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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

sueño de profetas

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EL SUEÑO DE LOS PROFETAS
‘EL enviado fiel trae tranquilidad’ (Pr 13,17)
BRAULIO HERNÁNDEZ MARTÍNEZ

TRES CANTOS (MADRID).

ECLESALIA, 02/06/06.- Hélder Cámara, el mítico obispo, conocido popularmente como el “obispo de los pobres” (el obispo rojo) tuvo varios sueños, entre ellos, el más importante, el sueño de un nuevo Concilio de Jerusalén. Con este sueño empezaba el artículo “En proceso Conciliar hacia un nuevo concilio”, de E. Robles y J. Malagón, (en proconcil.org). Sentí buenas sensaciones; no es frecuente que un obispo sueñe con la Iglesia originaria. Da más prestigio y seguridad la Iglesia potente bajo el palio de Constantino. Casualmente las catequesis que precedieron a la agonía (y muerte) de Juan Pablo II fueron el Concilio de Jerusalén (el concilio de la libertad cristiana) y Llamados a la libertad (sobre la carta de Pablo a los Gálatas). Fue una casualidad misteriosa que estuvieran así programadas para el curso 2004-05 en la Comunidad de Ayala. La última, hace unos días, ha sido “La renovación pendiente”, sobre el profeta Zacarías, colega y coetáneo de Ageo. Juan XXIII se inspiró en Ageo para convocar el Concilio Vaticano II nos recuerda el cura Jesús, pastor de la comunidad, que, justo hace un año, nos traía a la memoria a ese profeta (Reconstruid la Casa). Estos profetas “menores”, tan olvidados, a los que casi nadie se atreve a hincar el diente, están vigentes. He disfrutado viendo la película, deliciosa, sobre la vida y el pontificado de un papa apóstol y profeta: “Juan XXIII: El papa de la paz”. Una amiga reciente, católica de toda la vida, nos la ofreció al pequeño grupo que nos reunimos entre semana para escuchar la Palabra. “La Paz con vosotros” fue la primera señal que tuvieron los discípulos para reconocer al crucificado como el resucitado. Esta amiga sintonizaba con el papa bueno. Pero es ahora, situada desde una comunidad viva, renovada, cuando puede reconocer lo que aquel papa anunciaba. Otra forma diferente de ser Iglesia: siendo comunidad en lugar de cristiandad. El teólogo José María González Ruiz, unos de los impulsores del Concilio Vaticano II en España, decía del Concilio que “fue la tumba de la cristiandad”. El fin de los nacional-catolicismos, donde suele abundar un pueblo que se dice creyente pero que, en el fondo, es pagano.La película refleja las tensiones y resistencias que tuvo que afrontar aquel papa anciano, de aspecto dócil y mirada transparente, ante el control pretoriano de los guardianes de la tradición y de la ortodoxia romana. Un papa que soñó con la Iglesia naciente, originaria, de iguales; sin mitos ni misterios en torno a la persona del papa: Jesús no estuvo pendiente de las formas. Había que sacudir el polvo imperial acumulado en la sede de Pedro desde Constantino. Juan XXIII sólo aspiraba a ser un párroco del mundo, no un político ni un Jefe de Estado. Además, él era un parche, un “papa de transición”. La película termina con dos frases imponentes: “Hoy estará usted en el paraíso”, así le despide su fiel ayudante, anunciando -como Jesús ante la muerte de su amigo Lázaro- la resurrección ¡en presente! “Usted ha sido una señal de Dios” le confiesa ¡por fin!, en el último momento, aquel poderoso cardenal de hierro, el cancerbero del Santo Oficio. Siempre recordaré la mención especial (en la catequesis sobre la Carta a los Gálatas: “Llamados a la libertad”) que dedicó el ponente al teólogo José María González Ruiz, que se identificaba con esa carta paulina. Porque, sorprendentemente, dos días después moría, bastante olvidado, en el ostracismo, barrido por los nuevos vientos. Él se nos hacía presente, misteriosamente, en medio de una comunidad paulina, nacida de Juan XXIII. Un teólogo que recordaba que “el despacho de Dios está en la base”.¿Qué rumbo habría tomado la Iglesia naciente si no hubiera habido un Pablo enfrentándose cara a cara a Pedro, su papa? Pedro, la roca, había flaqueado ante el acoso de los integristas. La “reprensión” a Pedro fue por fidelidad al evangelio, se hizo desde la comunión. (Gál 2,11-12). Ante la involución restaurada, hoy, 2000 años después, hay que mirar al “concilio” de Jerusalén. “Hay que escribirle una carta al papa para que convoque un nuevo Concilio de Jerusalén”. Juan XXIII quería volver a las fuentes y recuperar la libertad de los hijos de Dios, el evangelio libre de la ley, el diálogo (ecuménico) sin condiciones. Por eso la Iglesia católica (romana) tendría que ser algo menos romana para ser también más paulina. En los orígenes del cristianismo la Iglesia no era monolítica, ni aspiraba, por supuesto, a ser un aparato (disparate) de poder. Se hablaba de las iglesias, en plural: la Iglesia de Jerusalén, la de Antioquia, la de Éfeso..., de las Iglesias de Pablo. Eran comunidades principalmente laicas y plurales; sin templos (al contrario que los paganos), sin rígidas estructuras. Eran comunidades vivas, tenían sus controversias y trifulcas como leíamos días atrás en el libro de Hechos de los Apóstoles (Hch 15,1-6). En gran parte porque algunos de la vieja observancia, los guardianes de la vieja ortodoxia, querían someter la novedad del evangelio al corsé del boletín oficial. Pero ahí estaba Pablo (y Bernabé) para, desde la experiencia del Señor, frenar a los legalistas. ¿Acaso Pablo se cayó del caballo para anunciar un evangelio sometido a la Ley? El mismo Pablo (el artífice del cristianismo), que tanto se desvivió por llevar la buena noticia a todos los rincones, viajando siempre en clase turista y con penurias –dando a veces largos rodeos porque los puristas intransigentes le salían al encuentro en los embarcaderos...- era expiado; le enviaban detectives y emisarios. Sufrió continuas tribulaciones y apedreamientos. Con la primera carta de Pedro –“la primera encíclica”- escrita para elevar la moral ante las continuas tribulaciones (por causa del evangelio), iniciamos las catequesis este curso (No os extrañéis). Contrasta leer las tribulaciones de la iglesia naciente, de Esteban, de Pedro, de Pablo... con las tribulaciones de quienes ahora proclaman -porque les cortan prebendas y privilegios- que la iglesia está perseguida... Veinte años después de finalizado el Concilio Vaticano II aún quedaba algún cardenal entusiasta: Se trata de volver a la Iglesia de Hechos: al Cenáculo, al primer Pentecostés, como así se lo dijo Juan XXIII a los obispos... Son palabras del famoso cardenal belga Suenens, traídas desde Roma, en el otoño del 85, por una mujer, Pilar Bellosillo, una de las mujeres presentes, como auditora, en el Concilio Vaticano II. Pilar, ya retirada y enferma, había sido invitada, “providencialmente”, para participar en las sesiones del Consejo de los Laicos. Ella nos lo cuenta (incluso con su propia vez) en el Viaje de Pilar a Roma. Ella intervino y habló, precisamente, sobre la comunidad (“inicio mi intervención por mi experiencia en la Comunidad. Realmente el camino me lo había preparado Suenens...”). Aunque el motivo de su viaje era otro, de contenido profético, para recuperar la memoria de un papa que se fue como Elías; que iba camino de convertirse en un nuevo Juan XXIII. Un conservador que evolucionó, porque el Concilio Vaticano II había sido para él una escuela de conversión. Del viaje de Pilar destaco el final, su encuentro con un cardenal amigo (él podría comprender...), para hablarle sobre La extraña muerte de Juan Pablo I. Tras su viaje, Pilar aún daba gracias porque “esto (la renovación) ya no lo puede parar nadie”. Y porque había podido saludar al Papa Wojtyla, un viejo conocido (“Ah, claro, usted es la de Madrid’. Me reconoce. Hablamos unos momentos...”). Pero ahora, 20 años después de aquel viaje, el panorama es bien diferente... De nuevo se ha ido instalando el sistema del viejo templo denunciado por Jesús. Porque frecuentemente, desde ciertos templos, “no sólo no se anuncia el Evangelio (que los muertos resucitan, son como ángeles,...) sino que se hace negocio: devoran la hacienda de las viudas so capa de largas oraciones...” (“La Catedral y el Columbario” en proconcil.org). Hoy hacen falta nuevos profetas, nuevos “pablos”, que nos ayuden a discernir las señales y a separar la paja del trigo. Para que no nos den gato por liebre.Juan Pablo II se obsesionaba por la Iglesia masiva, de prestigio, de la imagen potente (para así influir mejor ante los poderosos). Le entusiasmaban, ponía su confianza en los grandes “neo-movimientos”. Poco que ver con la Iglesia originaria, de las pequeñas comunidades, el de los pequeños restos de Israel. Quizá por eso, casualidad misteriosa, en el momento en que expiraba, escuchábamos en las eucaristías -en aquella tarde-noche del sábado 2 de abril- “el pasaje más importante del Concilio Vaticano II”: el pasaje de los Hechos recogiendo la experiencia de la primera comunidad cristiana (Hch 2,42-47). Era la lectura de ese domingo. La lectura propia del sábado decía: ¿Puede aprobar Dios que os obedezcamos a vosotros en vez de a él? (Hch 4,13-21). Sé que con este pasaje, y fiel a la iglesia de Hechos, al proceder de Pablo, y al Vaticano II, le fue enviada, en su día una carta a Juan Pablo II, el Pastor de la Iglesia Romana (carta a Juan Pablo II (23-3-2002) en El día de la cuenta, página 444, párrafo final).

Por supuesto, las comunidades o iglesias paulinas fueron posibles gracias a la iniciativa de las mujeres. La primera comunidad de Europa -la Comunidad de Filipos- fue levantada precisamente por un grupo de mujeres. Curiosamente, escribir una carta sobre la mujer en la sociedad civil y en la vida eclesial estaba entre los planes prioritarios del papa Luciani; porque Dios también es madre. Aunque para algunos pudiera ser motivo de escándalo: “he sabido que los tutores de la ortodoxia del Papa han gritado de escándalo cuando manifesté el concepto de que Dios, además de ser Padre, es también Madre, según las palabras del profeta Isaías. Alguno incluso ha exclamado: El Papa blasfema…” (catequesis La mujer en la sociedad y en la Iglesia). Para algunos, con la muerte inesperada de este papa -un artista lo retrató misteriosamente en la pupila de Dios- se frustró la renovación. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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