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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Biblia

desnudo

desnudo

7 Tiempo ordinario (C), Lucas 6, 27 – 38
SIN VIOLENCIA
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 14/02/07.- Jesús lo veía todo desde su propia experiencia de Dios. Y Dios, el Padre bueno de todos, ama y busca la justicia, pero no es violento. No destruye a los injustos, sino que busca su cambio. Así es Dios y así hay que trabajar por un mundo más humano. No introduciendo más violencia, sino buscando el cambio de las personas y la humanización de las relaciones.

¿No es esto un sueño ingenuo de Jesús? ¿Hay que permanecer pasivos ante los abusos? ¿Hay que someterse con resignación a las injusticias de los poderosos? ¿Se puede luchar contra el mal sólo con el bien?

La postura de Jesús es clara. Para hacer un mundo más humano, hemos de actuar en sintonía con Dios cuyo corazón no es violento. Hemos de parecernos a él, incluso al luchar contra la injusticia. Jesús es realista. No impone normas ni da preceptos. Sencillamente, a «los que le escuchan» les sugiere un estilo de actuar original y sorprendente.

No llama a la pasividad; no anima a la resignación. Invita a reaccionar ante las agresiones con un gesto amistoso que desconcierte y haga reflexionar al adversario, cortando de raíz la escalada de la violencia.

Jesús pone ejemplos sencillos para ilustrar su idea: «Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra». No pierdas tu dignidad, mírale a los ojos, quítale su poder de humillarte, ofrécele la otra mejilla, hazle saber que su agresión no ha tenido un efecto destructor sobre ti; sigues siendo tan humano o más que él.

Otro ejemplo: «Al que te roba la capa, déjale también la túnica que cubre tu cuerpo. Preséntate así ante todos, desnudo pero con dignidad. Que el ladrón quede en ridículo y todos puedan ver hasta donde llega su ambición e injusticia».

Nunca serán muchos los que sigan a Jesús. Jamás pensó él en grandes masas. Sólo quería algunos seguidores que fueran «luz del mundo» y «sal de la tierra». Quienes se resisten personalmente a la violencia en medio de un mundo injusto y violento son los que mejor apuntan hacia una sociedad verdaderamente humana. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

bien claro

bien claro

6 Tiempo ordinario (C), Lucas 6, 17. 20 – 26
BIEN CLARO
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 07/02/07.- Jesús no poseía poder político ni religioso para transformar la situación injusta que se vivía en su pueblo. Sólo tenía la fuerza de su palabra. Los evangelistas recogieron, uno detrás de otro, los gritos que Jesús fue lanzando por las aldeas de Galilea en diversas situaciones. Sus bienaventuranzas quedaron grabadas para siempre en sus seguidores.

Se encuentra Jesús con gentes empobrecidas que no pueden defender sus tierras de los poderosos terratenientes y les dice: «Dichosos los que no tenéis nada porque vuestro rey es Dios». Ve el hambre de mujeres y niños desnutridos, y no puede reprimirse: «Dichosos los que ahora tenéis hambre porque quedaréis saciados». Ve llorar de rabia e impotencia a los campesinos, cuando los recaudadores se llevan lo mejor de sus cosechas y los alienta: «Dichosos los que ahora lloráis porque reiréis».

¿No es todo esto una burla? ¿No es cinismo? Lo sería, tal vez, si Jesús les estuviera hablando desde un palacio de Tiberíades o una villa de Jerusalén, pero Jesús está con ellos. No lleva dinero, camina descalzo y sin túnica de repuesto. Es un indigente más que les habla con fe y convicción total.

Los pobres le entienden. No son dichosos por su pobreza, ni mucho menos. Su miseria no es un estado envidiable ni un ideal. Jesús los llama «dichosos» porque Dios está de su parte. Su sufrimiento no durará para siempre. Dios les hará justicia.

Jesús es realista. Sabe muy bien que sus palabras no significan ahora mismo el final del hambre y la miseria de los pobres. Pero el mundo tiene que saber que ellos son los hijos predilectos de Dios, y esto confiere a su dignidad una seriedad absoluta. Su vida es sagrada.

Esto es lo que Jesús quiere dejar bien claro en un mundo injusto: los que no interesan a nadie, son los que más interesan a Dios; los que nosotros marginamos son los que ocupan un lugar privilegiado en su corazón; los que no tienen quien los defienda, tienen a él como Padre.

Los que vivimos acomodados en la sociedad de la abundancia no tenemos derecho a predicar a nadie las bienaventuranzas de Jesús. Lo que hemos de hacer es escucharlas y empezar a mirar a los pobres, los hambrientos y los que lloran, como los mira Dios. De ahí puede nacer nuestra conversión. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


predica

predica

5 Tiempo ordinario (C), Lucas 5, 1 – 11
UNA PALABRA DIFERENTE
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 31/01/07.- Al llegar al lago Genesaret, Jesús vive una experiencia muy diferente a la que había vivido en su pueblo. La gente no lo rechaza, sino que se «agolpa a su alrededor». Aquellos pescadores no buscan milagros como los vecinos de Nazaret. Quieren «oír la Palabra de Dios». Es lo que necesitan.

La escena es cautivadora. No ocurre dentro de una sinagoga, sino en medio de la naturaleza. La gente escucha desde la orilla; Jesús habla desde la superficie serena del lago. No está sentado en una cátedra sino en una barca. Según Lucas, en este escenario humilde y sencillo «enseñaba» Jesús a la gente.

Esta muchedumbre viene a Jesús para oír la «Palabra de Dios». Intuyen que lo que él les dice proviene de Dios. Jesús no repite lo que oye a otros; no cita a ningún maestro de la ley. Esa alegría y esa paz que sienten en su corazón sólo puede despertarlas Dios. Jesús les pone en comunicación con él.

Años más tarde, en las primeras comunidades cristianas, se dice que la gente se acerca también a los discípulos de Jesús para oír la «Palabra de Dios». Lucas vuelve a utilizar esta expresión audaz y misteriosa: la gente no quiere oír de ellos una palabra cualquiera; esperan una palabra diferente, nacida de Dios. Una palabra como la de Jesús.

Es lo que se ha de esperar siempre de un predicador cristiano. Una palabra dicha con fe. Una enseñanza enraizada en el evangelio de Jesús. Un mensaje en el que se pueda percibir sin dificultad la verdad de Dios y donde se pueda escuchar su perdón, su misericordia insondable y también su llamada a la conversión.

Probablemente, muchos esperan hoy de los predicadores cristianos esa palabra humilde, sentida, realista, extraída del evangelio, meditada personalmente en el corazón y pronunciada con el Espíritu de Jesús. Cuando nos falta este Espíritu, jugamos a hacer de profetas, pero, en realidad, no tenemos nada importante que comunicar. Con frecuencia, terminamos repitiendo con lenguaje religioso las «profecías» que se escuchan en la sociedad. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


el profeta

el profeta

4 Tiempo ordinario (C), Lucas 4, 21 - 30
REFRÁN DE ACTUALIDAD
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 24/01/07.- Nazaret era una aldea pequeña, perdida entre las colinas de la Baja Galilea. Todos conocen allí a Jesús: lo han visto jugar y trabajar entre ellos. La humilde sinagoga del pueblo está llena de familiares y vecinos. Allí están sus amigos y amigas de la infancia.

Cuando Jesús se presenta ante ellos como «enviado» por Dios para los pobres y oprimidos, quedan sorprendidos y admirados. Su mensaje les agrada, pero no les basta. Piden que haga entre ellos las curaciones que, según se dice, ha realizado en Cafarnaún. No quieren un «profeta» de Dios, sino una especie de «mago» o «curandero» que dé prestigio a su pequeña aldea.

Jesús no parece sorprenderse. Según todos los evangelistas, pronuncia un refrán que quedará muy grabado en el recuerdo de sus seguidores: «Os aseguro que ningún profeta es bien acogido en su pueblo». Según Lucas, la incredulidad y el rechazo de los vecinos de Nazaret va creciendo. Al final, «furiosos» lo echan «fuera del pueblo».

El refrán de Jesús no es una banalidad, pues encierra una gran verdad. El «profeta» es una persona que hace presente la verdad de Dios, pone al descubierto nuestras mentiras y cobardías, y llama a todos a un cambio de vida. No es fácil escuchar su mensaje. Resulta más cómodo «echarlo fuera» y olvidarnos de él.

Los cristianos decimos cosas tan admirables de Jesús, que, a veces, olvidamos su dimensión de «profeta». Lo confesamos como «Hijo de Dios», «Salvador del mundo», «Redentor de la humanidad», y pensamos que, al recitar nuestra fe, ya lo estamos acogiendo. No es así. A Jesús, «Profeta de Dios», le dejamos penetrar en nuestra vida, cuando escuchamos sus palabras hasta dentro, nos dejamos trasformar por su verdad y seguimos su estilo de vida.

Esta es la decisión más importante de nuestro corazón: o acojo la verdad de Jesús o la rechazo. Esta decisión, oculta a los ojos de los demás y sólo conocida por Dios, es la que decide el sentido de mi vida y el acierto o desacierto de mi paso por el mundo. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).


programa

programa

3 Tiempo ordinario (C), Lucas 1, 1 – 4; 4, 14 - 21
PROGRAMA
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 17/01/07.- Antes de comenzar su relato evangélico, Lucas quiere presentar de manera clara el programa de Jesús, que enseguida irá exponiendo a lo largo de su escrito. Le interesa mucho, pues ése es precisamente el programa que han de tener ante sus ojos los que le siguen.

Según Lucas, es Jesús mismo quien selecciona un pasaje del profeta Isaías y se lo lee a los vecinos de su pueblo, para que puedan entender mejor el Espíritu que lo anima, las preocupaciones que lleva dentro de su corazón y la tarea a la que se quiere dedicar en cuerpo y alma.

«El Espíritu del Señor está sobre mí. Él me ha ungido». Jesús se siente «ungido» por el Espíritu de Dios, impregnado por su fuerza. Por eso, sus seguidores le llaman ahora «Cristo», es decir, «Ungido», y, por eso, se llaman ellos mismos «cristianos». Para Lucas, es una contradicción llamarse «cristiano» y vivir sin ese Espíritu de Jesús.

«Me ha enviado para dar la Buena Noticia a los pobres». A Dios le preocupa el sufrimiento de la gente. Por eso, su Espíritu le empuja a Jesús a dejar su pueblo para dar la Buena Noticia a los pobres. Ésta es su gran tarea: poner esperanza en los que sufren. Si lo que hacemos y decimos los cristianos no es captado como «Buena Noticia» por los que sufren, ¿qué evangelio estamos predicando?, ¿a qué nos estamos dedicando?

Jesús se siente enviado a cuatro grupos de personas: los «pobres», los «cautivos», los «ciegos», y los «oprimidos». Son los que más dentro lleva en su corazón, los que más le preocupan ¿Qué ha sido de «la gran preocupación» de Jesús? Aquí no hay escapatoria posible. La Iglesia es de los que sufren, o deja de ser la Iglesia de Jesús. Si no son ellos quienes nos preocupan, ¿de qué nos estamos preocupando?

Jesús tiene claro su programa: sembrar libertad, luz y gracia. Esto es lo que desea introducir en aquellas aldeas de Galilea y en el mundo entero. Nosotros podemos dedicarnos a juzgar y condenar la sociedad actual; podemos discutir de todo; podemos lamentarnos de la indiferencia religiosa. Si seguimos el programa de Jesús, nos sentiremos llamados a poner en el mundo libertad, luz y gracia de Dios. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

vino

vino

2 Tiempo ordinario (C), Juan 2, 1 – 12
ALEGRÍA Y AMOR
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 10/01/07.- Según el evangelista Juan, Jesús fue realizando signos para dar a conocer el misterio encerrado en su persona y para invitar a la gente a acoger la fuerza salvadora que traía consigo. ¿Cuál fue el primer signo?, ¿qué es lo primero que hemos de encontrar en Jesús?

El evangelista habla de una boda en Caná de Galilea, una pequeña aldea de montaña, a quince kilómetros de Nazaret. Sin embargo, la escena tiene un carácter claramente simbólico. Ni la esposa ni el esposo tienen rostro: no hablan ni actúan. El único importante es un «invitado» que se llama Jesús.

Las bodas eran en Galilea la fiesta más esperada y querida entre las gentes del campo. Durante varios días, familiares y amigos acompañaban a los novios comiendo y bebiendo con ellos, bailando danzas de boda y cantando canciones de amor. De pronto, la madre de Jesús le hace notar algo terrible: «no les queda vino». ¿Cómo van a seguir cantando y bailando?

El vino es indispensable en una boda. Para aquellas gentes, el vino era, además, el símbolo más expresivo del amor y la alegría. Lo decía la tradición: «el vino alegra el corazón». Lo cantaba la novia a su amado en un precioso canto de amor: «Tus amores son mejores que el vino». ¿Qué puede ser una boda sin alegría y sin amor?, ¿qué se puede celebrar con el corazón triste y vacío de amor?

En el patio de la casa hay «seis tinajas de piedra». Son enormes. Están «colocadas allí», de manera fija. En ellas se guarda el «agua» para las purificaciones. Representan la piedad religiosa de aquellos campesinos que tratan de vivir «puros» ante Dios. Jesús transforma el agua en vino. Su intervención va a introducir amor y alegría en aquella religión. Ésta es su primera aportación.

¿Cómo podemos pretender seguir a Jesús sin cuidar más entre nosotros la alegría y el amor?, ¿qué puede haber más importante que esto en la Iglesia y en el mundo?, ¿hasta cuándo podremos conservar en «tinajas de piedra» una fe triste y aburrida?, ¿para qué sirven todos nuestros esfuerzos, si no somos capaces de introducir amor en nuestra religión? Nada puede ser más triste que decir de una comunidad cristiana: «no les queda vino». (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

bautismo nuevo

bautismo nuevo

Bautismo del Señor, Lucas 3, 15 – 16. 21 - 22
UN BAUTISMO NUEVO
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 03/01/07.- El Bautista habla de manera muy clara: «Yo os bautizo con agua», pero esto sólo no basta. Hay que acoger en nuestra vida a otro «más fuerte», lleno de Espíritu de Dios: «Él os bautizará con espíritu santo y fuego».

Son bastantes los «cristianos» que se han quedado en la religión del Bautista. Han sido bautizados con «agua», pero no conocen el bautismo del «espíritu». Tal vez, lo primero que necesitamos todos es dejarnos transformar por el Espíritu que cambió totalmente a Jesús. ¿Cómo es su vida después de recibir el Espíritu de Dios?

Jesús se aleja del Bautista y comienza a vivir desde un horizonte nuevo. No hay que vivir preparándonos para el juicio inminente de Dios. Es el momento de acoger a un Dios Padre que busca hacer de la humanidad una familia más justa y fraterna. Quien no vive desde esta perspectiva, no conoce todavía qué es ser cristiano.

Movido por esta convicción, Jesús deja el desierto y marcha a Galilea a vivir de cerca los problemas y sufrimientos de las gentes. Es ahí, en medio de la vida, donde se le tiene que sentir a Dios como «algo bueno»: un Padre que atrae a todos a buscar juntos una vida más humana. Quien no le siente así a Dios, no sabe cómo vivía Jesús.

Jesús abandona también el lenguaje amenazador del Bautista y comienza a contar parábolas que jamás se le hubieran ocurrido a Juan. El mundo debe saber lo bueno que es este Dios que busca y acoge siempre a sus hijos perdidos porque sólo quiere salvar, no condenar. Quien no habla este lenguaje de Jesús, no anuncia su buena noticia.

Jesús deja la vida austera del desierto y se dedica a hacer «gestos de bondad» que el Bautista nunca había hecho. Cura enfermos, defiende a los pobres, toca a los leprosos, acoge a su mesa a pecadores y prostitutas, abraza a niños de la calle. La gente tiene que sentir la bondad de Dios en su propia carne. Quien habla de un Dios bueno y no hace los gestos de bondad que hacía Jesús desacredita su mensaje. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

pregón

pregón

31 diciembre, Lucas 2, 8 - 12
EL CORAZÓN DE LA NAVIDAD
JOSÉ ANTONIO PAGOLA
SAN SEBASTIÁN (GUIPUZCOA).

ECLESALIA, 27/12/06.- Poco a poco lo vamos consiguiendo. Ya hemos logrado celebrar unas fiestas entrañables, sin conocer exactamente su razón de ser. Nos felicitamos unos a otros y no sabemos por qué. Se anuncia la Navidad y se oculta su motivo. Muchos no recuerdan ya dónde está el corazón de estas fiestas. ¿Por qué no escuchar el «primer pregón» de Navidad? Lo compuso el evangelista Lucas hacia el año ochenta.

Según el relato, es noche cerrada. De pronto, una «claridad» envuelve con su resplandor a unos pastores. El evangelista dice que es la «gloria del Señor». La imagen es grandiosa: la noche queda iluminada. Sin embargo, los pastores «se llenan de temor». No tienen miedo a las tinieblas sino a la luz. Por eso, el anuncio empieza con estas palabras: «No temáis».

No nos hemos de extrañar. Preferimos vivir en tinieblas. Nos da miedo la luz de Dios. No queremos vivir en la verdad. Quien no ponga estos días más luz y verdad en su vida, no celebrará la Navidad.

El mensajero continúa: «Os traigo la Buena Noticia, la gran alegría para todo el pueblo». La alegría de Navidad no es una más entre otras. No hay que confundirla con cualquier bienestar, satisfacción o disfrute. Es una alegría «grande», inconfundible, que viene de la «Buena Noticia» de Jesús. Por eso, es «para todo el pueblo» y ha de llegar, sobre todo, los que sufren y viven tristes.

Si ya Jesús no es una «buena noticia»; si su evangelio no nos dice nada; si no conocemos la alegría que sólo nos puede llegar de Dios; si reducimos estas fiestas a disfrutar cada uno de su bienestar o a alimentar un gozo religioso egoísta, celebraremos cualquier cosa menos la Navidad.

La única razón para celebrarla es ésta: «Os ha nacido hoy el Salvador». Ese niño no les ha nacido a María y José. No es suyo. Es de todos. Es «el Salvador» del mundo. El único en el que podemos poner nuestra última esperanza. Este mundo que conocemos no es la verdad absoluta. Jesucristo es la esperanza de que la injusticia que hoy lo envuelve todo no prevalezca para siempre.

Sin esta esperanza, no hay Navidad. Despertaremos nuestros mejores sentimientos, disfrutaremos del hogar y la amistad, nos regalaremos momentos de felicidad. Todo eso es bueno. Muy bueno. Todavía no es Navidad. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).