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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

en adviento

VIVIR EN ADVIENTO
La esperanza escatológica en una cultura antiutópica
JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Profesor de Moral Social Cristiana
VITORIA-GASTEIZ.

ECLESALIA, 14/12/05.- Vivir hoy el adviento y vivir en adviento, no es fácil; es difícil. El mundo en el que somos ciudadanos, nuestro querido mundo, no invita a expectativas como la de Jesús y su Dios. Sus esperanzas son de corto alcance y plazo. Se tienen que sustanciar en salud, dinero, ocio y familia. Con todo, el mundo, nuestro querido mundo, merece muchas críticas, pero no nos ensañemos con él y menos verlo como si nos fuera ajeno. Estamos llamados a reconocerlo en tantas y tantas cosas, y, a la vez, a compartir sincera y cada vez más atrevidamente lo que no vemos bien. Pero eso sí, desde dentro, sin creernos con una carga de valores y normas que como nuevas filacterias y orlas adornan nuestro vestido, imponiendo pesadas cargas a la gente sencilla (Mt 23, 1-12). ¡Cómo nos ronda la religión de “la ley y el clericalismo” a la hora de comprendernos!

Y es que “te doy gracias, Señor del Cielo y de la Tierra, porque has revelado estas cosas a la gente sencilla” (Lc10, 21-24). Por eso evangelizar es vivir y contar el misterio de la misericordia de Dios como buena noticia ofrecida, regalada, celebrada y consoladora: “Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha” (Salmo 32, 2-3).

En medio de las idas y venidas diarias, nuestro cristianismo no espera en serio al Hijo, y el mundo no espera a menudo más que el próximo puente festivo. Se podía leer en el metro de París, y decía eso mismo, “en un mundo tan absurdo, lo único verdaderamente importante consiste en pensar dónde pasaremos las próximas vacaciones”. En medio de la insoportable levedad del mundo, rememorando a Milan Kundera, y con todas las condiciones propias de una sociedad neoliberalmente gestionada, el anuncio del Evangelio, la Buena Nueva del Reino de Dios, el anuncio significativo de la persona, la vida y las palabras de Jesús, el Cristo, las bienaventuranzas, constituyen un anacronismo cultural. Y, sin embargo, para nosotros sigue siendo el meollo de la misión evangelizadora.

Debemos reconocer este conflicto de fondo, antes de pensar en otras causas reales, pero menos decisivas a la hora de valorar las posibilidades y dificultades de la evangelización. Por eso decimos que el Concilio Vaticano II, el genial Vaticano II, no percibió esta novedad cultural. Nosotros debemos hacerlo y, tras considerarla, confiar sin titubeos en que anunciar la Buena Nueva de Jesucristo, íntegra y significativamente, al hombre y la mujer de hoy, es un reto hermoso e inexcusable. Reconocida aquella dificultad, lo hacemos con nuestra sinceridad y coherencia de vida, y con coraje, libertad y sencillez, con el atrevimiento de la sencillez: “Te doy gracias, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado estas cosas a la gente sencilla” (Lc 10, 21). Esta fuerza interior va a ser más necesaria que nunca.

Tengo para mí que estamos ante uno de los momentos más difíciles para la evangelización. Os acabo de decir por qué. Porque nos encontramos, por primera vez, ante destinatarios que, en muchas cosas, no tienen conciencia religiosa, no la reconocen en su intimidad. En el inicio mismo del cristianismo, tan difícil, los destinatarios eran judíos o paganos, pero siempre con una conciencia religiosa. Por primera vez estamos ante gente que, culturalmente, no aprecia la respuesta religiosa ni como inquietud personal. Sólo quería mencionar esta dificultad tan nueva, no conduciros al desánimo. “Bendito seas, porque si has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla”. Pero hay que saberla, para no dar palos de ciego y creer que de modernizar un poco la cara del clero y otro poco las eucaristías, esto sería otra cosa. No, el asunto es distinto. Algunos huyen hacia el pasado, y no les va mal, pero ¿son cristianismo de Jesús, o también, y más, religión a la medida de la nueva burguesía? El asunto tiene que ver, según creo, con la conversión del cristianismo a los Pobres, o sea, al Dios de los Pobres, y tiene que ver, también, con la conversión de la cultura a los mismos Pobres, o sea, a quienes constituyen sus víctimas y desecho. Estoy convencido de que el discurso religioso y, por ende, la evangelización, sólo recobrará sus verdaderas oportunidades, hablo más de calidad que de cantidad, si apuesta, claramente, por una realidad social, cultural y moral de corresponsabilidad planetaria, de todos con todos, en la justicia, la solidaridad, la moderación y la sostenibilidad. No me atrevo a proclamar, sin más, con Jon Sobrino, rememorando a Ellacuría, que la "salvación" nos viene de la "civilización de la pobreza". No me atrevo, todavía. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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