Blogia
ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Denuncia

catequistas y retribución

LOS CATEQUISTAS Y LA RETRIBUCIÓN ECONÓMICA
Cuestión de justicia y no de libre contribución

JUAN PABLO GASME* juanpablogasme@yahoo.com.ar
BUENOS AIRES (ARGENTINA).

ECLESALIA, 17/05/05.- Estamos transitando tiempos de reacomodación económica, donde los distintos grupos de trabajadores tratan de ajustar cada vez más su situación a los nuevos indicadores económicos. “Vamos saliendo de la crisis” dicen algunos, expresando más bien una situación particular y no tanto la condición general. En la esfera social (y en los medios de comunicación) se va instalando como tema prioritario la cuestión salarial: en la Argentina post-devaluación el costo de vida a cambiado y llegar a fin de mes es cada vez más complicado. Tal vez en muchos países esté sucediendo lo mismo (¡!).

En un primer vistazo, puede parecer que ésta situación tiene poca relación con la catequesis y con los catequistas, tal vez porque no se ha considerado seriamente el tema de la retribución económica. Nos parece que es tiempo de hacer un primer planteo del asunto...

1. Aproximándonos al tema

No se trata de una problemática exclusivamente “económica”, sino que se relaciona, por un lado con una perspectiva pastoral (ya que se pone en juego la calidad del trabajo catequístico), y por otro, con una cuestión de justicia (en lo referente a la responsabilidad de la comunidad sobre el catequista, ya sea parroquial o escolar).

1.1.- La remuneración de los catequistas parece ser un tema tapado por algunos supuestos; o, peor, por el olvido de la condición laical de la mayoría de las personas que llevan adelante la catequesis.

Al parecer, no existen muchos documentos que aborden la cuestión globalmente, o por lo menos parecen no muy difundidos. Hemos encontrado algunos[1] que mencionan el tema. De ellos utilizaremos, para estas reflexiones, los criterios que aparecen sobre el asunto que nos ocupa.

1.2.- Es importante enmarcar estos planteos en el nuevo contexto social y pastoral. En un proceso de cambio época con grandes transformaciones culturales (Marcelo González), frente a la crisis del sistema catequístico (E. Alberich), y teniendo en cuenta la apremiante nueva evangelización (Juan Pablo II) que se propone la comunidad eclesial, se pueden vislumbrar las nuevas exigencias que la tarea de la catequesis presenta a los varones y mujeres que le dedican su tiempo. Podemos destacar: la necesidad de formación permanente y actualización, de reflexión sobre la cultura de los destinatarios, mayor preparación de las propuestas, una espiritualidad más profunda y encarnada, más trabajo de planificación en equipo... En síntesis, mayor eficacia y calidad en la tarea de educar en la fe.

1.3.- Decíamos más arriba que la mayoría de los catequistas son laicos. Y en este punto es necesario recordar lo específico de la vocación laical: su presencia en el mundo. Se afirma que su identidad es ser hombres de Iglesia en el corazón del mundo y de hombres del mundo en el corazón de la Iglesia para enriquecer la comunidad. Por la mayor toma de conciencia de la importancia de esta vocación (y por la crisis de agentes pastorales consagrados) afloran los movimientos apostólicos laicales y su compromiso eclesial en diversos ministerios y servicios dentro de la Iglesia. “Pero es en el mundo donde el laico encuentra su campo específico de acción. Por el testimonio de su vida, por su palabra oportuna y por su acción concreta, el laico tiene la responsabilidad de ordenar las realidades temporales para ponerlas al servicio de la instauración del Reino de Dios. En el vasto y complicado mundo de las realidades temporales, algunas exigen especial atención de los laicos: la familia, la educación, las comunicaciones sociales. Entre estas realidades temporales no se puede dejar de subrayar con especial énfasis la actividad política...” (Documento final de Puebla 789 – 791)

Es necesario recordar que los laicos encuentran el sustento económico en la tarea que realizan por su oficio o profesión, y que las actuales condiciones de “flexibilización y precarización laboral”, que el sistema neoliberal ha generado, hacen este propósito (sostenerse materialmente) cada vez más difícil. En este contexto es que creemos más urgente plantear una reflexión acerca de la retribución económica de los catequistas que ocupan gran parte de su tiempo (o su tiempo completo) a la catequesis... Pensamos también en aquellos llevan adelante esa tarea vocacional y profesionalmente: nos referimos también a los docentes catequistas escolares.

La Congregación para la Evangelización de los Pueblos afirmaba en 1993, en la Guía para los Catequistas -haciendo referencia a los catequistas remunerados por la Iglesia, en particular los que tienen una familia a su cargo- que “la cuestión crucial es la proporción entre lo que reciben y las exigencias de la vida”. Podríamos plantearlo de otra manera diciendo que hay una desproporción entre lo que se recibe (si es que se recibe algo) y las exigencias de la vida. Esto tiene algunas consecuencias.

1.4.- A muchos catequistas se les hace imprescindible desempeñar otros trabajos para completar los ingresos y sostener los gastos mínimos de la vida cotidiana, por lo cual destinan poco tiempo a la catequesis, dejándola como actividad secundaria: de esta manera la tarea suele realizarse con poca preparación, no menos apuro y, a veces, con improvisación. En suma, se abandona el objetivo primero de responder a las nuevas exigencias de la situación de crisis catequística y se enfrentan ineficazmente los desafíos...

2. Dos imaginarios en torno al tema

Existen muchos imaginarios y exageraciones, entre los cuales señalaremos dos que terminan siendo contraproducentes para la finalidad de la catequesis, y no permiten pensar adecuadamente la cuestión económica:

- “La catequesis es un apostolado”: si bien es cierta la motivación vocacional y el carácter apostólico, puede que esta consideración pese como un “deber” que clericalice[2] al laico y pierda de vista las demás exigencias de su vida o desequilibre los esfuerzos por responder adecuadamente a cada una de ellas, relegando cuestiones fundamentales. No es difícil encontrar personas que, después de sobrellevar mucho tiempo una situación de agotamiento pastoral y por las demandas naturales de las tareas personales, terminen por abandonar la catequesis y “desentenderse” de todo compromiso evangelizador.

- “La catequesis es cuestión de buena voluntad”: detrás de esta absolutización puede esconderse un cierto espiritualismo que desconoce el carácter educativo de la catequesis, olvida la necesidad de la formación permanente de los catequistas (en las tres dimensiones del ser, el saber y el saber-hacer del catequista). Para este tipo de pensamiento, no es prioritaria la capacitación ni la actualización permanente, de lo cual se sigue la poca importancia dada a la búsqueda de los medios económicos necesarios para llevarlas a cabo. Una posible consecuencia es la de sostener procesos técnicamente inadecuados e ineficaces, que ayudan poco a crear comunidades de fe más madura y de talla adulta. Con respecto a la necesidad de formación, se afirma en el decreto AD GENTES que “hay que tener reuniones o cursos en tiempos determinados, en los que los catequistas se renueven en la ciencia y en las artes convenientes para su ministerio y se nutra y robustezca su vida espiritual. Además, hay que procurar a quienes se entregan por entero a esta obra una condición de vida decente y la seguridad social por medio de una justa remuneración”[3]. Si bien se expresa principalmente para las “tierras de misión” es válido considerar esos criterios para otras situaciones. O, mejor, podríamos considerar a toda la iglesia en estado de misión.

3. Algunas consecuencias...

Retomando lo dicho más arriba y completándolo con otros aportes podemos señalar algunas consecuencias que se presentan por no atender adecuadamente la cuestión económica:

· en el número de catequistas, ya que no todas las personas que quieren y sienten el llamado a realizar esta tarea pueden abandonar sus trabajos habituales;

· en la elección, ya que las personas más capacitadas prefieren trabajos mejor remunerados;

· en el compromiso y en la perseverancia, porque resulta necesario desempeñar otros oficios para completar los ingresos;

· en la formación, porque muchos catequistas no disponen del tiempo o del dinero para participar de Seminarios o cursos[4];

· en la valoración, porque en algunos ámbitos (como el escolar) el trabajo se aprecia por lo que retribuye y se corre el riesgo de considerar a los catequistas como trabajadores de inferior categoría, generando malestar en la tarea y desconociendo el carácter educativo que tiene.

4. ¿Y en la Escuela qué?

En los párrafos anteriores expresábamos consideraciones generales, sin distinguir entre la situación de los catequistas parroquiales y los escolares. Algunos piensan que en la escuela está resuelta la cuestión económica de los catequistas, ya que suponen que las regulaciones legales garantizan condiciones laborales justas. Un ejemplo de lo antedicho lo encontramos en un párrafo de la citada Guía para los Catequistas: “Se reconoce unánimemente que la cuestión económica es uno de los obstáculos más serios para poder contar con un número suficiente de catequistas. Ese problema no se plantea, desde luego, con los maestros de religión en las escuelas oficiales, ya que éstos reciben el sueldo del Estado”[5]. Podríamos decir que esta afirmación es demasiado general o desconoce las particularidades de algunos países, como es el caso de Argentina. No siempre la legalidad ha garantizado la equidad...

En Argentina no está generalizada la incorporación de la Enseñanza Religiosa como espacio programático escolar, por lo cual (en ciertas provincias) la propuesta es extra programática, llamándose catequesis. Los docentes catequistas extraprogramáticos han quedado desfasados salarialmente los profesores de otras materias, ya que se rigen por leyes distintas a sus compañeros y no tienen organizado un frente gremial que impulse mejoras y actualizaciones que se correspondan con la actual situación económica[6].

Por otra parte, no faltan casos en que la práctica catequística se confunde o se superpone con tareas pastorales, sin distinguirlas o tenerlas en cuenta al momento de evaluar con justicia la remuneración. Podríamos decir, jugando con las palabras, que se da una parroquialización de la catequesis escolar, ya que se considera no tanto profesional sino apostólicamente la tarea, con consecuencias en la retribución y en la exigencia.

Además destacamos el desgaste y el cansancio de los catequistas, la poca disponibilidad de tiempo y recursos para la actualización/formación y el peligro de caer en contradicciones entre “el mensaje proclamado” y el “mensaje vivenciado” en la comunidad educativa[7]. En algunas comunidades educativas, parecería más preocupantes la ortodoxia que la ortopraxis.

5. ¿Y quién se encarga del tema?

En principio podríamos decir que toda la comunidad, ya que es la que requiere la tarea la catequesis para educar en la fe a sus miembros; y dentro de ella las personas a las cuales se les encomienda la misión y la tarea de organizarla, animarla y fortalecerla (obispos, sacerdotes, religiosos, coordinadores laicos, etc.). En la exhortación apostólica Catechesi tradendae, Juan Pablo II se dirige a los obispos diciéndoles: “Vuestro cometido principal consistirá en suscitar y mantener en vuestras Iglesias una verdadera mística de la catequesis, pero una mística que se encarne en una organización adecuada y eficaz, haciendo uso de las personas, de los medios e instrumentos, así como de los recursos necesarios. Tened la seguridad de que, si funciona bien la catequesis en las Iglesias locales, todo el resto resulta más fácil” (CT 63). Y la Guía para los Catequistas afirma, en relación a los sacerdotes que “(...) especialmente los párrocos, como educadores en la fe y colaboradores inmediatos del Obispo, tienen un cometido inmediato e insustituible en la promoción del catequista. Si como pastores, deben reconocer, promover y coordinar los distintos carismas en el interior de la comunidad, de manera especial deberán seguir a los catequistas que comparten su trabajo de anunciar la Buena Nueva. Han de considerarlos y aceptarlos como personas responsables del ministerio que se les ha confiado y no como meros ejecutores de programas preestablecidos. Promuevan su dinamismo y creatividad y eduquen a las comunidades para que asuman su responsabilidad en la catequesis y acojan a los catequistas, colaboren con ellos y los sostengan económicamente, teniendo en cuenta si tienen a su cargo una familia. (GpC 35). Los planteos son claros.

No conocemos textos que definan con precisión las responsabilidades en las comunidades educativas. El sentido común indica que quienes están a cargo de animar y gestionar la escuela tienen el desafío de dar respuesta a este tema y encontrar caminos de diálogo y reflexión creativa para llegar a propuestas de solución justas.

6. Unas palabras para terminar (o para empezar la tarea)

Para terminar y a modo de síntesis (pero sin intención de cerrar el tema), nos hacemos eco de algunas propuestas -criterios o acciones concretas- para avanzar juntos.

· La retribución del catequista es una cuestión de justicia y no de libre contribución. Los catequistas, de dedicación plena o parcial, deben ser retribuidos según normas precisas, establecidas a nivel de diócesis y parroquia, teniendo en cuenta los recursos económicos de la Iglesia particular, de la situación personal y familiar del catequista, en el contexto económico general, reservando especial atención a los catequistas enfermos, inválidos y ancianos.

· En el caso de los catequistas escolares, puede ser interesante la creación de espacios de diálogo y reflexión con los responsables de la administración de las instituciones, para encontrar mecanismos de ajuste y equiparación, de acuerdo al contexto económico, en una actitud superadora del marco legal, si es que el caso lo demandara.

· Los presupuestos de las diócesis y de las parroquias, deberían destinar a la acción catequística una cuota proporcionada de los ingresos, siguiendo el criterio de dar la prioridad a los gastos de la formación. Es importante que los fieles tomen conciencia y se hagan cargo del mantenimiento de los catequistas, sobre todo cuando se trata del animador de su comunidad local (en el caso de comunidades que no son atendidas regularmente por un sacerdote).

· Remarcar la necesidad de la adecuada formación y actualización de los catequistas, como una cuestión prioritaria, ya que la calidad de las personas que desempeñan tareas pastorales y catequísticas tienen prioridad respecto a las estructuras. Dicho de otra manera, que los presupuestos destinados a la catequesis no se destinen a otros fines ni se reduzcan.

· Buscar modos de colaboración económica y sostenimiento para los centros de catequistas, favoreciendo el acceso a becas para aquellos catequistas que lo necesiten.

· Al mismo tiempo será importante promover y multiplicar los catequistas voluntarios, que se comprometan a una cooperación a tiempo limitado (y establecido claramente), con regularidad, pero sin una verdadera remuneración porque tienen ya otro empleo fijo. En este sentido, es necesario educar a la comunidad a considerar la vocación del catequista como un servicio a la Palabra, más que como un empleo de vida, aunque corresponda retribuir a algunos por las razones mencionadas en el artículo.

Terminamos citando al texto inspirador de estas reflexiones, cuando dice: “en resumen, el problema económico exige una solución a partir de la Iglesia local. Todas las otras iniciativas son una buena contribución y han de potenciarse, pero la solución radical hay que buscarla localmente, especialmente con una acertada administración, que respete las prioridades apostólicas, y educando a la comunidad a dar la debida contribución económica”[8].

El tema recién está planteado. Ojalá ustedes puedan hacer sus aportes para seguir pensando...

---------------------------------------

*Profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación (Pastoral Juvenil). Docente Seminario Catequístico. Catequista. Responsable del Área Formación en la Secretaria de PJ en su diócesis.

[1] Fundamentalmente nos referimos a: Decreto AD GENTES; Guía para los Catequistas; Ex. Ap. Catechesi Tradendae, que citamos más extensamente abajo.

[2] El documento de Puebla afirma en el punto 815. a): “Conviene evitar los siguientes peligros en el ejercicio de los ministerios: la tendencia a la clericalización de los laicos o la de reducir el compromiso laical a aquellos que reciben ministerios, dejando de lado la misión fundamental del laico, que es su inserción en las realidades temporales y en sus responsabilidades familiares...”

[3] Concilio Vaticano II (1965), Decreto AD GENTES SOBRE LA ACTIVIDAD MISIONERA DE LA IGLESIA.

[4] Me resulta muy triste ser testigo de cómo muchos de mis alumnos/as deben dejar sus estudios en el Seminario, debido a las dificultades para costearse los viáticos o responder a otras exigencias personales.

[5] Cf. Con el documento de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos (Diciembre de 1993). Las negritas son nuestras.

[6] Remitimos a la ley 13047 que rige a los docentes extraprogramáticos en la provincia de Buenos Aires. Desde el año 1998 que no se registra un aumento proporcional con relación a los demás educadores.

[7] No es raro escuchar en alguna sala de maestras y profesores de colegios confesionales frases tales como: “en este colegio mucha solidaridad para afuera, pero para adentro...”, “Acá se habla mucho de justicia y de fraternidad. Puras palabras...”

[8] Congregación para la Evangelización de los Pueblos (Diciembre de 1993). Guía para los Catequistas. Documento de orientación vocacional, de formación y de promoción del Catequista en los territorios de misión que dependen de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Número 31 –32, Remuneración del Catequista.

por añadidura

LIBERTAD DE CONCIENCIA

JUAN DE DIOS REGORDÁN DOMÍNGUEZ
ALGECIRAS (CÁDIZ).

ECLESALIA, 10/05/05.- Mucho han sorprendido las palabras del Secretario de la Conferencia Episcopal sobre la objeción de conciencia ante las bodas de homosexuales y también mucho dio que pensar cuando el actual Presidente del Gobierno prometió en su campaña electoral que haría de España una sociedad laica. Si la acción política no se confronta con una instancia ética superior, iluminada a su vez por una visión integral del ser humano y de la sociedad, termina por ser sometida a fines inadecuados e ilícitos. No es misión del Gobierno moldear la sociedad en algo tan personal como la fe ni tampoco es misión de la Jerarquía dominar o poner cargas a las conciencias de los que todavía considera súbditos silenciosos. Es la persona humana y la sociedad la que tiene capacidad para darse a sí misma una impronta laica o religiosa. Puede darse un Estado aconfesional en el que la mayoría de los ciudadanos sean creyentes; ciudadanos, por otra parte, con distintos niveles de formación cristiana, a los que la arrogancia y seguridad autoritaria de la Jerarquía les producen alergia y aversión. La autoridad hay que ganarla día a día.
En España gran número de los que se dicen católicos tienen escasa conexión con la Institución Eclesial y mucho menos con las directrices jerárquicas. De los cambios que se han experimentado en nuestra sociedad el de mayor calado es el de la valoración de la libertad interior. La conciencia es el núcleo más secreto y sagrado de la persona en el que se siente a solas consigo mismo y con Dios. La dignidad humana requiere que el hombre actúe según su recta conciencia y libre elección, movido e inducido por la convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego y egoísta impulso interior o de la coacción externa.. El estilo del Jesús en las parábolas de la oveja perdida y del hijo pródigo nos muestra el camino: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontrareis consuelo para vuestra vida” (Mt 11, 28-29).
La “Declaración sobre la libertad religiosa” del Concilio Vaticano II tuvo bastante discusión y trabajo hasta salir votada. Este documento, más que ningún otro, despertó interés en los obispos españoles, envueltos en la nube del nacional catolicismo”. Con este documento, que asume el núcleo esencial de la antropología (que la dignidad de la persona humana se apoya en la libertad), la Iglesia hace suyo el espíritu de la modernidad: “que los hombres en su actuación gocen y usen de su propio criterio” que actúen desde la libertad, y desde la racionalidad, puesto que la razón es el fundamento de la libertad. Pero todavía parte de la Jerarquía española parece que no ha deducido todas las consecuencias de este principio y sigue teniendo miedo a la libertad y al principio de la primacía absoluta de la razón. El fundamento bíblico y teológico del documento se encuentra en la actitud de Cristo, que condenó el absolutismo del poder y le contrapuso el amor servicial como característica propia de sus discípulos y de su Iglesia y también en la libertad del acto de fe: “Porque el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza. “Nadie cree si no quiere creer”, como dice San Agustín.
Si el Estado no puede imponer una religión, tampoco puede ignorarla y, menos aún, coartarla o perseguirla. En una democracia cada ciudadano tiene derecho a su libertad de creencias. Por otra parte, durante siglos la Iglesia española ha estado presente en todas las esferas de la vida: la religiosa, la moral, la política, la cultural, la económica y la legislativa. Hoy ya no es así. Se acabó el Estado confesional como Estado ideal para la Iglesia católica. No es bueno que pretenda coaccionar la libertad de conciencia porque pervierte las más elementales exigencias de la caridad y reduce a puro formalismo el mandamiento del amor. Cuando la Iglesia se deja tentar por el poder, su imagen y su misión se devalúa. En 1.882 León XIII dirigió una carta a los obispos españoles en la que les recordaba que no se comprometiera la verdad católica con determinados partidos políticos. El Concilio dice también “ La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguarda del carácter trascendental de la persona humana. La comunidad política y la iglesia son independientes y autónomas cada una en su propio terreno”
En la medida en que la Iglesia se convierta en masa dejará de ser levadura. Los obispos no pueden seguir actuando como si nada hubiera ocurrido. Es necesario un lenguaje sencillo y persuasivo y exhortativo más que un lenguaje dogmático e imperativo. Se trata de presentar el evangelio de modo inteligible y atractivo, descubriendo su capacidad de dar respuesta a los interrogantes fundamentales del hombre y de la sociedad actual. El gran problema de la Iglesia no es la moral sexual, ni la bioética, ni la defensa a ultranza de la vida, sino despertar la sed de Dios que no tienen los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Es “indiferencia religiosa” la que hay que atajar. No se niega razonadamente a Dios, no es ateismo, sino algo mucho peor: es que Dios no les interesa, no tiene lugar en la vida de muchos llamados cristianos. A unos cristianos así les resbala y alejan aún más las directrices que emanan de la jerarquía. En una sociedad secularizada como la nuestra muchos perciben que, excepto en las cuestiones que afectan al núcleo de la fe, que ha sido revelado por Dios, el Papa y los obispos no tienen una autoridad indiscutible. Por eso en una cultura que acentúa tanto la primacía de la razón y la autonomía del individuo, la Iglesia ha de abriera al diálogo con la sociedad.
Han sonado voces por parte de miembros del Gobierno y de otros grupos políticos que pueden poner a la Iglesia ante una humillante situación. No se escucharían ni se les haría caso en cuestiones morales y religiosas y se les echaría en cara las demandas económicas, tapándole la boca. Sabemos también que los, antes autodenominados progresistas, utilizaron la objeción de conciencia en la lucha por las libertades y ahora niegan que se pueda utilizar por otros la objeción de conciencia Por otra parte, parece que se sacan las cosas de quicio. “Matrimonio” por su misma etimología hace referencia a “carga de la madre” y, hoy por hoy, lo que da estabilidad a la pareja es comunicación emocional. Se podría legislar, desde un punto de vista práctico, de manera que, respetando el Sacramento del Matrimonio de los católicos, pudieran celebrarse otros tipos de uniones, cuyos efectos legales también puedan beneficiar, por ejemplo, a hermanos viudos o solteros que vivan en familia.
España necesita hoy la presencia de católicos con fe madura que den testimonio del amor de Dios a todos los seres humanos. El Evangelio es luz que ilumina desde la familia, a la cultura, a la escuela, a la universidad, a los jóvenes, a los medios de comunicación, a la economía, a la política. Cristo va al encuentro del ser humano donde vive, trabaja y ofrece sentido pleno a su existencia la libertad religiosa consiste en el derecho civil de profesar, celebrar y extender la fe. No necesitamos más. El resto, incluso el crecimiento del número de creyentes, se nos dará por añadidura. Lo ha dicho Jesús: “Buscad el Reino de Dios y su justicia. Lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 33).