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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

por añadidura

LIBERTAD DE CONCIENCIA

JUAN DE DIOS REGORDÁN DOMÍNGUEZ
ALGECIRAS (CÁDIZ).

ECLESALIA, 10/05/05.- Mucho han sorprendido las palabras del Secretario de la Conferencia Episcopal sobre la objeción de conciencia ante las bodas de homosexuales y también mucho dio que pensar cuando el actual Presidente del Gobierno prometió en su campaña electoral que haría de España una sociedad laica. Si la acción política no se confronta con una instancia ética superior, iluminada a su vez por una visión integral del ser humano y de la sociedad, termina por ser sometida a fines inadecuados e ilícitos. No es misión del Gobierno moldear la sociedad en algo tan personal como la fe ni tampoco es misión de la Jerarquía dominar o poner cargas a las conciencias de los que todavía considera súbditos silenciosos. Es la persona humana y la sociedad la que tiene capacidad para darse a sí misma una impronta laica o religiosa. Puede darse un Estado aconfesional en el que la mayoría de los ciudadanos sean creyentes; ciudadanos, por otra parte, con distintos niveles de formación cristiana, a los que la arrogancia y seguridad autoritaria de la Jerarquía les producen alergia y aversión. La autoridad hay que ganarla día a día.
En España gran número de los que se dicen católicos tienen escasa conexión con la Institución Eclesial y mucho menos con las directrices jerárquicas. De los cambios que se han experimentado en nuestra sociedad el de mayor calado es el de la valoración de la libertad interior. La conciencia es el núcleo más secreto y sagrado de la persona en el que se siente a solas consigo mismo y con Dios. La dignidad humana requiere que el hombre actúe según su recta conciencia y libre elección, movido e inducido por la convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego y egoísta impulso interior o de la coacción externa.. El estilo del Jesús en las parábolas de la oveja perdida y del hijo pródigo nos muestra el camino: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y encontrareis consuelo para vuestra vida” (Mt 11, 28-29).
La “Declaración sobre la libertad religiosa” del Concilio Vaticano II tuvo bastante discusión y trabajo hasta salir votada. Este documento, más que ningún otro, despertó interés en los obispos españoles, envueltos en la nube del nacional catolicismo”. Con este documento, que asume el núcleo esencial de la antropología (que la dignidad de la persona humana se apoya en la libertad), la Iglesia hace suyo el espíritu de la modernidad: “que los hombres en su actuación gocen y usen de su propio criterio” que actúen desde la libertad, y desde la racionalidad, puesto que la razón es el fundamento de la libertad. Pero todavía parte de la Jerarquía española parece que no ha deducido todas las consecuencias de este principio y sigue teniendo miedo a la libertad y al principio de la primacía absoluta de la razón. El fundamento bíblico y teológico del documento se encuentra en la actitud de Cristo, que condenó el absolutismo del poder y le contrapuso el amor servicial como característica propia de sus discípulos y de su Iglesia y también en la libertad del acto de fe: “Porque el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza. “Nadie cree si no quiere creer”, como dice San Agustín.
Si el Estado no puede imponer una religión, tampoco puede ignorarla y, menos aún, coartarla o perseguirla. En una democracia cada ciudadano tiene derecho a su libertad de creencias. Por otra parte, durante siglos la Iglesia española ha estado presente en todas las esferas de la vida: la religiosa, la moral, la política, la cultural, la económica y la legislativa. Hoy ya no es así. Se acabó el Estado confesional como Estado ideal para la Iglesia católica. No es bueno que pretenda coaccionar la libertad de conciencia porque pervierte las más elementales exigencias de la caridad y reduce a puro formalismo el mandamiento del amor. Cuando la Iglesia se deja tentar por el poder, su imagen y su misión se devalúa. En 1.882 León XIII dirigió una carta a los obispos españoles en la que les recordaba que no se comprometiera la verdad católica con determinados partidos políticos. El Concilio dice también “ La Iglesia, que por razón de su misión y de su competencia no se confunde en modo alguno con la comunidad política ni está ligada a sistema político alguno, es a la vez signo y salvaguarda del carácter trascendental de la persona humana. La comunidad política y la iglesia son independientes y autónomas cada una en su propio terreno”
En la medida en que la Iglesia se convierta en masa dejará de ser levadura. Los obispos no pueden seguir actuando como si nada hubiera ocurrido. Es necesario un lenguaje sencillo y persuasivo y exhortativo más que un lenguaje dogmático e imperativo. Se trata de presentar el evangelio de modo inteligible y atractivo, descubriendo su capacidad de dar respuesta a los interrogantes fundamentales del hombre y de la sociedad actual. El gran problema de la Iglesia no es la moral sexual, ni la bioética, ni la defensa a ultranza de la vida, sino despertar la sed de Dios que no tienen los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Es “indiferencia religiosa” la que hay que atajar. No se niega razonadamente a Dios, no es ateismo, sino algo mucho peor: es que Dios no les interesa, no tiene lugar en la vida de muchos llamados cristianos. A unos cristianos así les resbala y alejan aún más las directrices que emanan de la jerarquía. En una sociedad secularizada como la nuestra muchos perciben que, excepto en las cuestiones que afectan al núcleo de la fe, que ha sido revelado por Dios, el Papa y los obispos no tienen una autoridad indiscutible. Por eso en una cultura que acentúa tanto la primacía de la razón y la autonomía del individuo, la Iglesia ha de abriera al diálogo con la sociedad.
Han sonado voces por parte de miembros del Gobierno y de otros grupos políticos que pueden poner a la Iglesia ante una humillante situación. No se escucharían ni se les haría caso en cuestiones morales y religiosas y se les echaría en cara las demandas económicas, tapándole la boca. Sabemos también que los, antes autodenominados progresistas, utilizaron la objeción de conciencia en la lucha por las libertades y ahora niegan que se pueda utilizar por otros la objeción de conciencia Por otra parte, parece que se sacan las cosas de quicio. “Matrimonio” por su misma etimología hace referencia a “carga de la madre” y, hoy por hoy, lo que da estabilidad a la pareja es comunicación emocional. Se podría legislar, desde un punto de vista práctico, de manera que, respetando el Sacramento del Matrimonio de los católicos, pudieran celebrarse otros tipos de uniones, cuyos efectos legales también puedan beneficiar, por ejemplo, a hermanos viudos o solteros que vivan en familia.
España necesita hoy la presencia de católicos con fe madura que den testimonio del amor de Dios a todos los seres humanos. El Evangelio es luz que ilumina desde la familia, a la cultura, a la escuela, a la universidad, a los jóvenes, a los medios de comunicación, a la economía, a la política. Cristo va al encuentro del ser humano donde vive, trabaja y ofrece sentido pleno a su existencia la libertad religiosa consiste en el derecho civil de profesar, celebrar y extender la fe. No necesitamos más. El resto, incluso el crecimiento del número de creyentes, se nos dará por añadidura. Lo ha dicho Jesús: “Buscad el Reino de Dios y su justicia. Lo demás se os dará por añadidura” (Mt 6, 33).
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