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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

levantaré la tienda

del '¡LEVANTAOS, VAMOS!'al LEVANTARÉ LA TIENDA

BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ

TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 15/04/05.- El lunes 18 de abril comienza el cónclave. No es un día cualquiera: me llama la atención que coincida con la catequesis Levantaré la tienda, programada desde el inicio del curso para el lunes 18 y el miércoles 20 de abril. La anima el sacerdote Jesús López, pastor de la Comunidad de Ayala (www.comayala.es).

“Volver a la tradición” era el título del artículo de César Rollán, fundador y director de Eclesalia, publicado el pasado día 8. Nos recordaba que hay que volver a los orígenes. Esa fue la apuesta del Concilio Vaticano II: poner en el centro de todo a la Palabra, escuchándola en el fondo de los acontecimientos personales, sociales y eclesiales. Volver a la tradición de Jesús y de los profetas. Volver a la tradición de la experiencia de fe de la primera comunidad cristiana de Jerusalén, vigilada y perseguida por los selectos del “círculo amurallado”; los mismos que basan su confianza más en la seguridad de los dogmas y en los 1.752 cánones del derecho canónico, que en la escucha, en libertad, de la Palabra. Volver a las comunidades de Pablo, el perseguidor convertido en el apóstol de la libertad cristiana.

“La curia tiene miedo a los laicos, a las mujeres y a los pobres”, declaraba Leonardo Boff a Juan Arias (El País, 11/05/05). Boff es uno de los muchos teólogos, y creyentes, silenciados por Juan Pablo II, posiblemente asesorado por Ratzinger y el núcleo duro del “círculo amurallado”. Y es paradójico que Juan Pablo II sea el pontífice que, ante las cámaras del mundo, gustó mostrarse como el ejemplo de los grandes gestos de cercanía y de diálogo con los de fuera. También Pedro y Juan, “hombres sin instrucción ni cultura”, fueron amenazados y conminados por el Sanedrín a guardar silencio; pero ellos se defendieron: “Digan ustedes mismos si es justo delante de Dios obedeceros a vosotros antes que a Dios. Nosotros no podemos dejar de contar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,13-21). Esto, casualmente, se leía en todas las Iglesias el 2 de abril, el día que murió Juan Pablo II.

Leonardo Boff iluminaba diciendo que la verdadera teóloga de la familia fue su madre, una mujer no instruida que se maravillaba de que los teólogos eclesiásticos no vieran a Dios cuando ella, analfabeta, sí lo veía. Es lo mismo que confesaba Pilar Bellosillo (a prophetic woman) al cardenal Pironio en su profético “Viaje a Roma”, que aconsejo leer (www.wucwo.org): “¿Qué pasaría si en Roma, en lugar de tanta ley y tanta teología de hombres, se escuchara la Palabra y se discerniera a la luz de la Palabra?”. (Juan Pablo II, al saludarla, reconoció a Pilar; una de las pocas mujeres presentes en el Concilio).

San Pablo advirtió que Dios ha escogido a los locos y a los débiles del mundo para confundir a los sabios y a los fuertes: lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios (1Co 1, 27-28). Los profetas hablan del Resto de Israel, los humildes, cuyos caminos son desviados por el ejemplo de los que viven del altar (Am 2 6-12). El profeta Sofonías habla del humilde Resto de Israel: no cometerá injusticias ni hablará falsamente; y no se encontrarán en su boca palabras engañosas (So 3,12-13).

No pasó desapercibido que Juan Pablo II exhalara su último ultimo aliento, justo en medio de la eucaristía que va del sábado al domingo, donde estaba casualmente la lectura de Hechos de los Apóstoles (2,42-47) hablando de la primera comunidad cristiana: “la página más importante” –el alma- del Concilio Vaticano II”. La que alentaba la renovación de la Iglesia tras siglos de cristiandad imperial, que Juan Pablo II parecía querer restaurar. Parecía un flash de luz, un examen, a su pontificado; tan identificado con su máxima: “¡Levantaos, Vamos!”. Me surge la pregunta de si era un eslogan masivo, y efectivo, para ganarse a las masas; o si era una llamada a levantar la tienda caída de David. Hay motivos suficientes para pensar que la Curia romana, las nunciaturas y los palacios episcopales se encuentran más identificados en la seguridad que produce el modelo de la sinagoga bien montada de la que habla Casaldáliga, que a la intemperie del Espíritu, el modelo de la primera comunidad cristiana.

“Id al pueblo, desatáis la asna y el pollino y traédmelos... decís que el Señor los necesita pero que enseguida los devolverᔠ(Mt 21 2-3). Es todo lo que pedía para su único viaje “triunfal”: sin recepciones oficiales. No consta que lo recibiera el alcalde; menos el gobernador; ni ningún representante del palacio episcopal; ni nadie del clero. Y menos un Jefe del Estado. Sólo la clase baja. “Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió”. Y lo primero que hizo fue entrar el templo, armándose la de Dios es Cristo cuando arremetió contra sus mercaderes. Así empezó su ministerio en Jerusalén, clausurándolo con su muerte en la cruz, no en la cama. Cuando lo prendieron, presionados por las autoridades religiosas, muchos de quienes le entonaron el ¡Hosanna al Hijo de David¡ desparecieron, o cambiaron de bando; y hasta su más fiel escudero negó, tres veces, conocerlo. Murió más solo que la una. No tuvo exequias, ni funerales masivos. Ningún eclesiástico y ningún delegado de la autoridad local estuvo en su entierro. Ningún periodista local para tomar una simple nota. Hasta se olvidaron y se callaron sus milagros. Hubo de pasar un tiempo, unos cincuenta días, para que un pequeño resto se pusiera de acuerdo y, por fin, con ayuda extra, invisible, dar testimonio público de Él.

Aquel borriquillo “prestado” a Jesús, con los años, para ganar en prestigio, evolucionó hasta convertirse en un pura sangre, a juego con el Imperio. Juan Pablo II fue un pontífice con grandes dotes para relacionarse; no tuvo reparo en decir que, de lo más importante de sus viajes, era su encuentro con los poderosos de la tierra porque así se acrecentaba el prestigio la Iglesia (Juan Arias). Y los poderosos de la tierra han respondido, al unísono, rindiéndole un último homenaje con su presencia (y grandes declaraciones) en la gran misa solemne de funeral en la sede de Pedro. La Iglesia Institución se ha sentido potenciada con su presencia, codo con codo, ante el altar. Pero no olvidemos que ante la tentación idolátrica, disfrazada de fe en el Señor, el Señor mandó escribir esto a Isaías: el humo del incienso me resulta detestable. Novilunio, sábado, convocatoria: no tolero falsedad ni solemnidad... aunque menudeéis en la plegaria yo no oigo. Vuestras manos están llenas de sangre (Is. 1,13-15).

Hay que contrastar si tanto exhibicionismo mediático de la agonía, muerte, y post-muerte de Juan Pablo II, facilitado y fomentado por el Vaticano, es una sinfonía de dolor cuya música está escrita en la partitura del evangelio. “El Papa (agonizante) ya ve y toca al Señor”, dijo el cardenal Ruini en la catedral de Roma ante las máximas autoridades políticas italianas. Era como la gran coda final para esa sinfonía del dolor. Pero, ¿Cómo compaginar esa experiencia de resurrección y a la vez montar una exhibición cuasi-idolátrica del cadáver? La papolatría, y las misas solemnes de funeral, con los poderosos de la tierra junto al altar como anfitriones privilegiados, no encajan mucho con la música del evangelio. Proclamar la resurrección encaja más con una eucaristía de acción de gracias, vivida en la sencillez, que con tanta misa de funeral. Al parecer, Juan Pablo I no tuvo esas exequias de “funerales de Estado”, y no pasó nada. Se ha puesto en evidencia el doble lenguaje de la Iglesia Institución. Se ha sucumbido de nuevo a la tentación del poder, denunciada por Jesús la primera semana de la cuaresma. Y ha sido precisamente a la primera gran ocasión, justo una semana después de celebrar la Pascua.

¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis también a mi Dios? Esta palabra de Isaías, dirigida a la casa de David, (Is 7,10) se leía en todas las Iglesias el día 4 de abril, en pleno tsunami de “riturgias” y adhesiones pasionales clamando por la inmediata canonización de Juan Pablo II. Se ha puesto de manifiesto aquel dicho del cura Jesús: “muchos son los bautizados, pero pocos los evangelizados”. “Hemos gastado muchas energías en edificar el cristianismo: es la hora de hacer cristianos”, decía, siendo arzobispo de Milán, el cardenal Carlo María Martini.

Todas las cartas al director publicadas el 7 de abril en el diario El Mundo, hablaban del papa Wojtyla, ensalzando su figura excepcional. Pero, de paso, la mayoría aprovechaban para arremeter contra Zapatero, la vicepresidenta del gobierno español y la sentada antirreligiosa de algunos diputados. Pero me quedo con una, titulada El lado oscuro de un papado excepcional; entre otras cosas decía: multitudes hambrientas de ídolos lo han idolatrada y lo seguirán haciendo (...) ha resistido a los poderosos posicionándose contra las grandes dictaduras... Pero ha hecho retroceder a la Iglesia (...) murió con exhibiciones patéticas de incomunicación, él, precisamente él, gran comunicador... Sin voz, enmudecido, como él enmudeció a tantas voces honestas, heroicas... Dios, en el que creo, pienso que le hizo expiar sus pecados...

El libro El día de la cuenta. Juan pablo II a examen recoge este detalle del funeral de Albino Luciani, el antecesor de Wojtyla: “El funeral estuvo pasado por agua. Desde la consagración a la comunión un violento aguacero cayó sobre Roma. En el improvisado altar, el cardenal decano Carlo Confalonieri (le temblaban las manos) tenía dificultades para leer las oraciones del misal, cuyas páginas agitaba la borrasca. Más de una vez, pareció que el viento iba a apagar el alto Cirio Pascual, símbolo del Señor resucitado. Pero las páginas mojadas del misal permanecían abiertas por el evangelio de San Juan, precisamente por ese pasaje que recuerda para siempre la misión y las negaciones de Pedro. El que tenga oídos para oír, que oiga”.

Ante el próximo cónclave cuyos prolegómenos están siendo tan celosamente blindados al pueblo creyente -un pueblo del que se acuerdan que existe a la hora de las estadísticas triunfalistas, las que cuentan para exigir mayores asignaciones del Estado- parece que todo está atado y bien atado. Todo está previsto. Sin embargo, en la misa de despedida de Juan Pablo II, un detalle llama la atención: el viento que agita el rojo de las vestiduras cardenalicias iba pasando las páginas del misal depositado sobre el ataúd, deteniéndose en algunas unos momentos; hasta que lo cierra totalmente.
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