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ecleSALia del 11/04/07 al 31/07/10

Denuncia

bautizada

BAUTIZADA

CARMEN ILABACA H., ccbilabaca@hotmail.com

CHILE.

 

ECLESALIA, 29/07/10.-  “No tengas miedo de mirarlo a Él”, me dijeron una vez... y hasta hoy... lo sigo mirando y encantando.  ¡Y, aquí estoy firme en mi fe! No hay lugar a dudas, sigo a Jesús en mi corazón y en mi actuar... ¡y soy mujer!

Al igual que yo, muchas mujeres seguimos a Jesús solo con la estola de nuestro bautismo. “Fuiste bautizada en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo... ¿y qué más quieres?”, me dijo una vez un sacerdote vestido de plomo con cuello romano. ¿Qué más quiero?, pero si yo quiero hacer lo que Jesús dijo: “Hagan esto en memoria mía”, pero cánones y decretos no me dejan porque soy mujer, como si fuera una impura de hoy, incapaz de tomar el cáliz.

Y así he ido diciendo lo que mi corazón y mi fe siente... y mientras más lo hago... más me empujan hacia fuera. Ya no me llaman a dar encuentros sobre Jesús en parroquias del sector... ya no participo en talleres o cursos parroquiales... y eso no me tiene triste. ¡Sí!, igual sigo su camino con las preferidas del Reino... la mujer pobre.

Cuando los hombres cierran ventanas y puertas, Dios abre miles de caminos... y aquí estamos con las mujeres tratando de ayudar brindándoles una oportunidad en sus vidas mediante la capacitación profesional, el acompañamiento y búsqueda de trabajo (www.centropadregumucio.org)

En cada día de encuentro con estas “mujeres de Jesús” aprendo que estoy en lo cierto, que estoy más cercana que nunca a Él, ayudándole a que “sus preferidas” tengan una vida buena con un espacio de vida laboral en una sociedad que normalmente las excluye.

Ah... y un recado para la Congregación de la Doctrina de la Fe en su breve relación sobre los cambios introducidos en las Normae de Gravioribus Delictis (Normas sobre los delitos más graves), señala en el punto 13 el documento: “Se ha introducido como un tipo de delito penal la atentada ordenación sagrada de una mujer”, junto al tema de la pederastia, la pornografía infantil y otros delitos terribles... que aqueja a algunos ordenados de la institución... y ahí está todo junto... todo revuelto... ¡ah!... y cuál es el recado: Clérigos: ¡qué falta de respeto al ser humano = mujer!

Señor bueno y misericordioso, Tú que tanto nos quieres y respetas, perdón por ellos. Nosotras, te seguiremos siempre, paso a paso, junto a María, “madre de las cansadas, que seguirán levantando la voz”. Amén.

Con humildad afirmo que “no tengo miedo de mirarlo a Él”. Tengo mi mirada limpia y mis manos también... y no tengo estola.

Cariñosamente desde Chile. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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fiare banca ética

FIARE BANCA ÉTICA

Tomando el control de nuestro dinero

ALBERTO PUYO y TOÑO MARTÍNEZ, tonnomartinez@gmail.com

MADRID.

 

ECLESALIA, 09/07/10.-  Nos gustaría empezar este artículo con un grito de alegría no exento de cierto amargor, ¡teníamos razón!

El sistema financiero existente hasta la fecha basado solamente en parámetros de crecimiento de balances, rentabilidad económica y beneficios exponenciales, no era coherente con la propia esencia de las personas, ni con un entorno de ciudadanos en el que nuestros actos tienen repercusiones sobre muchas otras personas cerca (y cada vez más lejos gracias a la globalización).

Al final el sistema económico-financiero ha hecho aguas. Ahora estamos intentando solucionarlo con parches temporales (inyecciones de dinero en bancos, inversión públicas, subsidios incontrolados) con la esperanza que todo vuelva a su cauce poco a poco, confiando de nuevo sólo en la lógica del mercado. Pero la solución no puede estar en la misma causa del problema; hay algo que chirría fuerte en este razonamiento.

Esto nos debería llevar a volver a tomar el control sobre nuestras decisiones financieras, ser responsables no solo en nuestro consumo de productos tangibles: comercio justo y consumo ecológico, sino también en nuestro consumo de productos financieros. Solo de esta forma, tomando el control de nuestras decisiones, tomaremos el control de la economía y podremos encontrar un sistema económico nuevo que soslaye los inconvenientes del capitalismo de libre mercado.

Este razonamiento se sustenta no solo desde un punto de vista racional y de propuesta ideológica, sino también desde un punto de vista moral. Desde una moral cristiana en el que el mensaje de la justicia social impregna el Evangelio (“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia porque ellos serán saciados”), debemos plantearnos cómo conseguir esa transformación para alcanzar la justicia social. Insistamos, no solo es una necesidad racional producto del desenlace de esta crisis, también es una necesidad moral que deberíamos asumir los cristianos, ahora más que nunca.

Si buscamos la construcción del Reino en este mundo hay que empezar por aquellas cosas que están a nuestro alcance, qué consumimos, a quién apoyamos y dónde invertimos nuestro dinero.

Sería pretencioso pretender tener la solución para esta crisis desde esta tribuna. Lo que si podemos afirmar es que conocemos, y ya existen, algunos instrumentos para salir del círculo del consumismo en el que estábamos y aplicar una visión cristiana y coherente con la construcción del Reino que los cristianos perseguimos. Tomemos las riendas de nuestras finanzas. Construyamos un mundo más justo también con nuestro dinero.

Se trata, en definitiva, poner en sintonía nuestro dinero y nuestro corazón y aplicar al uso del dinero los criterios que aplicamos a otras cosas que hacemos en nuestra vida cotidiana. En nuestro quehacer diario intentamos construir una sociedad más justa junto con las personas de nuestro alrededor, y nos implicamos en organizaciones e iniciativas que ya funcionan, o las creamos si es necesario. ¿Por qué entonces no nos vamos a plantear que el dinero que ahorramos o que depositamos en entidades financieras se utilice para apoyar estas iniciativas y organizaciones? Y, si no existe esa alternativa, intentemos crearla.

Una alternativa hoy en día son las Entidades Financieras Éticas. Bancos que cumpliendo con todos los requisitos legales y de solvencia, al igual que los demás bancos y cajas de ahorros, tienen como base de su funcionamiento un uso ético y responsable del dinero que sus clientes.

De esta forma se cumple el doble objetivo de: 1) dar una alternativa a aquellos ahorradores o simplemente clientes de entidades financieras que queremos que nuestro dinero sea utilizado para financiar empresas y actividades que promuevan la justicia social o el necesario desarrollo de los países del Sur, y que sean respetuosas con el medio ambiente; y 2) financiar exclusivamente actividades que generen un valor social para nuestro entorno, ya sea desde la mejora del medio ambiente, un comercio más justo o la mejora de las condiciones de los más necesitados cerca de nosotros o en países lejanos.

Es la vuelta a la esencia de la Banca, recoger el dinero de los ahorradores, remunerarlo, y prestar ese dinero con un diferencial de interés que genere una liquidez suficiente para mantener la actividad. Tan sencillo… ¡y a veces lo complican tanto!

Desde FIARE Banca Ética se cumplen estas premisas aportando una alternativa seria para aquellas familias y entidades que quieren conocer dónde depositan su dinero, a qué actividades se va a prestar y que sólo van a ser actividades que buscan avanzar en la transformación social. Toda decisión de financiación pasa el doble control de una comisión de riesgos (control económico-financiero) y una comisión de evaluación ético-social (control ético). Además, todas las financiaciones aprobadas se publican en las memorias y en la página de web, como uno de los elementos de transparencia de la entidad.

FIARE Banca Ética incorpora además algunos elementos que completan la opción de toma de control por parte de las personas de sus decisiones financieras: el trabajo en red y la organización democrática. FIARE Banca Ética está promovida actualmente por más de 300 entidades sociales de casi toda España, entidades que están trabajando día a día por construir alternativas sociales, tejiendo redes densas. Son estas entidades, junto a muchas personas, quienes están participando como socios del proyecto FIARE Banca Ética (ya somos más de 1.000 personas y entidades las que han aportado capital social, y esperamos crecer bastante más). Esto aporta un valor añadido, al ser los propios actores los que toman las decisiones sobre cómo quieren construir y organizar esta entidad, tomando las decisiones democráticamente con la participación de todos los socios. Este es un instrumento más, para la toma de control sobre nuestras decisiones, tal y como comentábamos al principio.

De esta forma, con una pequeña aportación al capital de la entidad (desde 300 € las personas físicas y 600 € las entidades no lucrativas) se consigue formar parte del proyecto, pudiendo participar en la toma de decisiones. También se puede apoyar el proyecto haciéndose cliente, tanto invirtiendo los ahorros con plena seguridad, como demandando financiación. Por cierto, la entidad no tiene morosidad y tiene amplia disponibilidad de capital para prestar, dos elementos más, derivados de una gestión responsable, y excepcionales en el momento actual del mercado.

Existen otras alternativas en la banca ética en España como Triodos, pero es la dimensión participativa en las decisiones y gestión, y de trabajo en RED de FIARE Banca Ética lo que acerca más el proyecto FIARE a los valores y conceptos que hemos expuesto en este artículo.

En definitiva FIARE Banca Ética es una entidad que funciona con criterios éticos y que busca la transformación social en función de la justicia, en armonía con los valores cristianos que promovemos los seguidores de Jesús.

Os invitamos a conocer más de este proyecto en www.proyectofiare.com donde podéis ver los puntos de contacto para poder haceros clientes (depositando dinero o solicitando financiación), o información de cómo haceros socios a través de las asociaciones territoriales que canalizan la participación social. También se puede contactar en el correo info@proyectofiare.com (oficina principal, en Bilbao) y en los correos de las asociaciones territoriales (por ejemplo, fiarezc@proyectofiare.com Asociación Fiare Zona Centro, en Madrid y Castilla-La Mancha). (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

listos para continuar

LISTOS PARA CONTINUAR

‘Entre ustedes ya no hay judío ni griego; ya no hay esclavo ni libre; ya no hay varón ni mujer, pues todos son uno solo en Cristo Jesús (Gal 3,28)’

MISIONERAS Y MISIONEROS PERTENECIENTES A LA CONFERENCIA DE RELIGIOSOS DE PERÚ, confer@speedy.com.pe 06/07/10

LIMA (PERÚ).

 

ECLESALIA, 08/07/10.- Del mismo modo que en la Iglesia Católica no hacemos diferencia entre ricos y pobres, doctores o analfabetos, ciudadanos de las grandes urbes de la costa e indígenas de la Amazonía, tampoco cuando nos comprometemos en beneficio de nuestro país distinguimos entre los nacidos en esta tierra de los venidos de otros países. En cuanto a la misión de la Iglesia no nos fijamos en el lugar del nacimiento sino en la generosidad e identificación con la cultura local. Por lo tanto la Vida Religiosa Peruana apostólica es una activa y eficiente presencia no sólo de religiosos y religiosas nacidos en el Perú, sino de un vasto número de religiosos y religiosas extranjeros que quieren al país tanto o más que los peruanos y que ofrecen un servicio invalorable en los campos de la educación, salud, organización social y evangelización.

Por estos motivos la Conferencia de Religiosos del Perú expresa su indignación ante la expulsión de nuestro país del religioso británico Paul Mcauley de la Congregación de Hermanos de La Salle. El hermano Paul ha prestado servicios invalorables en el campo de la educación en sectores de la sociedad donde el Estado está ausente. Nos parece doloroso que su compromiso con las minorías y con nuestra la Iglesia que promueve la protección de la creación, hayan sido consideradas pruebas suficientes de que su presencia en nuestra patria resulte incómoda y perturbadora para el gobierno.

El acto de expulsión, explicado por el Gobierno, estaría revestido de toda legalidad: un extranjero no puede comprometerse en situaciones que alteren la estabilidad del pueblo peruano. Con la misma lógica podríamos preguntarnos por la legalidad de muchas de las compañías mineras actuando en abierto y descarado perjuicio de nuestro territorio y la vida de sus habitantes. Por lo tanto nuestra indignación es doble ya que la medida de expulsión no corresponde a la autoridad moral que ha demostrado el Gobierno en el manejo del tema ambiental y la protección de los grupos aborígenes de nuestra patria, temas que el hermano Paul Mcauley ha cultivado con sabiduría, coraje y cariño durante la última década.

La expulsión del hermano Paul es sentida por los miles de religiosos peruanos como una seria afrenta a nuestra misión, cumplida en fidelidad a Cristo; también constituye un grave atentado contra la democracia en el país y contra el convenio que el Estado Peruano y la Santa Sede suscribieron hace años. Los religiosos y religiosas en el Perú somos un cuerpo único extendido en nuestro territorio (peruano), uno de cuyos miembros ya no puede estar con nosotros por decisión del Gobierno. Siguiendo la labor del hermano Paul estamos de pie muchos religiosos, peruanos y extranjeros, listos para continuar siendo una presencia incómoda mientras la codicia de los poderes económicos se cierna sobre los habitantes y el territorio de nuestra Amazonía. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

el celibato denostable

EL CELIBATO DENOSTABLE

JOSÉ Mª RIVAS CONDE, CORIMAYO@telefonica.net

MADRID.

 

ECLESALIA, 06/07/10.- Los casos últimamente divulgados, tanto de masivos incumplimientos de la ley del celibato en áreas geográficas determinadas, como, sobre todo, de pederastia entre el clero de varios países, han reavivado, en unos, la oposición a la ley del celibato y, en otros, el celo por el castigo de los culpables. No parece que pueda uno aliarse sin más, ni con unos, ni con otros. Por el riesgo que hay, por un lado, de que la abolición demandada sea valorada como acción presionada por una situación coyuntural y, por el otro, el de seguir alimentado una concepción de la sexualidad, cuando menos poco realista.

Aunque la oposición a la ley se haya reavivado con ocasión de esos quebrantamientos, ni ella ni éstos son ocasionales y exclusivos de nuestra época; ni cabe en modo alguno que las violaciones de una norma sean motivo válido para su exclusión de un ordenamiento jurídico, en este caso el eclesiástico-canónico. Lo único que ellas pueden justificar, de ser frecuentes y serias, es la urgencia de derogar la ley, sólo en el supuesto de tratarse de un precepto del que se puede prescindir y más aun –de ser él eclesial– si resulta que en sí mismo es inválido en orden a la vida eterna. Así lo es sin duda alguna la atadura del celibato, conforme a lo expuesto en mis escritos anteriores “¿No será que en la iglesia no hay autoridad?” (ECLESALIA, 16/10/09) y “El celibato inválido” (ECLESALIA, 04/06/10).

Para asegurarse de que los quebrantamientos del celibato se han dado en todas las épocas y que han sido todo lo numerosos y graves que se dice, basta con asomarse a la ingente multitud de documentos históricos que hablan de ellos, así como de las sanciones reiterativamente decretadas contra los infractores. Aunque también podría remitir a colecciones sistemáticas de muy rancio abolengo, me limito a los documentos oficiales, los cuales incluso han sido invocados y exhibidos, más de una vez, en prueba irrefutable de la permanente solicitud de la iglesia, por atajar los “deslices” sexuales entre el clero de todas las épocas.

Me refiero a los de sínodos diocesanos y regionales, a los conciliares y a los pontificios en su pluralidad de formas: decretales, encíclicas, breves, constituciones apostólicas, instrucciones, etc. Todos ellos son como acta notarial fehaciente. No se puede pensar que faltaran a la verdad; ni menos que se pusieran de acuerdo para hacerlo, habiendo vivido sus autores en lugares y tiempos distanciados y tenido los más un celo extremado en no dar pie a escándalo. Tampoco cabe que en ellos se normara tan reiteradamente por simple afán académico de teorizar, en vez de hacerlo en atención a lo que sucedía y se sabía reiterado y reiterable. Teorizar no es cosa que haga ningún legislador al ejercer su función.

Por no alargarme en demasía, citaré aquí sólo dos documentos testigos de lo más depravado, que –dicho sea de paso– son los únicos que yo conozco; pero que ellos solos bastarían, aunque hubiere alguno más por mí desconocido. Al aducirlos, sólo pretendo evitar que esa excesiva solicitud por evitar un escándalo, más alboroto que inducción a pecado, impida afrontar el problema en su ser verdadero y en sus auténticas dimensiones.

El más remoto de esos documentos es el canon 11 del Concilio Lateranense III (1179), el cual estableció penas con las que sancionar y combatir, no sólo la incontinencia “normal” de los clérigos, sino también los llamados vicios contra naturam, que se daban entre algunos entonces, momento eclesiástico de gran rigor represivo.

El más reciente, la Instrucción del 9 de junio de 1922, en principio sólo para los Ordinarios; pero que luego –al parecer hacia 1937– fue dada a conocer a los profesores de teología moral, advirtiéndoles la conveniencia de que llegara a conocimiento del clero y fuera incorporada a los manuales de la materia, como efectivamente se hizo. Con ella el Santo Oficio trató de atajar aquellos mismos vicios contra naturam y otros actos aberrantes, entre los que expresamente cita el trato sexual «con impúberes de cualquier sexo».

Toda esa historia de frecuentes violaciones del celibato, aunque sólo en ocasiones hayan sido extremas, da lugar a un apremio por abolir la ley, sin parangón con el podría analizarse respecto de otras ataduras, tan derogables y tan inválidas en orden a la salvación eterna como ésta. Pondré un ejemplo de los más claros: la originable de los quebrantos del ayuno previo a la comunión, que muchos de nosotros conocimos de niños: si se cumplía, se comulgaba; y si no, no se hacía. El asunto no pasaba de ahí en el ámbito de lo legal, y sólo podía enturbiarlo uno mismo con algo extrínseco al precepto, como podría ser la retorcida intención de profanar el cuerpo del Señor, tal cual entonces se consideraba que era comulgar sin observar ese ayuno. Sin embargo la violación de la ley del celibato siempre constituye en sí misma, se tenga o no intención de ello, grave lesión al amor que sintetiza la Ley y los Profetas (Mt 7,12); salvo tal vez en casos inadvertidos de los que no quiero hablar aquí, por no apartarme del tema.

La forma más expeditiva que se me ocurre de presentar con claridad esta urgencia de derogación, supuesta como digo la intrínseca invalidez de la ley respecto de la eternidad, es como por comparación. Si consta, como en este caso, que una señal de “tráfico”, puesta en una de las curvas de la carretera de la Vida, advierte de un riesgo inexistente de despeñarse hacia la muerte eterna, y sucede que ella es ocasión de graves y muchos accidentes, no es admisible que no apremie a “los encargados de la seguridad vial” el deber de retirarla de inmediato, aunque la señal fuere tenida por tesoro artístico tradicional de inestimable valor , y aunque no llegaran los accidentes al atropello y a la felonía de la pederastia. De lo contrario, difícilmente se librarían ellos de muy serio reproche, ni de quedar inmersos por completo en responsabilidad subsidiaria. Por supuesto, sin que por ello los conductores resultaran exonerados de su propia culpa por conducir temerariamente; ni libres de la sanción pertinente, ni de la congruente reparación del daño que hubieren podido causar.

La condición de ocasión de múltiples y graves “accidentes”, que afecta a la disciplina celibataria, es motivo cumplido, no sólo para excluirla del ordenamiento canónico; sino además para denostarla y “maldecirla”. Y así lo entendió rápidamente la iglesia persa del siglo V, ante las fornicaciones, adulterios y graves desórdenes que padecía con ocasión de las restricciones clerogámicas vigentes en su demarcación. Tanto, que reunida en el concilio de Beth Edraï (486), reprobó que se impidiera a los clérigos casarse, infamando esta norma como una de “esas «tradiciones nocivas y gastadas» a las que debían poner fin los pastores”.

En consecuencia, ella anuló en su territorio la ley de continencia conyugal –la que había decretado un siglo antes el papa Siricio, como ya dije en mi anterior escrito, para los tres grados del orden sacerdotal de la iglesia universal–, e invocando diversos textos bíblicos en aval suyo, ordenó a sus obispos no imponer esas dos obligaciones a su respetivo clero, al tiempo que autorizaba expresamente el matrimonio a los ordenados célibes, la vida marital a los clérigos casados y casarse de nuevo a los que enviudaran tras la ordenación. Y todo esto lo extendió once años después, en su concilio de Seleucia-Ctesifonte, incluso al “Catholicós”, título que se daba entonces a los patriarcas de las iglesias orientales desmembradas del Patriarcado de Antioquía.

Al no haber podido acudir directamente a las fuentes, sino únicamente a la reseña que hace H. Crouzel en “Sacerdocio y Celibato” (BAC. 1971. Págs. 292-293), no he podido saber si su expresión general, «graves desórdenes», se refiere a los causados sólo por las fornicaciones y los adulterios que menciona, o también por actos sexuales de otra índole. Pero es un dato que no altera el valor ejemplar de la repulsa radical de la iglesia persa de toda restricción clerogámica. Es más, de no haberse dado en ella las perversiones constatadas en la latina, acrecería ese valor, en cuanto que para la decisión “de retirar la señal de tráfico” de falso peligro, le habrían bastado “accidentes” no tan extremadamente graves como algunos de los de occidente.

El contraste entre la inmutabilidad occidental y la prontitud de reacción de la iglesia persa –sólo un siglo frente a dieciséis que ya van corridos y lo que reste–, tal vez pueda deberse, al menos en parte, a una diversa concepción subyacente de la sexualidad. Pero entrar ahora en esto me obligaría a largarme otro tanto. Lo dejo para una próxima ocasión, aunque aquí quede sin aclarar el riesgo de seguir alimentando una concepción inexacta de la sexualidad, al que me referí al principio. Es asunto que puede ayudar a entender las dos reacciones históricas ante los serios y permanentes quebrantamientos de la ley del celibato y, tal vez también, el motivo por el cual resulta ésta ocasión hasta de muy graves “accidentes”.

Fuere así o no, esa sola última realidad histórica parece ya razón suficiente para valorar la disciplina celibataria a la manera de sal desalada, que no sirve para nada, salvo «para ser tirada fuera y ser hollada por los hombres» (Mt 5,13). Ni, desde fuera de todo lo que se nos inculcó de niños –como tanto he repetido– tampoco parece pueda entenderse que se blasone de entrañas de misericordia, cuando se hace alarde de exigencia del castigo de los “accidentados” con ocasión de ella, en vez de retirar esa inútil y funesta “señal de tráfico”, al menos en aplicación de aquello que se nos dijo: “Andad y aprended qué quiere decir «Misericordia quiero, que no sacrificio»” (Mt. 9,13) (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia). 

reestructurar

SOBRE EL PAPEL DE LA IGLESIA HOY

JAVIER LÓPEZ DÍAZ, religioso amigoniano, javierlopezdiaz@hotmail.com

POLONIA.

 

ECLESALIA, 22/06/10.-  Los acontecimientos que estamos viviendo a lo largo de estos últimos meses, tanto a nivel social como eclesial, están propiciando en muchos sectores de la Iglesia una reflexión acerca del rumbo que ésta debe tomar en el contexto histórico actual. Muchos tenemos la percepción de que un gran salto cualitativo (a todos los niveles) está en marcha, un salto de consecuencias imprevisibles (no necesariamente negativas) e imparables fruto del vertiginoso desarrollo tecnológico y del imperio del mercado como motor de los acontecimientos de la Historia. Si en occidente el curso de dichos acontecimientos y avances produce perplejidad y ha puesto a la sociedad a remolque de éstos, en el tercer mundo la situación es aún más confusa. ¿Cómo asimilar todos estos cambios cuando el hambre y la miseria siguen siendo la asignatura pendiente de millones de seres humanos que ajenos a la evolución de la Historia malviven en un mundo donde la supervivencia diaria es a lo único que pueden aspirar?

La Iglesia está llamada a acompañar al hombre en su reflexión acerca de los límites de la ética aplicados al desarrollo tecnológico, a los avances de la medicina (logrados gracias a la manipulación genética) y a las consecuencias de este liberalismo salvaje del “todo vale” en el que la búsqueda del interés personal por encima de cualquier tipo de compromiso social está relegando al humanismo, y al humanismo cristiano en particular, al cajón de los recuerdos. De lo que se trata hoy día para muchos es de estar bien (o estar mejor) sin que importe lo que le pase al prójimo, perdiéndose así la noción del bien común.

Por eso, en la medida que nuestras sociedades redescubran los valores del humanismo cristiano (que son los valores del Evangelio) existe la esperanza en que ello repercuta en el compromiso de aquellos que tienen el poder en la lucha por un mundo más justo donde no se pisoteen los derechos de los más débiles y donde se trabaje por la superación del abismo de desigualdades entre los países del primer y el tercer mundo. Desde esa perspectiva, la labor de reevangelización que la Iglesia propone podría ser entendida en clave de esperanza si se orienta hacia la tarea de volver a poner de actualidad los valores del Evangelio y no tanto si está encaminada a salvaguardar su prestigio y su influencia como institución, y en la medida en que la cuestión de la justicia social y la opción por los pobres (claves en la lectura del Evangelio) tomen la delantera al obsesivo y recurrente tema de la moral sexual.

Un amplio sector del Pueblo de Dios (mayoritario en los países del tercer mundo y en aquellos en vías de desarrollo) espera que su Iglesia viva comprometida y coherente en la opción por los pobres y en la lucha por los derechos fundamentales de las personas, de los cuales el primero es el “derecho a la vida”, derecho del que se ven privados los millones de hombres, mujeres y niños que mueren víctimas del hambre (consecuencia del pecado de injusticia y de la falta de solidaridad de los que vivimos a este otro lado del mundo), de la guerra (alimentada cuando no provocada por países de occidente para controlar los recursos naturales de los países pobres), de la enfermedad (hay que notar la desidia de una comunidad occidental investigadora que no ha invertido los esfuerzos suficientes en la búsqueda de una vacuna contra enfermedades como la malaria, tal vez porque no son enfermedades que afectan a los centros de decisión), y de las catástrofes naturales (cuyos efectos en los países menos desarrollados se ven multiplicados por las condiciones de vida miserables y la falta de infraestructuras adecuadas en las que viven sus habitantes).

No podemos hacer demagogia al hablar de la cuestión de la pobreza, pero no olvidemos que la radicalidad del mensaje de Jesús (la originalidad del Evangelio de las Bienaventuranzas) supone una opción rotunda y radical por los pobres, “bienaventurados porque ellos serán llamados Hijos de Dios”, y un compromiso en la lucha contra la pobreza y contra la desigualdad creciente que está dejando a su suerte a un tercio de la humanidad (que se dice pronto). Un mensaje que fue toda una revolución y que le llevó a la muerte. Jesús, que por cierto no se ordenó sacerdote ni viajó por medio mundo, y por supuesto no dirigió ningún Estado, rompió con el orden establecido. Tampoco fue nombrado “superior” aunque quienes lo seguían le dijeran “maestro”, pero en cambio su voz y su mensaje provocaron una convulsión que dura hasta nuestros días. No podemos perder los ideales por lo que Jesús de Nazaret dió su vida y que tienen como destinatarios privilegiados a los pobres. Éste es posiblemente el gran reto al que deberíamos hacer frente los creyentes.

A lo mejor es el momento de empezar “a dar la vuelta a la tortilla”. De pensar en otro modelo de Iglesia menos institucionalizada y más carismática. De empezar a cambiar nuestro lenguaje, nuestras vestiduras, nuestras liturgias, nuestras ceremonias, nuestros rezos, nuestras eucaristías, nuestras normas canónicas y nuestras economías; de crear otras formas de vida en comunidad donde impere la libertad y el compromiso responsable y donde sean las propias comunidades de creyentes quienes gestionen nuestras parroquias, de revisar el sentido de algunas cuestiones que hemos elevado a categoría de fe (empezando por el celibato, el papel de la mujer en la Iglesia o el uso de los métodos anticonceptivos), de reestructurar nuestras jerarquías… En definitiva, que la vivencia de la FE ocupe el lugar central que le corresponde en la RELIGIÓN.

Cuál es el papel de la Iglesia en nuestro mundo, cuáles debieran ser sus prioridades y cuál la bandera a enarbolar son cuestiones a las que todos los que formamos la Iglesia debemos respondernos. Muchos creemos que desde el Evangelio el gran reto de nuestros días sigue siendo el mismo reto que lanzó Jesús cuando pronunció las Bienaventuranzas, cuando echó a los mercaderes del Templo, cuando perdonó a los que lo crucificaban o cuando multiplicó los panes y los peces. Esto es, anunciar un mensaje de amor y esperanza desde la convicción en la bondad paternal de Dios y la opción por los pobres, en lugar de concentrarnos en una Iglesia pensada en clave institucional, jerarquizada y dividida en clérigos y laicos y perdida muchas veces en incoherencias y en disputas y divisiones internas que nos alejan del núcleo central del mensaje de Jesús. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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PIDO LA PALABRA

JOSÉ ARREGI, j.arregi@euskalnet.net

GUIPÚZCOA.

ECLESALIA, 18/06/10.- Hace siete meses, en la víspera de Nochebuena, me quedé sin palabra como Zacarías. Y me vuelve a la memoria la historia de aquel sacerdote de Jerusalén temporalmente mudo, padre del profeta precursor de Jesús. Nació su hijo tan deseado y nadie sabía cómo llamarlo, salvo su madre Isabel, pues las madres saben siempre el nombre sagrado y único de cada hijo. “Se llamará Juan”, decía ella, es decir: “Dios consuela” (¿cómo podía llamarse si no?). Pero nadie le hacía caso. ¿Y qué decía el padre de la criatura? Poco podía decir estando como estaba transitoriamente mudo, pero quería ratificar la decisión de su sabia y resuelta mujer. Entonces, pidió por señas una tablilla, y en ella escribió: “Juan es su nombre. Dios es consuelo”. Y luego siguió hablando.

¡Bien por Zacarías! Yo no llego ni a los flecos de su túnica sacerdotal, pero es la hora de decidir. Ya pasó el invierno, pasó la flor cuaresmal del laurel, la blanca flor del espino blanco también pasó, y las golondrinas volvieron (¡qué pena que este año hayan venido tan pocas!). Todo está tan verde en Arantzazu que hasta la peña blanca parece verde. No es una hora fácil, pero está llena de Dios. Me siento en paz y sin rencor, pero he de resolverme.

Monseñor Munilla, obispo de San Sebastián desde hace seis meses, ya se ha resuelto. Hace diez días citó al superior provincial –junto con el vicario– de esta provincia franciscana a la que pertenezco, para transmitirles órdenes tajantes: “Debéis callar del todo a José Arregi. Yo no puedo, hasta dentro de dos años [hasta que haya  tomado las riendas de la diócesis], adoptar directamente esta medida contra él. Pero ahora debéis actuar vosotros. Os exijo que lo hagáis”. Y pidió a mi provincial y vicario provincial que me destinen a América a trabajar con los pobres, y ello –les dijo– como “como medida de gracia”, como “ocasión de gracia”. Soy – les dijo también – “agua sucia que contamina a todos, a los de fuera de la Iglesia al igual que a los de dentro”. O irme a América o callar del todo: he ahí la alternativa.

Soy consciente de la gravedad de la hora y de la gravedad de mi decisión, pero me siento en el deber de decir: NO. No puedo acatar estas órdenes del obispo. Y creo que no debo acatarlas, en nombre de lo que más creo: en nombre de la dignidad y de la palabra, en nombre del evangelio y de la esperanza, en nombre de la Iglesia y de la humanidad que sueña. En nombre de Jesús de Nazaret, a quien amo, a quien oro, a quien quiero seguir. En nombre de Jesús, que nos enseñó a decir sí y a decir no. En nombre del Misterio de compasión y de libertad que el bendito Jesús anunció y practicó con riesgo de su vida. No callaré.

Me consta que el gobierno de mi provincia franciscana se opone en conciencia a ejecutar las órdenes del obispo, pero doy por seguro que tarde o temprano se verán forzados a hacerlo, pues los tentáculos de la jerarquía eclesiástica son extensos y poderosos. Pero quiero dejarlo muy claro: el gobierno de mi provincia franciscana no tendrá ninguna responsabilidad en las medidas que se vayan a tomar. El obispo y sus curias superiores serán los únicos responsables.

¿Y cuáles son las razones del obispo? Es muy probable que la razón de fondo sea aquel asunto de la carpeta, cuya existencia y cuyo nombre (“mafia”) ha reconocido Monseñor Munilla ante mí mismo y ante muchos sacerdotes de la diócesis, aunque, eso sí, explicando el contenido a su manera. Pero no es ésa, evidentemente, la razón que ahora aduce. El obispo me atribuye numerosos errores y herejías teológicas. He mantenido con él varias conversaciones que en realidad han sido severos interrogatorios con el Catecismo de la Iglesia Católica en la mano. No aprobé el examen, y no porque desconozca el Catecismo, sino porque no acepto que sea la única formulación válida y vinculante de la fe cristiana en nuestro tiempo. Si la fe de la Iglesia es el Catecismo tal como Monseñor Munilla lo entiende y explica, admito sin reservas que soy hereje. Pero, ¡Dios mío!, ¿qué es una “herejía”? ¿Existe acaso mayor herejía que el autoritarismo, el dogmatismo y el miedo? ¿Cómo es que no hemos aprendido todavía cuántas verdades han resultado luego mentiras y cuántas herejías del pasado son ahora opinión común? ¿Por qué, si no, Juan Pablo II pidió tantas veces perdón por condenas pronunciadas en el pasado? ¿Cómo es que en este siglo XXI, en esta era de la información acelerada y globalizada, seguimos empeñados en poseer la verdad y en impedir la expresión de las opiniones, incluso de aquellas que se consideran erradas? ¿Cómo es que aún confundimos la fe con creencias y la identificamos con formulaciones, y no hemos aprendido que sólo merece fe el Indecible más allá de la palabra? ¿Cómo es que creemos tan poco en la madurez de los hombres y de las mujeres de hoy para discernir lo que han de pensar y hacer? ¿Cómo es que confiamos tan poco en el Espíritu Santo que habita en todos los corazones? ¿Y cómo es que en la Iglesia, en nombre de la verdad, se persiguen más los errores teológicos que la mentira, el orgullo, la ambición y la avaricia, por no decir la pederastia?

Pero ésta es mi Iglesia. En ella he aprendido a respirar y a vivir. En ella he descubierto que no hay fronteras entre los de dentro y los de fuera, y que todos somos buscadores, peregrinos, hermanos, y que todos nos movemos, vivimos y somos en el corazón de Dios. En ella, también entre quienes piensan de otra manera, tengo infinidad de hermanas y de hermanos, cada uno con su error y sus heridas, cada uno con su fuente de agua limpia en el fondo de su ser. También Monseñor Munilla es mi hermano, aunque los dos hayamos de soportar este conflicto.

Esta es mi Iglesia y en ella me quedaré. Pero en ella quiero ser libre y, como antiguamente Zacarías, yo también pido una tablilla. No callaré sino ante el Misterio. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

 

 

Para orar

 

Guíame, dulce luz, en medio de las tinieblas que rodean,

guíame hacia adelante.

La noche es oscura y estoy lejos de mi casa.

¡Guíame hacia adelante!

Guarda mis pies.

No pido ver el horizonte lejano,

un paso me basta.

            (John Henry Newman) 

convivencia

¡PAZ A ISAAC! ¡PAZ A ISMAEL!

JUAN YZUEL SANZ, Ciberiglesia, juan@ciberiglesia.net

ZARAGOZA.

 

ECLESALIA, 14/06/10.- Creemos en el derecho del Pueblo Judío a tener una patria. Como ningún otro pueblo en la tierra, ha sufrido la persecución y el genocidio a lo largo de toda la Historia. A la vez, creemos en el derecho del Pueblo Palestino a la dignidad y la justicia que se le han negado desde la creación del Estado Judío.

Creemos, además, que ambos pueblos pueden coexistir y cooperar juntos para hacer de Tierra Santa un lugar de convivencia y tolerancia. Para ello apoyamos a todos los que buscan la paz de corazón, a sabiendas de que ésta sólo puede venir de la justicia y la verdad, de reconocerse que ambos son hermanos, hijos de Abraham en la fe.

Los últimos acontecimientos, la matanza de voluntarios que llevaban ayuda humanitaria al sufrido pueblo de Gaza en la flotilla de la paz, nos llenan de dolor y rabia. Llueve sobre mojado. Aún están sin cerrar las heridas del terrible ataque del año 2009 a la franja por parte del ejército israelí. Todo esto sigue añadiendo leña al fuego para justificar el radicalismo islámico que sufren muchos pueblos.

No a la impunidad de los responsables de todas estas matanzas. Apoyamos las campañas de diversos colectivos para que se investigue imparcialmente este nuevo atentado a los Derechos Humanos. Pero la cuestión no es buscar simplemente a un culpable de la última violencia. Todos hemos fallado, todos somos responsables últimos de la tragedia. Nadie, ni europeos ni estadounidenses, ni israelíes ni palestinos, ni árabes ni ningún otro pueblo, ni cristianos, ni judíos, ni musulmanes pueden alegar que han hecho todo lo posible para resolver este sangrante conflicto que recorre ya tres generaciones. Por eso hay que gritar: "¡Basta ya!"

No esperamos nada de los líderes políticos del mundo. El entramado de intereses económicos y geoestratégicos es tan complejo que no vemos a ninguno, en este momento, suficientemente libre y valiente para emprender verdaderas acciones que pongan orden en este caos. Menos aún cuando, los que de veras podrían hacer algo, están tan centrados en la economía. Pero tampoco nos podemos cruzar de brazos. Humildemente, con el convencimiento de que los católicos podemos y debemos hacer mucho más, pedimos a nuestra jerarquía que se implique en buscar una solución a esta herida purulenta de la gran familia humana. Y nos comprometemos nosotros mismos, como cristianos de a pie, a hacer todo lo posible por apoyar y animar cualquier pequeño gesto que traiga esperanza. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

¡Paz a Isaac! ¡Paz a Ismael!

 

penumbra

EL CELIBATO INVÁLIDO

JOSÉ Mª RIVAS CONDE, corimayo@telefónica.net

MADRID.

 

ECLESALIA, 04/06/10.- La ley del celibato sacerdotal es otra de las “ataduras eclesiásticas”, que, dado su carácter temporal y derogable, no pueden ser asumidas como condicionantes de la salvación eterna, o vinculantes en conciencia bajo pecado grave. Conforme a lo expuesto en mi escrito, “¿No será que en la Iglesia no hay autoridad?” (ECLESALIA 16/10/09), es imposible aceptar sin herejía y blasfemia, la contradictoria pena “eterna-derogable” con que ella está sancionada. Aunque también ya dicho, reiteraré que al afirmar esto no intento invadir el ámbito de la conciencia de las personas, en el que carezco de toda competencia; sino que me mantengo en el plano de las ideas y las cosas. En éste, con sólo lo anterior, basta para proclamar la invalidez del celibato. Pero como, al parecer, tiene consecuencias poco “aceptables” socio-eclesialmente, no será superfluo tratar el asunto con el detenimiento que permite la brevedad de estas líneas.

Nadie niega, desde hace ya mucho, la temporalidad y derogabilidad de esta ley. Hoy sólo se discute sobre si es oportuno o no abrogarla. Es evidencia de la convicción general que existe de su derogabilidad; que si no, carecería de base y de sentido tal debate. Y ésta es la misma convicción que refleja el propio decreto Presbyterorum Ordinis al decir: «el celibato, que primero sólo se recomendaba a los sacerdotes, fue luego impuesto por ley…» (16,3). En estas palabras, aunque no concretan fecha, aparece clara la temporalidad de la “atadura”, y su derogabilidad se deduce del hecho de existir, como tal, por imposición de la iglesia. Lo eclesiásticamente derogable y, por ende, lo incapaz de condicionar la salvación eterna a nadie, es todo aquello cuya urgencia derive sólo de promulgación eclesiástica, aunque este dato sólo sea directamente verificable en los casos en los que la misma se pueda datar.

De la temporalidad y derogabilidad del celibato en su conjunto, se desprenden solas las de sus contenidos concretos; tanto los de la disciplina latina, como los de la oriental, nacidas ambas de “imposición” eclesiástica datable. Es posible, por ello, que se juzgue superfluo bajar al detalle. Pero ayuda a iluminar la penumbra que lo rodea en cuanto normas derogables y también, tal vez, a superar esa especie de vértigo que puede sentirse al asomarse a ello, desde lo que llevamos inculcado en el alma desde la infancia, con tan buena voluntad, como tengo dicho, como la de nuestros padres. Con todo, por no alargarme y por no afectarnos directamente a nosotros, dejaré de lado los contenidos específicos de la disciplina oriental.

La prohibición de contraer matrimonio tras la ordenación, no alcanzó rango de norma general hasta el Concilio Lateranse I (1123) y la recomendación misma de celibato, en cuanto dirigida en particular al clero, no fue ni tan inicial, ni tan unánime, ni tan pacífica, como podría suponerse. A pesar de las restricciones que le afectan, baste como prueba, por su conexión con el Primado, recordar de entre los varios datos que guarda la historia, las normas clerogámicas vigentes en la misma Roma, al menos hasta avanzado el siglo V.

Las disposiciones IV y V del Sínodo Romano del año 402 –que algunos han interpretado como primera prohibición histórica del matrimonio de los ordenados– ni permiten por su fecha tardía juzgarlas inderogables, ni mucho menos que impusieran el celibato. Lo que en ellas realmente se prohibió fue que «el clérigo se case con “mujer”», porque está escrito que debe hacerlo con “virgen” –(Ez 44,22)–. También, que se confirieran las órdenes a candidatos casados con viuda o repudiada, aunque fuera desde antes de su conversión, porque haber contraído matrimonio con no virgen era impedimento para la ordenación, insubsanable hasta por el bautismo (MANSI 3,492).

Esas disposiciones se limitaron a aplicar la doctrina del papa Siricio (384-399), el cual ni siquiera exhortó a los clérigos que no se casaran. No parece razonable suponerlo en el que, a pesar de ser el autor de la ley de continencia, sólo consta que urgiera, por cierto que enérgicamente, la prohibición de que el clero se casara con más de una mujer o con no virgen (1143,20-1144,5). Entendió el requisito paulino, no sólo en su sentido obvio de “marido de una sola esposa”; sino, además, en el rebuscado de “marido de esposa de uno solo”. De aquí que prohibiera al clérigo, no el matrimonio; sino contraerlo con segunda esposa simultánea y con viuda, repudiada o meretriz (1141,16-17).

A nosotros no nos cuadra que precisamente el autor de la ley de continencia permitiera el matrimonio de los ordenados, aunque sólo fuera el monógamo y con virgen. Nos resulta propio de una ingenuidad suprema y de una falta de realismo inconcebible. No parece que pueda explicarse, si no es por perdurar aún vivo en la conciencia común el aviso durísimo de Pablo al respecto y por la creencia subjetiva de poder soslayarlo con sólo respetar su literalidad exterior: «El Espíritu abiertamente dice que en últimos tiempos abandonarán algunos la fe dando oídos a inspiraciones erróneas y a enseñanzas de demonios, impostores hipócritas de conciencia marcada a fuego, que prohíben casarse... » (1Tim 4,1-3).

A la prohibición del matrimonio se fue llegando en realidad de forma geográficamente dispersa y un tanto vacilante, a causa del fracaso permanente de las demás normas dirigidas a implantar la ley de Siricio. Las más expandidas, la separación conyugal –a pesar de oponerse ésta al precepto divino que la rechaza (Mt 19,6)– y la exclusión de los casados del orden sacerdotal –pese a sobrepasarse así el requerimiento paulino–. Este fracaso y el de las severísimas sanciones propias de la época, decretadas contra los infractores, empujaron a que el matrimonio se fuera prohibiendo en bastantes demarcaciones, hasta que la prohibición, junto con la exigencia de separación de los que se casaran, quedó universalizada, como he dicho, en el Lateranense I. Pero debió juzgarse insuficiente. Doce años después de ese concilio, el de Pisa (1135) decretó por vez primera la nulidad del matrimonio del ordenado y, tras otros cuatro, la reafirmó el Lateranense II. Luego, cuatrocientos cuarenta años más tarde, el de Trento la afianzaría, ante las impugnaciones de la reforma protestante, con anatema contra quien la negara.

Ninguna de esas disposiciones, ni de las que las complementan, tolera por su fecha que se la considere incluida dentro lo que se nos anunció desde el principio (1Jn 1,1-4); dentro de lo inderogable; dentro de lo necesario en orden a no exponerse a la condena eterna. Y, en razón de lo expuesto en “Excomunión y vida eterna I y II” (ECLESALIA, 01&09/03/10), el anatema de Trento no admite otro significado que el de exclusión, en este caso, de la “iglesia societaria romana”, nunca de la de Jesús, ni de la salvación, pese a los graves inconvenientes que ella arrastra. En consecuencia, todo ello, sin excluir el anatema, es nulo e inválido de por sí en el plano de la conciencia, aunque no lo fuere en el canónico “societario”. Nadie, como tengo dicho, ni aunque sea clérigo, puede quedar vinculado en orden a la salvación por “ataduras” derogables. Así lo son, dada su fecha de nacimiento, la prohibición de ordenar a casados y de casarse el clero, la nulidad del matrimonio contraído después de la ordenación, el anatema contra quien la niegue y la orden de no ejercer el ministerio una vez casado. Quizá no sobre recordar aquí, que la derogabilidad de algunas de estas normas ha quedado consumada, parcial pero sustantivamente, primero, en la posibilidad de ordenar de diáconos a casados (L.G. 29,2) y, luego, en la reciente constitución apostólica Anglicanorum Coetibus.

Síntesis de la evolución legislativa apuntada, la tenemos en el c. 277, § 1 del vigente Código de Derecho Canónico. Él basa la obligación actual del celibato en la de continencia: «Los clérigos están obligados a […] continencia perfecta y perpetua […] y, por tanto, […] a guardar el celibato…». No fue ésta la conclusión que sacó Siricio de su ley; sino que los diáconos, presbíteros y obispos de todas las iglesias (1142,8-10; 1146,18-1147,4) debían abstenerse de relación sexual, incluso con la esposa que canónicamente podían tener y con la que podían convivir. Todo lo decretado con posterioridad fue angostamiento creciente, libre ya de la “ingenuidad” de Siricio, en el deseo de llegar a un satisfactorio cumplimiento de su ley de continencia. Esta fue la única norma de carácter universal de por sí, hasta que las iglesias orientales en que se había implantado la alteraron, bien en un lugar y fecha, bien en otros. La alteración de mayor repercusión ha sido la del canon 13 del concilio Trullano o Quinisexto (691). Su decisión, atacada por ilegítima (“Sacerdocio y Celibato”. BAC. 1971, Págs. 282 y 293), así como el propio concilio (Historia de la Iglesia. III. Wilhelm Neuss. Rial. 1961. Pág. 73), ha terminado legitimada en nuestro tiempo (decreto Presbyterorum Ordinis n. 16,1 y encíclica Sacerdotalis Coelibatus n. 38,1, además de la Ad catholici sacerdotii n. 38), sin que esto suponga, cosa de la que no trato aquí, que Roma dé validez a la pura política de los hechos consumados.

La derogabilidad de la ley del celibato no desaparece por estar fundamentada en la de continencia. Ésta nació, como he señalado, en las postrimerías del siglo IV. Es más, la ligazón histórica entre ambas leyes evoca un motivo añejo de la invalidez de las dos, distinto del de su condición de “ataduras” derogables. Afecta directamente a la de continencia y, de resultas, a la de celibato, por constituir ella la razón de ser de éste, a tenor de la historia sintetizada en el canon citado.

La ley de continencia, en efecto, no fue un simple salto cualitativo por generación espontánea desde la afirmada recomendación general, a la ley restringida al sector del clero. Fue engendro de una concepción imperante en la época, tan aberrante como reflejan las afirmaciones de tres de las decretales del Tomo XIII de la Patrología Latina: a Himerio, a los Obispos galos y a los Obispos africanos. Entresaco las ideas más agrestes, dando la columna del tomo en que se encuentran y, tras la coma, las líneas de la misma, como ya he hecho en las tres citas de estas decretales que anteceden:

La relación sexual, incluida la conyugal, es suciedad (1186, 4-5); pasmo con las pasiones obscenas (1140, 13-14); lujuria (1138, 28); crimen (1138, 16-23); vida de pecadores (1186, 13-14); práctica de animales (1186, 22-23) y oprobio para la iglesia (1161, 5-7). El clérigo “manchado” con esa “suciedad” se excluye de «las mansiones celestiales» (1185, 4-6) y, si el laico queda por ella incapacitado para ser escuchado cuando reza, con mayor razón pierde el primero su “disponibilidad” para celebrar con fruto el bautismo y el sacrificio (1160, 9-1161, 3) –a pesar de no depender la eficacia de los sacramentos de la “limpieza” del ministro–. A la luz de todo eso se comprende que Siricio concluyera: «No conviene confiar el misterio de Dios a hombres de ese modo corrompidos y desleales, en los cuales la santidad del cuerpo se entiende profanada con la inmundicia de la incontinencia» (1186, 14-19).

Hoy, cierto que nadie comparte nada de eso, aunque Siricio lo expresara –como él mismo afirmó– «con pronunciamiento general» (1142,8-10) y por el deber de no disimular que le imponía un oficio al que incumbía, tanto «un celo de la religión cristiana mayor que a todos los demás» (1132,14-1133,1), como «el cuidado cotidiano sin interrupción y la preocupación por todas las iglesias» (1138,12-14). Hoy, rechazar todo eso es lo que se tiene por adecuado y pertinente, aunque Siricio le dijera a Himerio, al final de su carta, que con sus palabras había dado respuesta a las preguntas que éste le había planteado «a la iglesia de Roma como a cabeza de tu Cuerpo» (1146,4-8). Ni aunque otros muchos tras él, lo hayan reiterado y sancionado, hasta con la sorprendente canonización de Siricio por Benedicto XIV en 1748, casi catorce siglos después de su muerte. Sorprendente ahora; que no entonces. Ahora es cuando ya nadie admite nada de eso.

Pero, al negarlo hoy y rechazarlo todo por incompatible con la Revelación, se hunde la ley de continencia y tras ella se desploma el edificio histórico-canónico de la ley del celibato, al quedar al aire y sin base. De ahí, la oportunidad de la pregunta sobre razones nuevas que hoy podrían justificarla. Iba en el cuestionario que Roma hizo llegar a los sacerdotes, al pedirles su colaboración en la preparación del Sínodo de 1971, sobre el sacerdocio minis­terial. La pregunta demuestra que no hay hipérbole en decir que hoy ya nadie comulga con la doctrina de Siricio. Roma no la habría formulado, de seguir ella estimando válida la justificación del celibato mantenida por siglos y que aún figura en el Código de Derecho Canónico, tal vez por inercia histórica.

Las razones nuevas que vienen dándose en los últimos tiempos, puede que expliquen y avalen la opción libre por el celibato. Pero nunca podrán justificar la ley; porque no hay nada capaz de volatilizar el hecho radical e insoslayable de ser la del celibato “atadura” eclesiástica temporal y derogable, sin vigor, por ende, para obligar en conciencia a nadie en orden a la salvación. Ni dejaría de haber motivo que indujera a entender esa ley, como todas las derogables, en el marco de las maneras de los jefes de las naciones y los grandes “que gobiernan imperiosamente imponiendo su voluntad” (Mt 20,25-26); no en el de los servidores de los demás en orden a su salvación en sólo Jesús, el Inderogable “camino, verdad y vida”.

Con ella, en efecto, se impone como exigencia de salvación lo que unánimemente se reconoce derogable sin riesgo de condenación; tal cual sucede ya, aunque sólo en parte, en la propia disciplina latina respecto de de los diáconos, en la oriental legitimada y, ahora también, en la anglicana. Así, ¿no se niega autoritariamente a unos, que no a todos ni en todo, el derecho a proceder de acuerdo con lo más que autorizado por la palabra de Dios (1Cor 7,9.36.38)? Lo digo sin condenar a quienes no son siervos míos, sino que tienen otro Amo (Rom 14,4) –que también a mí me juzgará– y están encima tan condicionados como yo lo estuve, con todo lo que, como digo, se nos inculcó desde niños generación tras generación. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Nota de la Redacción: vease también “Sugerencia al Vaticano” en ECLESALIA 02/09/05 (http://eclesalia.blogia.com/2005/090201-celibati-liberatio.php)

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