de ninguna), aunque ésta se justifique por necesidades de la condición humana que se manifiesta en comunidad. Nuestro punto de arranque es una noción depurada de creación evolutiva.

La creación es una forma creyente –no mágica- de apostar (libremente) por la dimensión intrínseca de lo trascendente en el cosmos. El creyente cree que el cosmos se fundamenta con ultimidad en la Realidad fontal, Dios, se entienda como se entienda. Prescindimos de los parámetros espacio-temporales del cosmos: si tuvo un comienzo temporal o si tiene límites espaciales. Sólo afirmamos con el término clásico “contingente” que el mundo no ofrece en sí mismo la raíz última de su existir y de su sentido. Y sin embargo, salvo que no optemos por el nihilismo y el absurdo, una gran parte de seres inteligentes se niegan a incurvar y encerrar al cosmos sobre sí mismo cuando, al contrario, parece exigir una fundamentación última. Tal es la opción creyente reducida a lo esencial. Éste sería el único salto de fe que impregnaría en profundidad toda vivencia existencial de la persona. Cualquier otra fe es innecesaria. Ésta es la opción fundante (de toda postura religiosa auténtica) y aunque es siempre don divino ofrecido a la conciencia, no hay que entenderlo como un añadido privilegiado sobre-natural. Consiste en el simple ejercicio correcto y honesto de la libertad.

Así formulada, la creación es simplemente la complementariedad por la que se entiende la relación ontológica entre Dios, existencial necesario y perfecto, y el cosmos como existente contingente y limitado (aunque pudiera ser eterno). Al afirmar que el cosmos es creado estamos simplemente diciendo que todo existente “no-Dios”lo es “desde-Dios” en su intelección y sentido últimos. Lo dicho excluye tan sólo una autonomía del cosmos en este nivel ontológico radical. Pero hay otra autonomía que negarla sería tanto como negar la realidad del propio cosmos como distinto (no distante) de Dios.

He creído necesaria esta mínima consideración de corte estrictamente metafísico para centrar el tema en lo esencial y evitar todo equívoco posterior. Ahora ya podemos recurrir a la inagotable riqueza de la mente humana y de sus vivencias creyentes universales para entender cómo la metafísica, con corazón, se traduce en poesía y mística.

La fe así entendida se identifica con las experiencias o vivencias creyentes de todas las culturas en las que la persona afirma conceptual y/o vitalmente (es decir, en la vivencia ética) lo trascendente numinoso.

Esta postura religiosa básica, así depurada, en su relación al misterio de Dios se despliega concretamente, tanto si es afirmación conceptual como, sobre todo, si es vivencia espiritual comprometida, en un proceso en apariencia contradictorio pero en realidad dialéctico: afirmación y negación (apofática), presencia y ausencia, “consolación” y “desolación”, claridad luminosa y noche oscura, inmediatez y alejamiento…

4.1 Presencia de Dios

No somos deístas. Dios no hace existir el cosmos para dejarlo luego como hace el artesano relojero con su obra de arte. El cosmos entero sólo existe colgado, impregnado de Dios. Dios es el máximo presente, “interior intimo meo” afirmaba tan felizmente Agustín de Hipona. Una realidad no habitada por Dios desaparecería en su existir. No existe ni se puede concebir mayor presencia. Hasta el punto que el panteísmo, “experiencia” tan extendida en la humanidad y del que se acusó a los místicos, designa probablemente más que la identidad la vivencia de unión de lo creado con el creador. La creación es la verdadera encarnación. Se pueden multiplicar las metáforas, aunque sean simples balbuceos del misterio: cristal puro transido de luz, Diosa Madre eternamente preñada del cosmos…Otra imagen sería la del alma o principio vital de un viviente que si pudiese separarse del cuerpo (que no lo puede) éste dejaría de ser lo que es.

Ni siquiera el pecado separa de Dios porque la conciencia culpable existe también “desde-Dios” aunque lo rechace. (De tal modo que la llamada gracia santificante no es un sobrenatural añadido al hombre natural sino el reconocimiento vital de la inhabitación divina).

Decíamos que los místicos son los que más acusadamente viven esta cercanía de Dios. Sin embargo es importante preservarse de la ilusión. A veces se confunde la presencia de Dios y la virtud con una agitación o exaltación de las neuronas. El peligro no es menor. No dudo que el “caer en la cuenta” y sentir de forma especialmente viva la presencia de Dios puede acompañarse de una exaltación neuronal. Pero tal estado neuro-psicológico no añade un ápice de valor espiritual a la persona. El sentimiento de consolación o desolación no tiene que ver con la virtud. De ahí su ambigüedad y peligro. De ahí la genialidad de Jesús al poner la “regla de oro” del amor a los hermanos –algo que debe poderse constatar- como el único test indudable del amor de Dios. Convicción especialmente fuerte en las comunidades de Juan que se manifiesta en el Evangelio y las cartas. No menos que en el llamado “juicio de las naciones” de la comunidad de Mateo (Mt 25).

Conviene recordar la orden veterotestamentaria de no hacerse imágenes de Dios. En realidad, sólo el hermano es el auténtico icono de Dios.

Esta reflexión relativiza sobremanera toda mediación entre Dios y la persona,sólo el hermano es lugar de mediación. ¿Qué entidad le queda, pues, a la religión tradicional, a las mediaciones religiosas, a lo sagrado, en estas coordenadas? Enseguida lo veremos.

4.2 Ausencia de Dios

Al mismo tiempo que Dios puede ser vivido como el gran Presente, si depuramos la creencia y la vida espiritual de elementos mágicos, casi siempre nos encontraremos en la penumbra que precede a la noche oscura. “Negra Luz” se titula un interesante libro de Lombardi Vallauri (ed. Tirant lo Blanch) que subraya con vigor el apofatismo (el hecho de que no conocemos a Dios). Dios es desconocido e inefable. “A Dios nadie lo ha vista” se decía en la comunidad de Juan. Hay que afirmar lo que no es pero después pocos pasos se pueden dar a la hora de decir algo sobre Dios. “¿Dónde te escondiste, amado?” se lamentaba Juan de la Cruz. La vida del cristiano, no sólo del agnóstico, trascurre a la intemperie y en la semioscuridad. Espiritualmente vivimos más veces en ‘desolación’ que en ‘consolación’. En cualquier caso, no conviene fiarse demasiado de los sentimientos en la relación con Dios.

El colmo es ya cuando descubrimos que Dios, aunque existe, es casi una realidad ‘inútil’. Pese a ser la realidad fontal y fundante y el último dador de sentido (S. Ignacio pedía confianza absoluta como si todo dependiera de Dios), en la práctica hemos de actuar ‘como si Dios no existiese’, ‘como si todo dependiera de nosotros’ completaba el mismo Ignacio.

La ausencia de Dios es el espacio providencial que él mismo deja a nuestra responsabilidad. Cuando el papa Ratzinger preguntó retóricamente a Dios dónde estaba en Auschwitz, Dios le podía haber respondido ‘dónde estabais vosotros; dónde y cómo estáis ahora en el tercer mundo, y en el Líbano y en Irak…’

Entendida así se puede hablar de la ‘inutilidad’ de Dios porque ha dispuesto de tal modo la creación, esa creación continua que es la evolución de la historia, que se niega a ser un Dios intervencionista: no está presente ‘para sacarnos las castañas del fuego’. No es eso la auténtica providencia. La verdadera providencia de Dios es la responsabilidad humana, palabra clave donde las haya. En medio de los elementos y fuerzas de la naturaleza que no logramos domesticar es nuestra responsabilidad la que construye el Reino de Dios. De ahí que sea tan urgente redescubrir la primacía de la conciencia. Vivir con una conciencia despierta (consciencia) y comprometida (libertad) es la clave de bóveda del quehacer humano. Dios no interviene porque ya nos ha puesto a nosotros como pilotos de la nave de la historia. Dios se ha entregado en el acto creador como Don definitivo y total y sólo de nosotros depende la medida de la acogida, el abrir al que ‘está a la puerta y llama’ (Apoc.). Es infantil imaginar a Dios como necesitado de retocar sobrenaturalmente el cosmos después del “chanchullo” de Adán y Eva como si se tratase de un actor, de una causa al estilo de las nuestras. En el único acto creador el Don de Dios se da por entero en aquel minúsculo núcleo de energía del big-bang preñado de toda la evolución posterior. En ese Alfa está ya el Omega.

Baste algún ejemplo.

- la ‘revelación sobrenatural’. En las posibilidades de la conciencia humana está entregada toda la capacidad de desvelar a Dios. O más bien en la interacción de las conciencias. Sin duda, las conciencias se fecundan en la historia unas a otras con sus respectivas experiencias espirituales, y de modo muy especial con la de Jesús. Esa es la Revelación y no hace falta ninguna otra posterior con nuevos contenidos inaccesibles supuestamente a la mente humana.

-Si la presencia de Dios en el ser es casi rayana en la concepción panteísta por constituir la estructura radical de su existencia, es decir, si dicha presencia es la máxima pensable ¿qué añadiría aquella mágica “presencia real” de un pan y vino consagrados? Sólo la vivencia sincera del símbolo de la comida compartida entre hermanos puede ‘desde el lado’ del ser humano ampliar la capacidad de respuesta al amor que ‘desde Dios’ es don absoluto.

- ¿No es más relativa de lo que pensamos la importancia de las Escrituras, simples formulaciones balbuceantes, a veces erróneas, de las experiencias de conciencia de los hombres y mujeres de Dios? Estamos demasiado acostumbrados a recurrir a la Biblia como instancia definitiva de verdad. Es una muestra más de nuestro concepto mágico de la revelación. La Biblia no es “Palabra de Dios”, como acostumbramos a decir sino ‘palabra humana’, palabra de una conciencia humana que ha vivido una experiencia de Dios y en la cual los otros miembros de la comunidad creyente se reconocen.

Estos y otros muchos ejemplos nos hablan de esas mediaciones (doctrinas, sacramentos, instituciones) que constituyen propiamente la religión. Todas deben someterse al espíritu crítico y al sentido común como a crisol en el que vaya desapareciendo la ganga dejando sólo el oro de la adoración ‘en espíritu y en verdad’.

5. Ninguna religión, sólo Dios es sagrado

Con las siguientes conclusiones, simplee esbozo del camino por andar, descubrimos el alcance de la inanidad y falsedad teológica de la cerril obcecación jerárquica contra la secularidad. La posmodernidad tiene, sin duda, un lado preocupante, el materialismo hedonista y avaro y la pérdida de sentido, pero tiene un lado positivo central: nada es sagrado y absoluto salvo Dios y el icono que es a ‘imagen y semejanza’, la persona, en especial la más desprotegida.

La Ilustración inició el proceso de desacralización que nos toca completar. Los reyes no disponían de la investidura de Dios (sólo el pueblo es sujeto de poder). Los ángeles no mueven los astros que responden a sus propias leyes. La oración no nos garantiza la lluvia pese a las isobaras ni las bendiciones preservan nuestro ganado de la enfermedad sino las vacunas. Ningún dogma tiene la garantía de la infalibilidad que sólo es de Dios y éste calla. Ningún creyente es más ‘asistido’ por el Espíritu en sus creencias que otro. El Espíritu no sopla donde quiere sino donde le dejan y, desde luego, no suple la mediocridad temeraria de nuestros jerarcas. Los sacramentos son siete o veintisiete o dos –los que necesitemos- aunque ninguno es de invención divina. “Nadie es santo –dijo Jesús sin excluirse- sino sólo Dios”. “No llaméis a nadie padre, ni maestro…”. “Los jefes de las naciones dominan…¡nada de tal entre vosotros”. Ni el Templo de Jerusalén, ni el del monte Garizín, ni la más bella y monumental catedral, ni la colina del Vaticano, ni la humilde ermita del pueblo…son lugares sagrados, todos son vanidad pagana y mágica. El Pueblo de Dios, la Iglesia, con fronteras (no canónicas) sólo de Dios conocidas son todos los creyentes –sin distinción de tropa y casta sacerdotal- incluso los que contradicen su ateísmo con la praxis solidaria y fraterna. Ningún organismo eclesial o simplemente religioso está avalado por el Altísimo; todos son instituciones humanas, sólo válidas en cuanto traducen una experiencia espiritual activa y solidaria. Y, por supuesto, ningún Derecho Canónico urge en conciencia por encima de la conciencia (aviso a divorciados respecto a la Eucaristía)…Al cristiano le basta como camino el estilo y opción de vida de Jesús.

Por retomar lo dicho con palabras más teológicas: Dios no precisa, ni garantiza, ni soporta como sagrada ninguna mediación religiosa. Sin embargo, no todas sobran si no se absolutizan. Al contrario, la condición humana –ella, no Dios- necesita expresarse individualmente y manifestar comunitariamente su fe, con palabras, símbolos, cánticos, procesiones… pero, sobre todo, compartiendo el pan con los más pobres y haciendo de la comensalidad eucarística el símbolo comprometido, no una adormidera litúrgica.

La Iglesia siempre será nuestra gran familia de la que nadie nos puede excluir pero todas sus estructuras actuales, mentales, morales, jurídicas, organizativas, jerárquicas, además de no responder a las exigencias del Evangelio hoy lo obstaculizan. Por eso decimos con Tillich “Jesús resucitará de la tumba de (esta) Iglesia”. Otra Iglesia es posible. Caminante, no hay camino, pero se hace camino al andar. En eso estamos. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

- - -> * Texto de la ponencia impartida en la Semana Andaluza de Teología el 24 de Noviembre 2006 en Málaga


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