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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

perdón

DEL PERDÓN DE LAS VÍCTIMAS A LA POLÍTICA DEL PERDÓN
XABIER PIKAZA
BURGOS.

ECLESALIA, 28/02/06.- Cierta iglesia oficial española parece obsesionada por cuestiones que no son de evangelio: la negación del ministerio a los homosexuales, la clase de religión cristiana en las escuelas públicas, el uso de preservativos e, incluso, la función católica de una determinada unidad nacional española (sobre la que, ¡madre mía! nos amenazan con un documento). Para ello, algunos obispos se han manifestado en la calle con representantes de partidos y grupos de derecha (ellos dicen “de derecho”), apelando a una justicia políticamente defendible, pero no evangélica, colaborando así a la crispación del pueblo común y a la posible restauración de unos intereses de grupo, pero no a la paz del evangelio. ¡Pobre Jesús! ¡Dónde le han dejado! Porque Jesús buscaba la vida de los pobres, la gratuidad y el perdón y no empleaba para ello los medios del César. Jesús fue representante del perdón de las víctimas, entre las que murió y por las que ha resucitado y vive, según la fe de la iglesia que representan los obispos.

En el principio de la iglesia está el perdón de las víctimas. Había perdón en el judaísmo del tiempo de Jesús, pero se encontraba controlado por los sacerdotes y el templo, al servicio de la justicia oficial que era, según Pablo, justicia de las obras, para bien del “buen” sistema, no perdón gratuito o de gracia, es decir, perdón de las víctimas, de los pobres y excluidos, de los expulsados y asesinados, que son los únicos que pueden perdonar de verdad, según el evangelio de Jesús. El perdón sagrado del templo se concedía a través de sacrificios rituales, regulados por los sacerdotes de Jerusalén, que monopolizaban la expiación por los pecados, elevándose así como autoridad sagrada sobre pueblo y asumiendo, de otra manera, pero en la misma línea, la política de Roma, diestra en “destruir a los soberbios y acoger a los sometidos” (Virgilio: “parcere subjectis et debellare superbos”), siempre desde arriba, con la autoridad del sistema sagrado. Ese perdón del templo y del sistema puede ser más o menos políticamente correcto, pero en el fondo no es perdón, sino otra forma de justificación del poder y de dominio y control de los poderosos, otra forma de “violencia legítima o legal”. Jesús, en cambio, ofreció y pidió perdón desde los excluidos y negados, en nombre de las víctimas, que son las únicas que pueden perdonar de verdad, superando así el orden del sistema y viniendo a presentarse como signo de un Dios de Perdón. Jesús no apeló a ningún tipo de poder legal más alto, no quiso justificar ningún sistema, ningún estado político, ninguna forma de nación sagrada, sino que los hombres y mujeres se perdonaran gratuitamente, sin apelar al templo, por encima de las jerarquías de Jerusalén o Roma, desde los expulsados y excluidos de la comunidad sagrada, es decir, desde las víctimas, para iniciar con ellas un camino de Reino de Dios, es decir, de comunión de amor desde los pobres, no un sistema nuevo de poder político o sagrado. Por eso, no pudo tomar el denario del César, porque allí donde la iglesia toma ese denario tiene que seguir los dictados del César, sea quien fuere quien se sienta en el sillón del Imperio. (Recordemos que al César le ha gustado y le gusta dar dinero a las Iglesias, para tenerlas de esa forma sometidas. Por eso, aunque el Gobierno de España proteste diciendo que no quiere financiar a la Iglesia de hecho quiere hacerlo, porque le conviene. En contra de eso, es la Iglesia la que debe renunciar unilateralmente a toda financiación particular del Estado, para regirse así por la misma ley de los otros ciudadanos en temas vinculados con la sociedad civil, como son las obras de asistencia o educación y las tareas de conservación del patrimonio artístico e histórico del pueblo).

Novedad cristiana. En esa línea, oponiéndose a un tipo de sistema sagrado de Jerusalén, Jesús radicalizó una experiencia propia de los grandes profetas de Israel, ofreciendo y pidiendo perdón, desde los pobres y expulsados del sistema, sobre el orden político del Cesar y sobre la jerarquía sagrada del templo. Frente a la ley del sistema, donde sigue rigiendo el talión (¡a cada uno según su merecido!), el evangelio sitúa a los hombres ante el don y tarea del perdón, haciéndoles capaces de desactivar la bomba de violencia que amenaza con destruir la humanidad, como ha destacado la antropóloga judía H. Arendt: «El descubridor del papel del perdón en la esfera de los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret. El hecho de que hiciera este descubrimiento en un contexto religioso y lo articulara en un lenguaje religioso no es razón para tomarlo con menos seriedad en un sentido estrictamente secular» (La condición humana, Paidós, Barcelona 2002). Sólo un perdón como el de Jesús (y el de otros hombres y mujeres de diversas religiones y culturas, que también perdonan gratuitamente) es capaz de romper el círculo del eterno retorno de una justicia que se cierra en sí misma y perpetúa la ley de la fuerza. El perdón supera (¡no niega!) la lógica de la justicia (del talión que siempre se repite: ojo por ojo, diente por diente) y de esa manera puede liberar a los hombres y mujeres del automatismo de la violencia. Ese perdón sólo puede partir de los excluidos del sistema de poder y de aquellos que se solidarizan con ellos, permitiendo que su vida trascienda el nivel de una ley de violencia universal impuesta, donde nada se crea ni destruye, sino que se transforma en otras formas de violencia, dentro de un orden que es siempre “orden de fuerza” (siempre al servicio de los privilegiados del sistema). Ciertamente, la violencia de la ley es mejor que una pura anarquía incontrolada o que la dictadura autocrática de aquellos que se proclaman salvadores y se sienten capaces de matar a los demás. Pero, al final, la pura ley sin gracia puede convertirse en dictadura del sistema, como está sucediendo en el sistema capitalista de occidente, que está dejando en el borde de la muerte y matando (¡con manos blancas!), sin necesidad de cámaras de gas o de tiros en la nuca, a millones y millones de personas. Sólo los pequeños rebeldes matan “suciamente” (aunque por lo que vemos en Guantánamo e Irak también los grandes matan con suciedad). De todas formas, en general, los poderes “legales” dejan morir limpiamente, legalmente, a millones de personas para bien del sistema.

La paz de Jerusalén y Roma: conversión y sumisión. Sacerdotes y escribas de Israel perdonaban a los “convertidos”, que volvían a cumplir la Ley, como mandaban los ritos y las buenas tradiciones de la justicia social y religiosa. También los buenos romanos estaban dispuestos a perdonar, como proclamaba Virgilio y escenificaba Augusto, promotor del Ara de la Paz en Roma, después de haber sometido (¡y civilizado!) a cántabros y astures, pocos años antes del nacimiento de Jesús (el Senado encargó en el 13 a. C. la construcción del Ara Pacis Augustae, que se conserva todavía en Roma, no lejos del Vaticano, junto al Mausoleo de Augusto, a la vera del Tíber). Pero esa era la paz de las legiones y para conseguirla había que seguir un “orden” bien claro: los manchados debían limpiar su impureza, los pecadores tenían que dejar el pecado y volver a la alianza del sistema; los “malos” rebeldes debían someterse al Imperio Divino, para acoger de esa manera los beneficios de la Sagrada Roma. La misma ley que condenaba a los pecadores (judaísmo) y sometía a los rebeldes (Roma) les abría, en un plano más alto, un camino de perdón, si se convertían y volvían al buen sistema, cumpliendo la debida penitencia, conforme a las leyes de los privilegiados del sistema, regulado y ratificado por los sacerdotes de Jerusalén y los soldados y comerciantes de Roma.

La paz de Jesús, paz de las víctimas. En contra de lo anterior, Jesús no exigió a los pecadores que se convirtieran primero, para integrarse así en el buen sistema, sino que empezó ofreciéndoles el perdón y solidaridad del Dios que es amor para todos, no sistema al servicio de algunos. No exigió una conversión antecedente, porque ese tipo de conversión sólo sirve para justificar lo que ya existe, el orden de los poderosos que controlan la ley para su servicio. No exigió conversión, porque supo que sólo el perdón gratuito puede “convertir” y trasformar a todos, no para integrarse en la justicia del Sistema Sagrado, consagrado por el Ara de Roma y el Templo de Jerusalén, sino para crear un tipo diferente de vida compartida, donde caben todos, por encima de unas normas y leyes actuales que rigen la vida económica y política, religiosa e ideológica del gran orden capitalista y de sus naciones o estados sometidos, dejando fuera de esa vida, al borde de la muerte, a millones de personas. Por su forma de ofrecer perdón y de acoger a los expulsados del sistema, Jesús entró en conflicto con la Ley sagrada del Templo de Jerusalén y del Ara Pacis de Roma, pues recibió en su mesa de pan compartido y en su espacio de Reino a leprosos y hemorroisas, a publicanos y prostitutas (pecadores), lo mismo que a los pobres de la tierra, sin mandarles antes a la cárcel o pedirles primero conversión y sometimiento. Jesús acogió a los que hoy serían emigrantes ilegales, excluidos del sistema, para iniciar con ello un camino de pan común y vida compartida. Lógicamente le mataron los representantes del buen sistema sagrado, del Ara Pacis de Roma, del Templo de la Paz de Jerusalén. Sólo muriendo al servicio de su tarea de paz, llegando hasta el final en el camino de las víctimas (¡sin haberlo querido de un modo victimista, sino todo lo contrario, superando todo victimismo!), Jesús pudo seguir ofreciendo con ellas una paz superior, que no está hecha de venganza, sino de gracia y de mano abierta para todos, conforme a la experiencia de la resurrección cristiana. En el orden del Templo de Jerusalén y del Ara Pacis de Roma no caben. En el camino de Jesús, desde el perdón de las víctimas, puede abrirse y se abre un espacio de vida para todos.

La nueva lógica de Jesús. No mantuvo discusiones sobre leyes o rituales: no quiso sustituir una sacralidad por otra, sino que suscitó, desde el centro de su pueblo y, de un modo especial, desde los expulsados y las víctimas de la sociedad (los que hoy serían parias sin derechos), un camino de gracia y vida compartida, conforme a lo que, a su juicio, era la voluntad de Dios Padre. No fue un profeta de conversión, no empezó pidiendo a los pobres manchados y pecadores que cambiaran de conducta, para recibir después (por ese cambio) el perdón de Dios, sino que ofreció comunión mesiánica o perdón precisamente a los que, según ley, seguían siendo pecadores o manchados, sin exigirles conversión antecedente, pues sabía que sólo el perdón ofrecido por gracia (¡sin decir “yo te perdono” desde arriba!) puede cambiar a los “pecadores”, no por cálculo de ley, sino por el poder de la misma gracia. Cierta Iglesia actual, siguiendo la lógica del Estado más que la de Jesús, tiende a perdonar desde arriba, conforme a una lógica de poder, para servicio del sistema. Jesús, en cambio, descubrió y propagó el perdón que nace desde abajo, desde los mismos condenados. En ese contexto se sitúa su palabra clave: «No juzguéis, y no seréis juzgados. No condenéis, y no seréis condenados. Perdonad, y seréis perdonados. Dad y se os dará» (Lc 6, 37-38). Estas palabras, que Jesús dirige precisamente a las víctimas (no a los representantes del sistema, que se reirían de él), son el corazón del evangelio, el único principio de acción de una Iglesia que pretenda vivir el evangelio. Por eso, ella no se puede imponer sobre el Estado, ni utilizar el Estado para cumplir sus objetivos, sino sólo vivir y expresar de un modo testimonial la voz del evangelio, como germen de perdón y gratuidad sobre un mundo inclinado a la violencia. En el momento en que ella apela a un tipo de poderes políticos, con los que se manifiesta en la calle, en el momento en que quiere imponer una ley impositiva sobre todos (especialmente sobre los más pobres), en nombre de algún tipo de poder especial que habría recibido, ella deja de ser signo de evangelio, aunque sus representantes puedan llamarse cardenales.

Palabra de iglesia, el Padrenuestro. Algunos poderosos de la iglesia parece que viven de hacer documentos, en los que reflejan sus buenas doctrinas de poder, para presentarse de esa forma como sabios y salvadores de los otros. Pero la iglesia de Jesús tiene ya sus “documentos” y entre ellos, sobre todo, el Padrenuestro, que sigue siendo norma de vida bien clara, como sabía Ignacio de Antioquìa al afirmar que “mis archivos son Jesucristo” (Filadelfios 8, 2). El orden social del Estado se rige por sus normas económicas y políticas, fundadas en un tipo de ley, donde se exige que las deudas se paguen y la seguridad se mantenga por la fuerza (por la violencia legítima), apelando para ello al ejército y a la policía, con penas de cárcel, que pueden impedir cierto tipo de violencia, pero que siempre lo hacen con otra violencia, sin resolver la raíz del problema. La iglesia, en cambio, no puede apelar (en cuanto iglesia) a ningún tipo de violencia legítima, a ninguna forma de justicia que se impone por la fuerza. Por eso, los cristianos ruegan: «Perdona nuestra deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores» (Mt 6, 12) (la traducción “perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” es buena, pero no recoge la radicalidad del evangelio). Estas palabras centrales del Padrenuestro expresan la experiencia de Jesús y de sus seguidores, que se descubren perdonados y se sienten capaces (¡por gracia!) de perdonar a los demás, no sólo las «ofensas», como dice la traducción litúrgica actual, sino todas las deudas, como pide el texto original del Padrenuestro.

Perdón de la iglesia, perdón de las víctimas. La iglesia no puede imponer al Estado la experiencia de perdón del Padrenuestro, ni convertirla en ley social, pues, hecha norma impositiva, esa palabra dejaría de ser lo que es: experiencia y camino voluntario de gracia. Por eso, ella tiene que dejar que los representantes del Estado y los diversos partidos políticos tracen sus opciones, según ley, pidiendo a Dios que les ayude. Pero puede hacer algo más grande, algo propio de ella y de aquellos que aman el evangelio de la vida, sean o no cristianos: puede y debe animar a los creyentes, y con ellos a todas las víctimas, para que ofrezcan la respuesta del amor gratuito y del perdón, como experiencia de Dios y de esperanza. Para eso, ella tiene que dejar el sillón de los poderosos, para habitar con las víctimas, como Jesús, profeta asesinado que perdona y abre un camino de perdón para todos, empezando por aquellos mismos que le han matado. No se honra cristianamente a las víctimas pidiendo venganza o un tipo de justicia, que en el fondo es venganza, como están haciendo algunos partidos políticos de España (con el visto bueno de cierta iglesia). Quien pide venganza o simplemente justicia impositiva desde las víctimas no cree en Jesús, víctima resucitada (no vengada), no puede llamarse cristiano, por más que lo pretenda, pues apela a la justicia de la venganza y no a la resurrección de la víctima que perdona, como Jesús. La Iglesia no quiere dar lecciones de poder al estado, pero puede y debe ofrecer un testimonio del perdón de las víctimas, viviendo con ellas, desde el otro lado del sistema: desde aquellos que han sido expulsados y crucificados, como Jesús. La iglesia sólo puede elevar la voz de las víctimas que no exigen venganza, sino que quieren perdonar y perdonan, por impulso y ofrenda de gracia, es decir, de resurrección. Sólo si asume la voz de las víctimas reales, rechazando de esa forma todo poder del sistema, la iglesia ofrecerá su fermento de Reino en ese mundo convulso, en el que ella (a veces) ha tendido a convertirse en principio de convulsión y norma de juicio, al servicio de unos intereses partidistas, en contra de la experiencia pascual, que se centra en el perdón gratuito de la víctima Jesús y de aquellos que se unen a su perdón.

¿Podría la iglesia jerárquica expresar el perdón del evangelio? Con esta pregunta quiero terminar mis reflexiones. Evidentemente, me gustaría responde que sí, diciendo que la jerarquía de la iglesia española es testimonio de perdón y gratuidad, signo de evangelio. Pero tengo mis dudas y dejo que sean los mismos lectores los que respondan. Que ellos mismos se pregunten, que ellos mismos vean y me digan lo que piensan. Por mi parte, tengo la firme sospecha de que las actitudes de algunos jerarcas actuales de la iglesia de España (¡no todos, por favor!) no son cristianas, pues no van en línea de perdón y gratuidad, desde Jesús, que es la víctima resucitada (no vengada). Es posible que algunos se sienten hipotecados por el poder social y religioso que ellos representan y que les impide vivir y expresar la libertad del evangelio. Y eso una pena, porque el evangelio vivido y celebrado, gozado y compartido en gratuidad y perdón, desde las mismas víctimas, puede ser principio de esperanza para los hombres y mujeres de España (y del mundo), sean o no cristianos. Por eso, pediría a los obispos que no intenten dar a los demás lecciones de política o de orden social, sino que sean simplemente signo de evangelio, es decir, fermento de perdón creador, desde las víctimas, por encima (no en contra) de la justicia de una ley que puede ser manipulada al servicio del sistema. La sociedad civil no puede seguir en cuanto tal las inspiraciones de una iglesia del perdón, pero si la voz de perdón de la iglesia no se escucha, el estado podría acabar encerrándose en una pura ley de muerte, es decir, de intereses enfrentados. ¿Podría inspirar nuestra iglesia una gran manifestación callada de perdón, desde las mismas víctimas que perdonan, como hizo y hace Jesús, sin demostraciones de poder (¡sin salir externamente a la calle, en clave impositiva!), sin atisbo de venganza ni resentimiento, sin complejos de inferioridad? ¡Que los políticos resuelvan en su nivel los problemas que ellos pueden resolver, que son importantes, pero no esenciales! El tema esencial de la violencia no se resuelve con política y policía (aunque política y policía tienen sentido en un plano), sino con perdón y gratuidad, como han sabido incluso algunos políticos, conforme indicó hace poco, con cierta lucidez, una mujer Sandrine Lefranc, Políticas del perdón, Cátedra, Madrid 2004 (=Politiques du pardon, PUF, Paris, 2002), estudiando los casos Argentina, Sudáfrica o Irlanda del Norte. Abierto queda el tema, así lo dejo para reflexión de los lectores, de manera que ellos mismos puedan pasar del perdón de las víctimas (tema esencial del evangelio) a una política de perdón, que puede y debe ser ya tema de los grandes políticos, es decir, de aquellos que buscan la de los pobres y desde los pobres y no los privilegios de una casta o de una nación determinada, sea grande o pequeña, da lo mismo. Aquí nos hemos centrado en el perdón de las víctimas. De la política del perdón hablaremos, Dios mediante, otro día. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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