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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

sínodo terminado

CON EL DEBIDO RESPETO
"Mi opinión sobre el Sínodo diocesano de Madrid que acaba de terminar"
EUBILIO RODRÍGUEZ, Grupo preparatorio “San Fermín”, Grupo sinodal nº 12
MADRID.

ECLESALIA, 14/07/06.- Con el debido respeto, me propongo dar mi opinión sobre el Sínodo diocesano de Madrid que acaba de terminar. Opinión que depende, entre otras cosas, de las expectativas que uno se había formado, expectativas que a su vez vienen condicionadas por la percepción que se tiene del “estado de la cuestión” sobre el papel de la Iglesia hoy en nuestra sociedad, sobre cómo poner en práctica el Concilio Vaticano II en esta sociedad y en esta Iglesia.

Según esa percepción, se priorizarán unas u otras medidas a tomar, y , en consecuencia, la opinión sobre los resultados del Sínodo. Creo que el primer fallo del Sínodo ha sido precisamente no haber debatido, al comienzo del mismo, sobre ese “estado de la cuestión” y dar por hecho que todos aceptamos los análisis de la sociedad madrileña de hoy y del papel que la Iglesia ha de jugar en la misma, que se han presentado en las ponencias.

Simplificando mucho la cosa, y con todas las comillas precisas creo que esta problemática se presenta hoy de dos maneras: la manera como la presentan los que podríamos llamar “testimoniales” y la presentada por los que llamaré “misioneros”. Simplificando las cosas, porque unos y otros están por la misión y el testimonio. Los “testimoniales” consideran que lo urgente y fundamental es el anuncio del Evangelio, la confesión de Jesucristo resucitado, medida suprema de todo lo humano, y hacerlo en comunión con la Iglesia. Los “misioneros” están de acuerdo con estos objetivos, pero creen que, para que ello se pueda realizar en lo concreto de nuestro tiempo y nuestra sociedad, hace falta que previamente la Iglesia y los cristianos asumamos críticamente pero con simpatía los valores de esta cultura e, insertos en ella, nuestras prácticas sean coherentes con el Evangelio que anunciamos.

ESTADOS DE LA CUESTIÓN

1.- Para los “testimoniales” (representados en mi opinión, por casi todos los ponentes y buena parte de la asamblea sinodal), el “estado de la cuestión” parece ser el siguiente: durante la aplicación del Concilio Vaticano II, en los años 60 – 70 se cometieron muchas equivocaciones. En consecuencia, sus planteamientos y propuestas pretenden poner en práctica el Concilio, corrigiendo esas equivocaciones. Simplificando mucho consideran que:

- la presencia de los cristianos en el mundo, después del Concilio, como “fermento en la masa” supuso una pérdida de identidad. Asumimos la cultura moderna, y sus diversas iniciativas y organizaciones, sin ninguna actitud crítica. La crítica se ejercitó solamente al interior de la Iglesia.

- en el terreno dogmático el diálogo con las distintas corrientes de la modernidad se tradujo en una disolución del “depósito de la fe” en las diversas corrientes ideológicas entonces predominantes.

- una cultura moderna y unas ideologías que, en los últimos años, han demostrado – en su opinión – su fragilidad y sus contradicciones por haber abandonado la inspiración cristiana y eclesial de unos valores que surgieron en el “humus” de la tradición cristiana.

- el proyecto cristiano, después del Concilio, se disolvió y desapareció en los distintos proyectos que estaban presentes en la sociedad (liberal, democrático, socialista...) sin aportar nada nuevo y original. El fermento se disolvió sin transformar la masa, la sal perdió su sabor. El cristiano entró en el mundo en actitud vergonzante, sin atreverse a plantear nada específico desde su fe, ocultándola, viviéndola con complejo de inferioridad.

- al interior de la Iglesia, consideran que se multiplicaron las críticas, las descalificaciones de todo lo que fuera autoridad, tradiciones, costumbres, ritos...; se iniciaron cambios en todos los terrenos, sin apenas criterios, cambiar por cambiar, o eliminar tradiciones sin sustituirlas por otras nuevas. Lo cual creó – en su opinión – un desconcierto generalizado.

2.- Para los “misioneros”, a este “estado de la cuestión” le faltan algunos datos. Lo consideramos demasiado simplista y precipitado. Nuestra percepción de la cultura moderna, de la realidad de la sociedad y la Iglesia madrileña es distinta.

Puede ser cierto que el postconcilio trajera un nivel de desconcierto. Pero un desconcierto que consideramos normal y legítimo cuando se trataba de “abrir las ventanas” y reconducir una institución con tantos siglos de historia – para lo bueno y para lo malo – como la Iglesia católica. Una cosa era acordar las orientaciones y objetivos en las sesiones del Concilio y otra más compleja sería llevarlas a cabo en la realidad de la vida.

Esta tarea supondría enfrentarse a muchas tradiciones, que habían perdido su vigencia, a intereses creados, a prejuicios, a maneras de pensar y de hacer que durante mucho tiempo se habían tenido como inamovibles. Tarea más compleja aún si se considera que las consecuencias no afectaban sólo al interior de la propia Iglesia, sino también a las implicaciones sociales y hasta políticas que se derivaban de esos cambios. Particularmente en una sociedad como la española, en la que el peso histórico de la Iglesia ha sido y sigue siendo relevante.

Pero fueron precisamente muchos de esos cambios los que posibilitaban que sectores de la sociedad con los que yo me relaciono, tradicionalmente alejados o enfrentados con la Iglesia, comenzaran a imaginar que quizás la Iglesia podía ser otra cosa que la experiencia que ellos habían vivido o les habían transmitido sus mayores: una Iglesia cerrada en sí misma, comprometida en visión del mundo, proyectos e intereses con la derecha social y política, hasta tomar partido por ella durante la guerra civil; una Iglesia incapaz de conectar con las preocupaciones y expectativas de la gente de la calle, ni de adaptar sus formas y su lenguaje a la mentalidad de hoy.

Empezaron a tener ciertas expectativas en una Iglesia que sabía reconocer sus errores históricos y ofrecer algunos gestos, símbolos y lenguaje que les resultaba comprensible, porque previamente se había tomado la molestia de interesarse con obras y palabras por la vida y los problemas concretos de esa gente. Porque se había atrevido a releer el Evangelio desde esa inserción y a replantear tradiciones y prácticas, lenguaje y celebraciones.

Al interior de la Iglesia, el descubrimiento conciliar del “pueblo de Dios” y la legitimidad de la opinión pública trajo consigo la buena costumbre de pensar y, en consecuencia, de disentir algunas veces. Seguramente ello ha dado origen a equivocaciones, pero ¿quién, que piense, no se equivoca?. La forma de afrontarlo no es eliminar el pensamiento, sino confrontarlo en el diálogo. Sin excluir que, en último término y porque hay que tomar decisiones, haya una voz autorizada que arbitre una solución, aunque sea provisional.

La salida a este posible desconcierto, no era – en mi opinión – eliminar el debate y volver al pasado; tampoco aceptar beatamente todos los cambios, sino sentarnos a valorar, a discernir, desde el Evangelio y las orientaciones básicas del Concilio, el recorrido de los últimos años, interpelarnos mutuamente, reconocer errores y aciertos por una y otra parte. Esa, al fin y al cabo, ha sido la práctica eclesial tradicional en momentos similares (Hech. 1/15-26; 6/1-7; 15/1-35 ...) Desde esta valoración-discernimiento y desde una visión lúcida de la sociedad madrileña de hoy y el papel que la Iglesia ha de jugar en ella, podríamos haber planteado una cuantas líneas de fondo, prioridades básicas, que serían luego concretadas en los distintos campos de actuación.

En mi opinión no se ha hecho esto. Se ha dado por bueno, sin debatirlo, el primer “estado de la cuestión” y, en consecuencia, las líneas de fondo, las prioridades básicas que proponía. Muchos de los comentarios que hago a continuación fueron presentados en el Sínodo, pero no pasaron a votación de la asamblea, ya que considero que las modificaciones y nuevas propuestas que no encajaban en aquellos presupuestos no se han tenido en cuenta. Terminado el Sínodo, creo que muchas de estas cuestiones siguen vigentes y las conclusiones y propuestas sinodales no facilitarán su resolución. Así pues, esta es mi opinión sobre el Sínodo. Con el debido respeto, por supuesto.

PROPUESTAS DEL SÍNODO

Ponencia primera

En la lógica, pues, de los “testimoniales”, la Ponencia primera (“Acoger y vivir el don de la fe con un impulso nuevo”) considera que las causas de la debilidad de la presencia de los católicos en esta sociedad son :

- “la cultura hegemónica que nos pide que reduzcamos el influjo de nuestra fe y convicciones morales al ámbito de nuestra vida privada ... que intenta convertir al hombre en centro autosuficiente y medida última de la realidad y construir un humanismo sin Dios y sin Cristo.

- el crecimiento entre los creyentes de una especie de “apostasía silenciosa”, por desidia ante la vocación bautismal.

- las divergencias doctrinales y disciplinarias que dificultan la acogida y vivencia de la fe.”

En consecuencia proponen:

- “Fomentar la acogida más personal de la fe, la vocación y el compromiso bautismal. Se trata de la prioridad pastoral primera y actualmente más urgente.

- Vivir la alegría del encuentro con Cristo, medida suprema de lo humano, en cuyo seguimiento crecemos en humanidad, verdad, libertad, fraternidad y amor.

- Fomentar la conciencia de pertenencia a la Iglesia.

- Hacer sentir a todos los fieles y grupos cristianos la urgencia de intervenir públicamente en el debate cultural, educativo y social en comunión con la Iglesia.

- Hacer un llamamiento general a los intelectuales e instituciones académicas cristianas para que contribuyan a la construcción de una cultura que, inspirada en el Evangelio, proponga en términos actuales el patrimonio de valores y contenidos de la Tradición católica.

- Fomentar la confesión pública de la fe cuando sea necesario y formarse para saber dar razón de la esperanza cristiana y de las enseñanzas morales de la Iglesia, especialmente en lo referente a la familia”.

Estoy de acuerdo con la “música” de la mayor parte de estas propuestas.El problema es la “letra”: su desarrollo en los análisis y orientaciones de la misma Ponencia y la forma concreta en que muchas de ellas se están ya llevando a cabo en la diócesis. Algunos ejemplos :

Considero un fallo básico la ausencia en los análisis de la ponencia de un mínimo de autocrítica. La culpa siempre la tienen los otros : la cultura hegemónica, el disenso, la “diáspora cultural de los católicos”. Claro! Eso tiene la ventaja de que justifica nuestra pereza mental a la hora de tener que imaginar los cambios exigidos a la propia institución eclesial.

No estoy de acuerdo tampoco con la condena simplista y global de la cultura moderna sin un discernimiento sereno y objetivo de sus luces y sombras. Si pretendemos que la fe esté presente en el debate público de manera significativa, no basta estar personalmente convencidos y proponérnoslo con todo empeño. Es preciso que sus propuestas resulten significativas y apreciables por los distintos grupos y culturas presentes a los que nos dirigimos. Para ello es necesario que, previamente, la experiencia cristiana haya sido acogida y hecha carne propia por personas insertas en esas culturas y en sintonía con sus valores. El lugar social y cultural desde donde se acoge la fe y “se da razón de la esperanza” es fundamental a la hora de transmitirla; es condición imprescindible para comunicarla en un lenguaje inteligible y que no resulte extraño o anacrónico.

No acabo de entender lo que se entiende por “cultura católica”, cuando el Concilio Vaticano II afirma que “la Iglesia, en virtud de su misión y naturaleza no está encadenada a ninguna forma particular de cultura humana o sistema político, económico o social... y así puede ser, por esta universalidad peculiar, el lazo que estreche íntimamente a las diversas comunidades y naciones” (G.S. 43)

Por otra parte, no se advierte ninguna actitud crítica ante las realizaciones históricas y actuales a que esa presunta “cultura católica” ha dado y está dando lugar en las formas de organizar la sociedad y de actuar en ella, o en los mensajes y estilos transmitidos por sus instancias educativas o sus medios de comunicación. ¿Nos consideramos sin pecado y superiores a los demás? (Luc.18/9; Jn. 8/7). ¿No tenemos nada que cambiar? En este caso, ¿para qué un Sínodo?

En cuanto a la llamada “apostasía silenciosa”, ¿El fenómeno de la indiferencia o no religiosidad es siempre una pérdida? ¿No puede posibilitar una visión “desencantada” del mundo en línea con la aportación secularizadora del cristianismo? ¿No está desafiando a los creyentes para que nos planteemos cuestiones fundamentales?: reconocer las propias desviaciones históricas y aceptar “otros” valores; convocarnos a un trabajo creativo de búsqueda de sentido, de interioridad, de espiritualidad y de nuevas formas para hacer presente y transmitir aquí y ahora el “depósito de la fe”. Puede ser una ocasión favorable para revitalizar aspectos esenciales de la fe cristiana como vivir una religiosidad encarnada, valorar profundamente lo humano o remover falsas seguridades

Claro que “Jesucristo es la medida suprema de todo lo humano” o que hay que “fomentar la conciencia de pertenencia a la Iglesia”. Pero cuando la concreción de estas propuestas se identifica, en la práctica, con la eliminación de todo disenso, cuando se considera la “diáspora cultural de los católicos” como una desgracia y se pretende que nos presentemos ante la sociedad unidos cultural, educativa, socialmente (¿también políticamente?) se está dando un paso que hace muy difícil la pertenencia eclesial en un mundo y en una Iglesia, afortunadamente, cada vez más plurales y complejos.

Ponencia segunda

La Ponencia segunda (“¿Cómo anunciamos el Evangelio a los alejados y a los no creyentes?”) propone:

- “Vivir la unidad en la propia comunidad diocesana y con la Iglesia universal, bajo la guía de nuestros Pastores, como condición imprescindible de la misión.

- Y, desde ahí, educar la conciencia de que el cristiano, con su presencia y su palabra, es luz para que los hombres se encuentren con Cristo.

- Fomentar la difusión de los contenidos sociales, culturales y religiosos acordes con el Evangelio a través de los medios de comunicación social y promover con ese fin medios de inspiración católica o de propiedad de la Iglesia.

- Impulsar la creación de foros de diálogo cultural capaces de ofrecer una valoración de la actualidad desde una perspectiva cristiana.”

Estando de acuerdo con estas propuestas, me parece que pasan por alto algunas cuestiones importantes. Echo en falta, en primer lugar, una exposición que recoja de manera objetiva (no apologética y exculpatoria) la situación actual, los procesos y causas que dieron origen a ese “alejamiento” o “no creencia” de aquellos a los que se pretende comunicar el Evangelio, y que, en muchos casos, crecieron y fueron educados en las instituciones eclesiales. Ese análisis objetivo, lúcido (“la verdad nos hará libres”, también a nosotros) ¿no podría dar algunas pistas para nuestra actuación en el futuro? Es preciso, por respeto a la realidad y a las personas, tomar conciencia y saber interpretar estas situaciones personales, sociales, espirituales; estos momentos vitales de aquellos a los que nos dirijimos.

En segundo lugar, teniendo en cuenta que, en nuestras sociedades, no es tanto la lejanía geográfica la que determina hoy la dimensión misionera, cuanto la distancia cultural y religiosa, habría que plantear el modelo de actuación eclesial, siguiendo las orientaciones básicas del Decreto “Ad Gentes” del Vaticano II ( sobre la actividad misionera de la Iglesia) en términos de presencia misionera, de diálogo intercultural e interreligioso.Se trata de anunciar el Evangelio a sectores y ambientes de nuestra sociedad que ya no se reconocen en la tradición católica, o de otros que se están incorporando a esta sociedad y provienen de otras formas de vivir el cristianismo o de otras culturas y tradiciones religiosas.

Los cristianos, y la Iglesia como institución, ha de injertarse en esos grupos humanos y sus culturas propias, para poder transmitir de nuevo el Evangelio en un lenguaje que les resulte significativo hoy y aquí, “como Cristo, por su encarnación se solidarizó con las condiciones sociales, culturales de los hombres con quienes convivió” (A.G. 10). No vivir al margen o en paralelo, organizándonos nuestra propia sociedad y mundo cultural y pretendiendo luego imponerlo desde arriba.

Cuanto a la presencia pública de la Iglesia. Aquí se plantea el testimonio de la propia Iglesia como institución en la “plaza” de la ciudad secular; no sólo la cuestión del testimonio personal de los cristianos individualmente considerados. Se trata, por ejemplo, de la imagen social que transmite la Iglesia en las escuelas de titularidad católica, en sus medios de comunicación... Constituye un testimonio decisivo teológicamente ya que la Iglesia (sus planteamientos y actuaciones) es mediadora, transmisora de gracia, es el “rostro de Cristo” en el hoy y el aquí de cada sociedad , y decisivo también sociológicamente en una cultura mediática como la nuestra.

Estoy de acuerdo en “fomentar, sostener y promover aquellos medios en los que se reconoce más fácilmente una visión de la vida acorde con el Evangelio”. El problema es cuando esa visión de la vida que aparece en esos medios – como ocurre ahora – está más acorde con los análisis, la ideología y los intereses de los sectores de la Derecha social y política que con el Evangelio y la Doctrina social de la Iglesia.

¿De qué se está dando testimonio? ¿qué se está anunciando? ¿El Evangelio o el programa de una facción del Partido Popular? (ni siquiera de todo el Partido Popular). ¿Por qué no pasó una propuesta que planteaba: “Que los medios de comunicación de la Iglesia cuiden las siguientes condiciones: abiertos a todas las tendencias, instrumentos de diálogo, reconciliadores, difusores de los diversos testimonios cristianos presentes en los diferentes ámbitos de nuestra sociedad”?

O, en relación con las prácticas institucionales de la propia Iglesia diocesana, ¿no hay nada que corregir? ¿Por qué, por ejemplo, se rechazó repetidamente la propuesta siguiente: “Avanzar, en la Iglesia de Madrid, en mayor justicia social con los trabajadores con los que se mantienen relaciones laborales (profesores de Religión, trabajadores de sus Centros de enseñanza, del propio Arzobispado, de Instituciones religiosas, de Caritas ...)”

Finalmente, creo que los que mejor pueden comprender la cultura de esos sectores sociales alejados y transmitirles el Evangelio en su propio “idioma” son los cristianos que comparten su vida, su trabajo, sus preocupaciones, su mundo cultural. Considero necesario que los pastores, al elaborar sus orientaciones doctrinales, tengan en cuenta la experiencia y opiniones, el lenguaje de estos cristianos representativos de tales medios sociales, si no quieren exponerse a que sus palabras resulten de otro tiempo y de otro lugar social y por lo tanto no interesen a nadie, por muy doctrinalmente ortodoxas que sean. Tampoco pasó la propuesta siguiente : “Que los pastores de la Iglesia, al elaborar sus orientaciones, tengan en cuenta la experiencia y la opinión de los que están viviendo directamente las situaciones o sean expertos en los avances consolidados de la ciencia”

Ponencia tercera

La Ponencia tercera trató el tema de la catequesis y la liturgia (“¿Qué catequesis ofrecemos? ¿Cómo celebramos la fe”?). En ella se propone:

- “Disponer de un Directorio diocesano de iniciación cristiana, al servicio de la comunión eclesial... que garantice la coordinación de toda la diócesis y sea asumido convenientemente en la programación pastoral.

- El Catecismo de la Iglesia católica es la medida segura para que la transmisión de la fe sea verdaderamente católica y apostólica... Los catecismos de la Conferencia Episcopal española y los materiales catequéticos diocesanos son textos oficiales de referencia.

- La iniciación cristiana necesita de educadores cristianos sobre todo dotados de una profunda fe y de una clara identidad eclesial”

- Y en cuanto a las celebraciones: “Asegurar que todos los sacramentos se celebren dentro del marco de referencia que son los libros litúrgicos: Misal, leccionarios y rituales... sin olvidar la necesaria adaptación que los mismos rituales contemplan”.

- Cuanto a la oración: “Impulsar la liturgia de las Horas en las comunidades cristianas y el culto eucarístico fuera de la Misa, la “lectio divina” y prestar atención especial a las experiencias orantes de la religiosidad popular”.

De acuerdo con todo, pero creo que no se ha dado la relevancia suficiente a otros elementos de la problemática que estamos viviendo en la tarea catequética. Son los que – en mi opinión – refleja acertadamente Juan de Dios Martín Velasco en su libro “La transmisión de la fe en la sociedad contemporánea”, Ed. Sal Terrae, Madrid, 2002, pag. 85-126.

Resumo:

Atención a los destinatarios:

“La transmisión de la fe está regida por la atención a sus destinatarios, Lo que conlleva conocerlo de la mejor manera posible y tener en cuenta, a la hora de presentarle el cristianismo, todas sus particularidades: su historia, su biografía, su cultura, su diversidad y complejidad con todo lo que ello comporta en relación con su mentalidad, su forma de razonar y de sentir, su capacidad estimativa y los valores que orientan su vida...

La ignorancia de esas condiciones culturales de los destinatarios puede llevar a los transmisores a la condición de extraños y "alienados", y en consecuencia "in-significantes", en relación con aquellos a los que pretenden comunicar su fe. No se trata de una adaptación que pierda su fuerza crítica y profética sino de situar esa crítica donde corresponde y a hacerla como corresponde. No en función de mundos ajenos a los culturalmente constituidos por el contexto en que se proclama.(I P. 3/16) Es verdad que ninguna adaptación justificará la traición o adulteración del mensaje. Pero también es verdad que no hay peor traición que proponerlo de forma que no pueda ser escuchado o que se dificulte su recepción...

La comunidad cristiana:

Una comunidad comprometida en la transmisión de la fe no logrará despertar la adhesión sin un trabajo creativo de expresar la realidad en la que cree, en nociones, representaciones, imágenes, símbolos y formas de vida en los que sus contemporáneos puedan reconocerse, les resulten significativos y puedan percibir así la verdad última que los creyentes identificamos y veneramos como Dios ...

La transmisión de la fe es un proceso eminentemente social que no puede realizarse al margen de la comunidad. Los historiadores de la primera expansión del cristianismo afirman que el procedimiento por excelencia para esa extensión fue la irradiación de las comunidades por medio de su existencia misma. Para ello la comunidad cristiana no puede constituir un mundo artificial y aislado del mundo en el que discurre la vida real de las personas y la historia de la humanidad, ni puede permanecer desinteresada de la transformación de las condiciones de vida en la dirección de un mundo más humano y a la espera del advenimiento del Reino...

Medios y recursos para la transmisión:

Enraizar la transmisión de la fe en las experiencias humanas fundamentales : La importancia de la experiencia, y la conexión de las experiencias religiosas con las experiencias humanas fundamentales, manifiesta un primer "lugar" hacia el que orientar la propuesta de la fe.. Para superar una incomunicación que muchas veces parece irremediable, para romper el hielo de una indiferencia que parece hacer imposible el contacto, la comunicación de la fe podrá en muchos casos comenzar por explorar ese terreno común, ayudar a los destinatarios de esa propuesta a su descubrimiento e identificación”.

Y, en cuanto a las celebraciones y la oración, no se aceptaron propuestas como las siguientes :

- “Las celebraciones han de partir de la vida y volver a la vida. En su lenguaje, en sus signos y símbolos han de resultar significativas para que la comunidad pueda participar en ellas activamente”

- “Favorecer la creación de nuevos tipos de celebraciones, respetando la inmutable, que resulten significativas, por sus contenidos y sus formas, para las diversas culturas presentes hoy en nuestra sociedad”

- “La oración cristiana no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios (“Novo Millenio Ineunte”, 34). Así pues, hemos de educar en la práctica de una oración que sepa conjugar la presencia, el compromiso y el testimonio en los distintos ambientes de vida y trabajo con la contemplación y la celebración personal y comunitarias”

¿Por qué no se aceptaron? ...

Ponencia cuarta

La Ponencia cuarta abordó el tema de la comunión eclesial (“¿Cómo vivir la comunión en la Iglesia?”). Algunas de sus propuestas:

- “Intensificar en los diferentes grupos su conciencia de estar viviendo la comunión eclesial, diferenciándola de otras formas de agrupación humana.

- La comunión eclesial es presencia de la una y única realidad de comunión proveniente de Cristo.

- Quienes tienen responsabilidad pastoral están especialmente llamados a vivir en la Iglesia el seguimiento y la obediencia de la fe.

- Evitar contraposiciones que lleven a una falta de estima por la Iglesia.

- Valorar todo lo que refuerza o hace visible la unidad del pueblo de Dios alrededor de su obispo, en comunión con el sucesor de Pedro... evitando que se introduzca la sospecha entre los fieles y sus obispos y pastores.

- Procurar que todo juicio crítico sobre la vida cristiana se sitúe en el contexto de una propuesta positiva de experiencia eclesial”

En mi opinión, se pasan por alto las situaciones reales que están dificultando hoy la comunión eclesial. A lo largo de la Ponencia hay una "música difusa" que:

- tiende a identificar la comunión eclesial con la adhesión incondicional y la obediencia con la sumisión ciega, que considera necesariamente negativas las discrepancias, el disenso y los conflictos al interior de la Iglesia.

- no plantea los cambios que pueden exigir en el interior de la iglesia la presencia de los cristianos en el mundo de la política, del trabajo, de la ciencia...

- la organización y funcionamiento eclesial que se presupone en la ponencia y en sus propuestas está estructurado sobre el esquema " clérigos - laicos".

Creo que la comunión eclesial no excluye la posibilidad del disenso y el conflicto; incluso, a veces, lo hace necesario, ya que todos hemos de estar "al servicio de la verdad del Evangelio": Así fue desde los primeros tiempos de la Iglesia:

"Cuando Pedro llegó a Antioquía tuve que encararme con él porque era reprensible. Antes de que llegaran ciertos individuos de parte de Santiago, comía con los gentiles; pero cuando llegaron aquellos, se retrajo y se puso aparte, temiendo a los partidarios de la circuncisión.

Ahora que, cuando yo vi que su conducta no cuadraba con la verdad del Evangelio, le dije a Pedro delante de todos:

- Si tú, siendo judío, vives a lo gentil y no a lo judío, ¿Cómo fuerzas a los gentiles a las prácticas judías?" (Gal 2/11-14)

Así lo reconoció el Concilio: "También actualmente conoce la Iglesia cuánta distancia separa el mensaje por ella predicado y la humana debilidad de aquellos a quienes está confiado el Evangelio. ... Sea cual fuere el juicio de la historia acerca de esos defectos, debemos ser conscientes de ellos y combatirlos con firmeza para que no lesionen la difusión del Evangelio-(G.S .43)

La comunión eclesial, por tanto, no excluye el mantener una actitud crítica ante las equivocaciones y defectos de 1a Iglesia y su jerarquía, ni la valentía de expresarlo públicamente. Lo contrario equivaldría, para los cristianos, a vivir la comunión como una unión simbiótica, infantil, que anula el pensamiento y la propia personalidad de un sujeto adulto y corresponsable. Para la institución, supondría la parálisis de la propia Iglesia en la autosuficiencia y la autosatisfación.

Creo también que habría que abordar los cambios y adaptaciones culturales que la presencia de los cristianos en los distintos campos de compromiso puede plantear al interior de la propia Iglesia, aunque ello traiga consigo, lógicamente, problemas, conflictos y reajustes. El Concilio reconoció lo que la Iglesia ha recibido históricamente de los pueblos y culturas con los que ha entrado en contacto: "La Iglesia no ignora cuánto ha recibido de la historia y evolución del género humano: la experiencia de los siglos, el avance de las ciencias, los tesoros escondidos en las diversas formas de cultura humana" (G..S. 44)

La experiencia de los cristianos en la política, en la vida sindical y asociativa, en el mundo de la ciencia, en las relaciones interculturales e interreligiosas... les hace descubrir una serie de valores y modos de funcionamiento que, en no pocos casos, pueden y deben ser trasladados a la comunidad cristiana, para que esta sea y se manifieste, en lo concreto de cada grupo humano, como la "Iglesia del Verbo Encarnado".

El paso de la primera Iglesia a los gentiles y su evangelización fue posible porque el cristianismo supo asumir los valores de la cultura pagana. Hubo conflictos, pero se solucionaron sobre la base de una interpelación y enriquecimiento mutuos. Si, por ejemplo, la propuesta n° 40 de la Ponencia cuarta plantea, para la vida social y política: "Rechazar que se reduzca al silencio la voz de la conciencia por vía de su exclusión del debate y de la vida pública", ¿por qué este no ha de valer también para el funcionamiento al interior de 1a propia Iglesia?

Y, en esta línea, creo que habría que plantearse, por fidelidad al Evangelio y a la cultura democrática, una forma menos piramidal y clerical de funcionamiento eclesial: Dice el Concilio Vaticano II: "Los laicos tienen el derecho, más aún, también a veces la obligación de manifestar su parecer sobre aquellas cosas que se relacionan con el bien de la Iglesia... Los pastores reconozcan y promuevan la dignidad y responsabilidad de los laicos en la Iglesia...

De esta manera se robustece en los seglares el sentido de su propia responsabilidad, se fomenta el entusiasmo y se asocian más fácilmente las fuerzas de los laicos a la obra de los pastores. Pues estos últimos, ayudados por 1a experiencia de los laicos, pueden juzgar con mayor precisión y acierto tanto los asuntos espirituales como los temporales, de suerte que la Iglesia entera, fortalecida por todos sus miembros, pueda cumplir con mayor eficacia su misión a favor de la vida del mundo" ("Lumen Gentium", 37).

Considero que el esquema de organización eclesial "clérigos - laicos", que se presupone en la ponencia, no se corresponde con la tradición de la primera Iglesia, en la que se da un reparto de responsabilidades y ministerios (1 Cor. 12; Ef 4/11 - 16) en el que no se anulan unos a otros sino que han de vivirse en una relación recíprocamente enriquecedora. Ni se corresponde con la experiencia de no pocos movimientos y comunidades eclesiales actuales, en las que el sacerdocio se vive ya como un ministerio, junto a otros, y entre todos van construyendo la comunidad o el movimiento. Finalmente, la experiencia de nuestro tiempo aconseja, para que una institución sea eficiente, la especialización de tareas y para que respete los derechos de la persona, que sus miembros puedan participar en sus decisiones y en su funcionamiento. ¿Qué dificultad hay en incorporar estos modos de funcionamiento en la Iglesia?

"El padre Congar - teólogo del Concilio - concluía que la exigencia de democracia "integra una exigencia de fidelidad a la fe católica", legitimada por la práctica antigua (Hech. 1/20-26; 6/1-7; y otros ) y no fruto maligno de "peligrosas concesiones al espíritu del mundo" y a los regímenes políticos nacidos como consecuencia de la "abominable" Revolución Francesa, como dicen los lefevrianos, falsificando la historia de la misma Iglesia que pretenden defender. Por el mismo motivo el Concilio recuperó del tesoro antiguo de la Iglesia, algunos elementos constitucionales que con el tiempo se habían eclipsado, por ejemplo, la colegialidad episcopal, la sinodalidad, el criterio de subsidiariedad: decisiones adoptadas "por coherencia teológica con la vocación de la Iglesia", no por "sociologismo" o "democratismo".

Y en 1983 el Código de Derecho Canónico prolonga estas razones de "coherencia teológica" ratificando el antiguo principio eclesiológico "democrático" en la estructura de la Iglesia latina. El Canon 119 retoma el criterio primitivo de que "Lo que tiene que ver con todos, debe ser aprobado por todos" ("Quod autem omnes uti singulos tangit, ab omnibus approbari debet") y reconocía el derecho fundamental de los fieles a ser consultados sobre la vida de la Iglesia y sobre el nombramiento de los responsables, admitiendo el derecho de libertad de opinión y de crítica en el interior de la Iglesia.

Siguiendo el empuje del Concilio (y de la consiguiente recuperación de la antigua tradición) considero positiva la petición que va creciendo en el pueblo cristiano en el sentido de que se abran en los diversos niveles de la Iglesia nuevos espacios de participación que vayan introduciendo un sentimiento y una cultura democrática. Especialmente se reclama que los laicos, hombres y mujeres, tomen parte en la elaboración de las decisiones, si no en la toma de las mismas, sobre todo cuando traten de la misión de la Iglesia y de su vida interna.

Finalmente, y en relación con los problemas que a algunos nos plantean las formas concretas de vivir la comunión eclesial, permítaseme una pregunta indiscreta: ¿Qué presencia tienen, en los medios de comunicación eclesiales o en las plataformas eclesiales más autorizadas, las opiniones y planteamientos de católicos que no sean – por decirlo de manera simplificada – de la “Derecha económica, política y social”?. ¿Por qué fue desestimada una propuesta nueva que pedía : “que los medios de comunicación de la Iglesia (generales y diocesanos) acojan y reflejen en sus programas la diversidad cultural, social y política de los católicos de Madrid, considerando este pluralismo como una riqueza, consecuencia lógica de la inserción del Evangelio en los distintos grupos humanos de nuestra sociedad” ?

Se está dando – en mi opinión – con esta estrategia una vuelta a posiciones preconciliares. Se elimina, por la vía del silenciamiento, a todo un sector de la comunidad eclesial que tiene derecho a pensar y actuar de otra manera y a expresarlo y debatirlo en su interior. En nombre de la comunión eclesial, precisamente, se eliminan sus condiciones de posibilidad, al hacerla coincidir con la defensa de los planteamientos e intereses de un grupo cultural, social y político concreto.

“La caridad había de reunir a la Iglesia de Dios en todo el orbe de la tierra. Por eso, así como entonces un solo hombre, habiendo recibido el Espíritu Santo, podía hablar en todas las lenguas; ahora, en cambio, es la unidad misma de la Iglesia, congregada por el Espíritu Santo, la que habla en todos los idiomas... y anuncia , con aquel maravilloso milagro, la propagación de la Iglesia católica por todos los pueblos y lenguas ... ” (Lectura de Laudes de Pentecostés)

Considerábamos como una riqueza adquirida en las orientaciones del Concilio Vaticano II el legítimo pluralismo cultural y político de los católicos, por el que una misma fe puede conducir a compromisos culturales y políticos diferentes. Por lo visto, estábamos equivocados.

¿Mi opinión sobre el Sínodo de Madrid? Considero que, al no haber abordado abiertamente, eclesialmente, con profundidad, estas cuestiones y algunas más, que considero importantes en el hoy de nuestra Iglesia, este Sínodo ha sido una ocasión fallida. Lo siento. Por supuesto, dicho sea todo con el debido respeto y sin ánimo de ofender.
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