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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

razón de piel

EN TODO SEMEJANTE A NOSOTROS EXCEPTO EN EL... SEXO
Las razones de la piel
EMMA TORRALBA, emmatorralba@yahoo.es

ECLESALIA, 13/06/06.- Hoy es el dichoso Código de Brown, ayer fue La última tentación de Scorsese, antes Je vous salue Marie de Godard, en el pasado El evangelio según Jesucristo del Nóbel Saramago. Y siempre, el mismo argumento de fieles ofendidos: todas estas obras de ficción niegan la divinidad de Jesús. La importancia del agravio bien merece unas líneas de reflexión: ¿cuándo se traspasa la frontera que mancha la naturaleza humana haciéndola incompatible con la condición divina?

“En todo semejante a nosotros” afirma el himno kenótico de Filipeneses (Flp 2, 7) o la carta a los Hebreos (Heb 4,15). El Concilio Vaticano II nos ayuda a concretar el misterio de la encarnación en términos cotidianos: “(El Hijo de Dios) Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre” (GS nº 22). Dejando para otra ocasión el estudio sobre el carácter evidentemente androcéntrico de la declaración vaticana, no parece que el trabajo, la inteligencia, la voluntad e incluso el amor sean incompatibles con la divinidad de Jesús. Entonces, insistimos: ¿cuándo lo humano se hace pecado?, ¿será cuando el hombre –por seguir con el lenguaje excluyente- se hace insolidario?, ¿es cuando el hombre agrede a su hermano que se convierte en pecador?, ¿el pecado es una declinación de especulación urbanística, saqueo de recursos naturales, explotación infantil...? o ¿el pecado será pasar de largo mientras el prójimo agoniza al borde del camino? No parecen ser éstas las preocupaciones que convocan a los creyentes heridos a las puertas de los cines; la razón es siempre una y la misma: la condición divina se niega cuando el sexo aparece en escena.

Aunque en el universo de lo políticamente correcto nadie defendería en público una afirmación tan burda como “el sexo es pecado”, la identificación entre sexualidad y ofensa a Dios está grabada a fuego en el inconsciente colectivo de los/las católicos/as; hasta el punto de haberse convertido en una “razón de la piel”. ¿Qué es una “razón de la piel"?... cerrad los ojos, imaginad por un momento el portal de Belén, visualizar la cara sudorosa y pletórica de María, ved entre sus piernas un recién nacido escurriéndose como una anguila entre sangre y placenta, observad los torpes movimientos de José anudando con la cinta de sus sandalias el cordón umbilical momentos antes de cortarlo. ¿Qué os ha dicho vuestro cuerpo? ¿El estómago os ha dado un pinchazo? ¿Habéis sentido repugnancia al imaginar a María en el trance del parto? ¿Os ha turbado la escena? Esas son las razones de la piel, las que hacen que lo que para muchas de nosotras ha sido la experiencia más maravillosa, trascendente, animal y divina de parir un hijo, proyectada sobre María se convierta en un acto herético y pecaminoso. ¿Hace falta seguir escuchando a la piel imaginando a Jesús haciendo el amor con una mujer? ¡Blasfemia!, gritarán los guardianes de la ortodoxia; ¡belleza y expresión sublime del amor! decimos otras que nos negamos a definir nuestras relaciones sexuales desde la paranoia machista y concupiscente del bendito san Agustín.

Esa repugnancia al sexo anclada en los fondos abisales de la conciencia católica es la que en última instancia justifica la exclusión de la mujer de la presidencia eucarística, la imposición celibataria al sacerdocio masculino, o la prohibición del uso del preservativo. ¿Cómo manchar la pureza inmaculada de la Eucaristía mezclándola con los cuerpos de Evas seductoras y libidinosas? No hay razones teológicas para que las mujeres no puedan ser sacerdotisas, los curas puedan contraer matrimonio, o el sexo se practique sin jugar a la ruleta rusa; sin embargo, las silenciosas “razones de la piel” siguen imponiendo la tiranía del miedo inconsciente.

Hoy es el dichoso Código, mañana será otro libro, una película, una canción, un cuadro, quien pondrá en pie de guerra la piel de los dicasterios, quien despertará al dragón dormido de los precipicios inconscientes, ese monstruo que eunucos por el reino de un cielo de ángeles asexuados han ido alimentando día a día durante más de veinte siglos; largo psicoanálisis para tanta represión. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


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